La calabaza de Huizi. Lectura del Zhuangzi

Huizi dijo a Zhuangzi:

“El rey de Wei me dio una semilla de calabaza.
Cuando ésta creció, era tan enorme
que no servía ni de cántaro para agua:
¡imposible levantarla!
La partí para hacer cazos,
pero incluso éstos resultaban demasiado grandes.
Así que la rompí en pedacitos”.

Zhuangzi respondió:

“No sabes hacer uso de lo grande.
Un hombre de Song inventó un bálsamo para manos cortadas.
Por generaciones, su familia lavaba y blanqueaba la seda.
Un forastero se interesó por la receta
y le ofreció cien piezas de oro.

El inventor dijo a su familia:
“Desde hace años, lavando seda
no ganamos apenas unas monedas
y en sólo una mañana podemos ganar cien piezas de oro.
¡Vamos pues a venderla!”.

El forastero, después de adquirirla,
se la ofreció al rey de Wu;
éste, agradecido, le nombró general
de la flota contra Yue.
En pleno invierno consiguió una victoria
y como recompensa obtuvo un feudo.

El bálsamo para no agrietarse las manos,
a uno le sirvió para lavar la seda,
a otro para obtener un feudo.
Todo depende de la utilidad que se le dé.
Esa enorme calabaza que tenías,
en lugar de quejarte de sus defectos,
¿por qué no la usaste como balsa
para navegar por lagos y por ríos?
¡Desde luego que eres obtuso!”.

Huizi dijo:

“Tengo un gran arbol al que llaman ailanto,
de tan nudoso tronco y ramas tan retorcidas,
que escuadra, cuerda y compás no pueden medirlo.
Se yergue al borde del camino,
pero a ningún carpintero le interesa.
Igual que tus palabras, ¡tan grandes,
tan inútiles, que no sirven para nada!”.

A lo que Zhuangzi respondió:
“¿No has visto a la comadreja
cómo se agacha y se encorva
para atrapar a su presa?
¿Cómo salta hacia el este y el oeste,
hacia arriba y hacia abajo,
aunque un día caiga en la trampa
y acabe por morir en la red?
En cambio ese yak,
tan grande como una nube
que cubre los confines del cielo,
incapaz es de atrapar un ratón.
Este árbol, del que lamentas su inutilidad,
¿por qué no lo plantas en las extensas
llanuras de la nada?
Paséate bajo él y duerme bajo su sombra.
Nunca conocerá los golpes del hacha
ni sufrirá daño alguno.
Su estado es lo inútil.
¿Qué podría entonces perturbarlo?”.

Zhuang Zi. Libros interiores. Libro 1. Nei Pian. Capítulo 1. Libre caminar. “La calabaza de Huizi

Huizi y la Escuela de los Nombres

El interlocutor de Zhuangzi en esta ocasión es Huizi (maestro Hui). Nació en el estado de Song, que, recordemos, era uno de los estados combatientes que existían antes de que China existiese como tal. Probablemente vivió entre el –370 y el –320 y era ministro del rey de Wei.

Este rey de Wei se llamaba también Hui (–390/–319), como el amigo de Zhuangzi, pero no hay que confundirlos. En China había, y creo que todavía hay, pocos nombres propios de persona.

Eso también sucedía en la antigua Roma, donde había unos cuantos nombres de varón: Gayo, Aulo, Appio, Marco, etcétera, y los que se ponían a los hijos según el orden de su nacimiento: Quinto, Decio, Sexto, Septimio… Para las mujeres también había unos pocos nombres propios y además solían utilizar no su nombre propio o praenomen sino la forma femenina de su nomen (el nombre de su gens o clan). Por ejemplo, Claudia o Cornelia.

La costumbre de usar pocos nombres se fue relajando con el tiempo, quizás debido a la influencia que sobre la cultura romana ejercieron los pueblos conquistados.

Es muy interesante observar cómo cambian los nombres en distintos períodos históricos. Si se lee una obra del siglo XVII francés, se encuentran muchos nombres que hoy en día casi nadie pone a sus hijos. A menudo se puede saber la época en que ha sido escrita una obra mirando simplemente los nombres personales. Esto sucede incluso en la Grecia antigua: los nombres de la época de Sócrates suelen ser muy distintos a los de la época alejandrina. No sé si existe algún estudio detallado acerca de este asunto, que resulta muy interesante. En cuanto a si eso sucede en China o no, mi ignorancia me impide contestar en uno u otro sentido.

A menudo, desde Hegel, e incluso desde Lichtenberg, se ha dicho que en China nunca cambiaban las cosas y se decía que era un Imperio inmóvil a través de los siglos, pero ahora sabemos que eso es un error tremendo. A primera vista da la impresión de que en China hay pocos nombres propios y me parece recordar que también existió en algún momento una norma acerca de la limitación de nombres. Es frecuente, por ejemplo, encontrar en el reparto de una película muchas personas con nombres como Li, Yang o Shang.

