El "Talmud" y otros libros que contienen todos los libros

El "Talmud" y otros libros que contienen todos los libros Imagen superior: Kaufmann Isidor, "Discussing the Talmud"

El guionista Jean-Claude Carrière, que trabajó con Luis Buñuel en películas como Belle de Jour, El discreto encanto de la burguesíaEse oscuro objeto del deseo, decía que el cine existió mucho antes de su nacimiento oficial. Existía ya en la prehistoria, porque hay que suponer que los trogloditas soñaban, y soñar no es otra cosa que proyectar una película en el interior de nuestro cerebro. No se trata de una idea romántica o una metáfora, sino de una descripción que cualquier persona, si ha prestado un poco de atención a sus sueños podrá confirmar.

Y no sólo existía el cine durante el sueño, “el cine de las sábanas blancas”, como lo llamaba mi abuela, sino que ya existía en las fotografías de caballos y atletas que hizo Ernst Muybridge antes de que los hermanos Lumière presentaran su primera película. Las fotografías de Muybridge no pudieron verse entonces como cine, pero sí son ahora las primeras películas que conservamos.

Muybridge colocaba cámaras que se disparaban una tras otra al paso del caballo. Si ahora unimos esas fotografías de manera sucesiva, como si fueran fotogramas en una tira de celuloide, y las proyectamos, lo que descubrimos es un movimiento como el del cine.

Otro invento narrativo moderno, el hiperenlace que nos permite navegar por Internet simplemente pinchando en un vínculo, también ha existido mucho antes de que fueran inventados los ordenadores y la red mundial. Por ejemplo, en las notas a pie de página de un libro, que permiten que el lector navegue desde el cuerpo principal del texto hasta aspectos específicos, como la referencia al ensayo del que procede una cita; lo que, a su vez, puede hacer que el lector cree por sí mismo otro hiperenlace y viaje hasta un estante de su librería para tomar el libro mencionado y abrirlo por la pagina indicada, lo que a lo mejor le permitirá establecer un nuevo vínculo, por ejemplo descolgando el teléfono para llamar a su profesor y consultarle una duda.

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Samuel Hirszenberg, "Escuela talmúdica", c. 1895-1908

El Talmud judío también ha sido considerado un primitivo hipertexto. Durante siglos los diferentes sabios y rabinos añadían comentarios al texto principal, que era ya un comentario a sus textos sagrados, y después, siglo tras siglo, añadían comentarios a los comentarios, creando complejísimos documentos que remitían unos a otros de manera difícil de manejar. Cuando se inventó la imprenta, Daniel Blomberg, que no era judío, ideó un método para mostrar en una misma página el texto principal, que ocupa el lugar central, y los diversos comentarios, situados alrededor, cada vez más hacia el exterior según su importancia o la época en la que fueron escritos.

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En una página del Talmud, las distintas columnas de texto han sido escritas por distintos autores y en diferentes épocas, y son como los hipervínculos de una página web que nos llevan a otra pantalla, pero en este caso todo está desplegado en la misma hoja.

El Talmud, en efecto, es un hipertexto desplegado, como se puede observar en esta imagen:

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Otros precursores de la narrativa hipertextual son Rayuela y 62 modelo para armar, de Cortázar, o el Diccionario jázaro, de Miroslav Pavic, que se compone de tres textos, uno cristiano, otro musulmán y otro judío, que cuentan los mismos sucesos pero desde diferentes perspectivas y ordenados a manera de diccionario que, además, tiene un ejemplar “masculino” y otro “femenino”.

A pesar de todos estos precedentes, lo que proporcionan los ordenadores y los soportes digitales actuales es una facilidad de uso que convierte en realidad inmediata casi todas las posibilidades del hiperenlace que antes sólo se imaginaban, y que permiten que el lector pueda encontrar, consultar e incluso leer todos los libros que se contienen en un único libro.

Los precursores del hipertexto, como el Talmud, Rayuela o los librojuegos de aventuras eran propuestas difíciles de seguir sobre un papel, pero se convierten en un campo muy prometedor gracias al ordenador, que permite hacer permutaciones en cascada; a Internet, que facilita acceder a millones de datos, y al hiperenlace, que sirve para conectarlo todo.

Ahora en un texto que aparece en la pantalla de un ordenador o lector digital, basta una señal sencilla, como una palabra subrayada en azul, para abrir un nuevo documento, leerlo y regresar, de nuevo con un clic, al lugar de origen. El hiperenlace reproduce de manera efectiva el modo de funcionar de un cerebro sano, que no se mantiene en un mismo carril, sino que salta continuamente a uno y otro lado, explorando las vías paralelas o perpendiculares, constatando que la historia de la literatura se encuentra en cierto modo en el interior de cada uno de sus volúmenes, como mostró, aunque todavía sin poder usar el hiperenlace, Roland Barthes en su análisis de la novela de Balzac Sarrasine.

Del mismo modo que las fotografías que hizo Muybridge ahora se pueden convertir en cine, los textos que contenían hipernarrativa en ciernes ahora pueden disfrutarse realmente como tales, y no de manera lineal. Con el hiperenlace, los ordenadores y la red mundial, lo que hasta hace poco había sido un sueño, una sugerencia o una intuición, ha empezado a convertirse en realidad.

Pero todavía no hemos conocido al verdadero precursor del hipertexto: Jorge Luis Borges.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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