El aborrecible Charles de l’Écluse

Hay un tipo que me resulta especialmente antipático dentro de la historia de la ciencia: Carolus Clusius, nombre latinizado de Charles de l’Écluse. Flamenco de Arrás, de cuando esta ciudad fronteriza pertenecía a los Países Bajos, Clusio ha pasado a la historia por ser un eminente botánico.

Y yo, que soy fan acérrima de Bernardo Cienfuegos ‒el más notable de todos los botánicos que ha dado nuestra tierra; aragonés de Tarazona, experto herbolario, consumado experimentador, hombre que prefirió morir de pie antes que lamer las botas de ningún señor‒, aborrezco a Clusio como sólo la Rey Bueno es capaz de aborrecer: con toda mi alma.

No sé si aborrezco más al personaje real o a quienes han hecho de él lo que hoy en día es. Porque, seamos sinceras, la culpa de esta fama indebida la tienen muchos historiadoruchos del tres al cuarto que necesitan hacerse un hueco y eligen a un personaje cualquiera y se dedican a elevarlo a los altares.

Hace ¿tres décadas? Clusius era uno más. Un tipo que había publicado unos cuantos libros, fruto de sus viajes por Europa. Pero, ay amigo, resulta que, según se acercaba la fecha del centenario de su muerte, empezaron a celebrarse una serie de fastos académicos donde un nutrido grupo de belgas, holandeses y anglosajones, vitoreados por no pocos españoles afectados de sentimiento de inferioridad y culpabilidades varias por serlo (españoles, digo), empezaron a encumbrar al tipo, a la par que criticaban la decadente monarquía Hispánica, que había sido incapaz de editar un sólo libro decente dedicado a esa flora exótica que venía de sus virreinatos ultramarinos (repetid conmigo: vi-rrei-na-tos; colonias, no; eso es lo que tuvieron los ingleses, holandeses y franceses; la Monarquía Hispánica tuvo virreinatos).

En aquellos momentos no importaba tanto el apropiacionismo ni el supremacismo; esos conceptos aún tardarían en llegar. Sí importaba el hecho de resaltar que España era una monarquía decadente y analfabeta, incapaz de difundir conocimiento alguno, preocupada sólo de expoliar las minas americanas.

Bien. Fantástico. Ese es el maravilloso momento que tanto me gusta: cuando los historiadores se empeñan en legitimar su discurso, en lugar de limitarse a hacer Historia. Es decir, ceñirse a lo que dicen los documentos conservados. Que te pueden gustar más o menos. Que pueden ser más o menos imparciales. Pero que relatan, con todas sus limitaciones, lo que entonces ocurrió.

Y la realidad clusiana reside en que el tipo fue un sirviente más de la todopoderosa familia Habsburgo. En concreto, de la rama alemana, del emperador Maximiliano II, primo hermano de Felipe II. Maximiliano era el pariente pobre en esta historia. Afanado, todo el día, por imitar a su primo el triunfador. Hasta el punto de tener criados a sueldo en la corte madrileña para que le mandasen relación exacta de las modificaciones que hacía Felipe II en sus jardines, de las novedades que incorporaba, de las nuevas semillas que plantaba... Fue así que Clusius vino a España: como agente de Maximiliano. Para afanar todo lo afanable y reproducirlo en los jardines reales de Viena.

Y cuando murió Maximiliano, Clusius buscó nuevo señor. Y se hizo mentor y maestro del joven Fugger, el heredero de la todopoderosa familia de banqueros alemanes que financiaban las aventuras de los Habsburgo. Y fue así que empezó a publicar todos sus libros, uno detrás de otro. ¿Por qué? Eso ya lo explicó Francisco Guerra hace seis décadas. Leámosle:

“Ha pasado desapercibido a los historiadores que, en cuanto se transfirió el mercado de las drogas de Venecia a Amberes, se trasladó también la impresión de textos científicos, en particular los de drogas. No es un accidente que los libros de García d'Orta, Cristóbal de Acosta y Nicolás Monardes fueran febrilmente traducidos y repetidamente impresos, tanto en los centros especieros de Venecia como en los de Amberes. A medida que aumentó el mercado de las drogas se incrementó el interés de los mercaderes, no ya de los médicos, por la literatura referente a los exóticos, pues aparte de servir para curar el cuerpo engordaban la bolsa. Por esta razón el papel de Charles de l'Ecluse (1526-1609) tiene doble significación en la determinación del conocimiento científico, a la vez que tutor y consejero del joven banquero Fugger. Fue al concluir el siglo XVI y la posición mercantil de los Países Bajos en el mercado de las drogas se hizo más aparente que Clusius se decidió a concentrar en su Exoticarum (1604) toda la información sobre las mercaderías tan disputadas por Europa".

Qué grande Guerra...

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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