Trestesauros500

Hace quinientos años un galápago era, en castellano, el nombre que se daba a una silla de montar a la inglesa. Y eso debió pensar fray Tomás cuando, camino de Lima, la calma chicha llevó su barco hasta unas islas llenas de tortugas gigantes, que él bautizó con el nombre de galápagos, quizás por su semejanza con aquellas sillas de montar. Nombró Galápagos a las tortugas y a las islas. Iba fray Tomás con un encargo imperial, imperial del emperador Carlos, señor de aquellas tierras y de todas con las que se topasen los barcos castellanos en su trasegar por los océanos del mundo, que para eso tenían la fuerza de las armas y el consentimiento otorgado por los papas de Roma. Iba, ya digo, con el encargo imperial de poner fin al enfrentamiento entre Pizarro y Almagro, dos extremeños que habían llegado, pocos años antes, hasta las desconocidas tierras del Perú, señorío de los Incas. Fray Tomás falló en aquel encargo pero, a cambio, dio nombre a unas islas en las que, trescientos años después, un inglés llamado Charles Darwin empezaría a elucubrar sus primeras ideas sobre selección natural, esas que darían lugar a su teoría de la evolución.