La marca de Julio César

La marca de Julio César Imagen superior: "Vercingétorix arroja sus armas a los pies de Julio César" (1899), de Lionel Royer.

Gaius Iulius Caesar, Julio César, o dicho de otro modo sin declinar ni pensar en su pronunciación correcta, César. O Julio, como le decían en Astérix, un referente visual ya clásico para recordar al que nunca fue rey ni mucho menos, emperador. Sin embargo, su nombre, ha sido sinónimo de lo que nunca fue. Ni aspiró siquiera. Y en muchos otros idiomas para colmo y de manera más que reconocida, aunque no hayamos caído en ello.

Pues cuando hemos oído hablar del Zar de todas las Rusias, difícilmente nuestra mente se iría a la orilla del cálido Tíber y sí a las del gélido río Moscova, como si estuviéramos en Doctor Zhivago. Empero, la realidad es que estaríamos hablando de ese mismo apellido hecho cima suprema en la heráldica histórica por encima de nobles, condes, duques y hasta reyes. Pero no de una palabra rusa. Estaríamos hablando de una derivación fonética de la palabra César, Czar, Tsar, o dicho en castellano, Zar.

Y cuando nos referimos al Káiser, nuestra mente nos trae la imagen de un puntiagudo casco portado por un mostachudo dirigente engalanado con hombreras y chorreras por doquier, como si de la película El Prisionero de Zenda se tratara. Y sin embargo, todo ello no es apelativo local al Guillermo de cualquier número, sino al Emperador del Romano Imperio Germánico, al Káiser, al Caesar, a César de nuevo.

Lo más gracioso de todo es que en aquellos nefastos idus de marzo, mataron al portador de tal nombre por pretender, y sólo presuntamente, ser rey. Que no diremos que no fue tal vez mucho más en su increíble biografía, y hasta llegó a ser considerado, “divino”. Pero ni imaginaba que su cognome iba a traspasar, ¡y de qué manera! los siglos de la Historia.

Historia que, para más recochineo republicano, no es que ponga por las nubes tal sobrenombre glorioso, pues como en los viejos pueblos (que al fin y a la postre todos somos de pueblo y hasta Roma no dejó de empezar siendo una alberca de pastores cuando en otros lugares contaban con siglos de civilización), muchos nombres no eran sino vulgares apodos. Motes. Lo normal para diferenciar a tanta prole.

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Imagen superior: "El triunfo de César", de Rubens.

Lo siento pero no puedo dejar de transcribir este chiste de un “meme” que circula desde hace tiempo por las Redes: “ –Soy Aragorn, hijo de Arathorn, heredero de Isildur, señor de los Dunedain, apodado Trancos –¿El de la Paqui? –Sí, el pequeño.” Pues eso. Que algo similar pasó con una de las familias romanas más prolífica, la Julia.

La Gens Iulia, que era una de las fetén en aquellos tiempos, una de las ramas resultó algo velluda, que es lo que realmente significa lo de césares en latín, ganándose así este cognómina. Hay quien incluso comenta que el apelativo no dejaba de tener su coña precisamente por lo contrario, porque la alopecia era más que visible entre los varones, cosa que sabemos a ciencia cierta del gran Julio por su tendencia a peinarse con toldillo como algún famoso senador de nuestros tiempos.

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Imagen superior: "La clemencia de César", de Abel de Pujol.

Sea como fuere, lo que fue remoquete o recochineo, se fue convirtiendo en apellido, y como ocurre con los mismos al ser pasado de padres a hijos, aunque sean adoptivos o del tito Julio, así pasó que lo cogió para sí un tal Octaviano, que con el tiempo, mira tú, devino en Imperator, caramba qué carrera la del sobrino, y ya se sabe que el éxito es contagioso, y los que a él le sucedieron fueron llevando tal apellido común que, claro, cuando apareció el primer cronista rosa de la época, uno llamado Suetonio, no se le ocurrió otra cosa que llamar a su opúsculo: Historia de los doce Césares, cuyo éxito editorial en la época (y lectura que hoy en día recomiendo, a más a más) hizo ya imparable el apelativo para designar al que ostentaba el poder y tal dignidad imperial.

Con el tiempo, incluso ha llegado a convertirse en adjetivo, y algo cesáreo es cualquiera cosa, según nos dice el DRAE, “perteneciente o relativo al imperio o a la majestad imperial”. Y empezó siendo un simple alias…

¡Eso es dejar marca!

Copyright del artículo © Javier Santamarta del Pozo. Publicado previamente en Soy mi marca, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con la misma licencia. Reservados todos los derechos.

Javier Santamarta del Pozo

Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense de Madrid, y doctorando en Ciencia Política. Politólogo especializado en Asuntos Europeos y Geopolítica por las Universidades de Oxford, Deusto y Lovaina. Experto en Ayuda Humanitaria, Cooperación Civil y Militar. Escritor y colaborador en diversos medios de comunicación. Autor del libro Siempre tuvimos héroes.

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