Pero tal vez sea una impresión errónea, como la de alguien que pensara, tras ver una película española, que casi todos nos llamamos García o Fernández, o Juan, Jose o Pedro.

Más adelante, cuando haya otra ocasión, hablaré de los nombres y apellidos chinos.

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El interlocutor de Zhuang zi (Huizi) se refiere al rey Hui de Wei, también llamado “rey Hui de Liang”, porque se vio obligado a trasladar literalmente todo su reino desde la provincia de Hubei a la de Da liang

La Escuela de los Nombres

Pero Huizi no es importante por haber sido ministro de un rey, sino por ser uno de los filósofos más influyentes de la Escuela de los nombres (ming jia).

Como se cuenta más adelante, en el capítulo 33 del Zhuang zi, los libros de Huizi llenaban cinco carretas”. La pena es que no se ha conservado ninguno de ellos, ni siquiera el que tenía su nombre, el Huizi.

Hay que recordar también que el primer emperador que unificó China intentó destruir casi todos los libros antiguos. Quizá lo consiguió, pues sólo se conservan varios libros confucianos y algunos taoístas, como el Laozi y el propio Zhuangzi, y otros pocos dispersos, como el Mo Di. Pero de las cien escuelas de pensamiento que se decía existían en la época de los Reinos Combatientes apenas quedó nada.

De la interesantísima Escuela de los Nombres, considerada de carácter logicista, apenas quedan seis breves capítulos de Gongsun Long, considerado un “sofista chino” por su semejanza con los sofistas griegos. El más célebre de los acertijos o disparates lógicos de Gongsun Long es el que afirma qué un caballo blanco no es un caballo. De Huizi se conservan algunas frases de sentido también entre paradójico y enigmático, como:

“Los huevos tienen plumas”

“Las ruedas al rodar no tocan el suelo”

“Un caballo bayo y un búfalo negro son tres”

Lo más asombroso es que algunas de las paradojas de la Escuela de los Nombres coinciden con una precisión asombrosa con las que planteaba el griego Zenón de Elea (quien, sin embargo no es propiamente un sofista):

“La flecha que vuela rauda hay momentos en que no se mueve y momentos en que no está parada”

“A un palo de un pie de largo, si cada día le van quitando la mitad, en diez mil generaciones aún no se habrá terminado”.

En el Zhuangzi parece considerarse a Huizi un talento desperdiciado, porque perdía el tiempo en paradojas y discusiones puramente dialécticas. Pero hay razones para sospechar que la imagen de Huizi y de toda la Escuela de los Nombres ha sido distorsionada. No resulta fácil creer que una persona que sólo pensaba en jugar con el absurdo llegara a ser ministro del rey de Wei, ni que se molestara en escribir libros hasta llenar una carreta.

Lamentablemente, la historia y las ideas de la Escuela de los Nombres resultan demasiado confusas hoy en día y su conocimiento muy parcial. Tal vez algún día nos sorprenda algún descubrimiento arqueológico que nos permita conocer más a fondo a estos filósofos. Mientras tanto, sólo podemos hacer conjeturas. Yo haré unas cuantas acerca de las sugerentes paradojas de Huizi cuando comente el capítulo 33 del Zhuang zi, lo que sucederá (si sigo a este ritmo en este comentario) dentro de muchos años.

Vuelvo al fragmento comentado.

lacalabaza2

El ungüento del rey de Wu

El rey Hui le regalo a Huizi unas semillas de las que nació una calabaza gigantesca. Se calcula que pesaba unos 60 kilos. Hui se lamenta de que esa prodigiosa calabaza no le resultó de ninguna utilidad, pues era demasiado grande para trasportar líquidos. Ni siquiera le sirvió tras dividirla en pedazos.

Zhuangzi demuestra entonces a Hui que se equivocó al despreciar la calabaza. Lo primero que hace es ponerle un ejemplo de una situación similar, en la que un hombre de Song que, poseía un ungüento para las manos se lo vendió a un extranjero. Por cierto, los hombres de Song eran al parecer en aquella época objeto de chistes y se les presentaba como tontos o simplones, algo así como los habitantes de Lepe en España, los escoceses en Gran Bretaña, o los españoles (“gallegos”) en Argentina. El extranjero se fue con el ungüento al reino de Wu y se lo ofreció al rey: gracias a ese ungüento, los soldados de Wu vencieron a los de Yue, pues la batalla tuvo lugar en pleno invierno. De este modo, el extranjero logró un feudo con el ungüento, mientras que al hombre de Song sólo le había servido para lavar seda.

Del mismo modo, dice Zhuangzi a Huizi, tú tenías una calabaza que podría haber sido un estupendo barco para navegar por los ríos, pero, en vez de darle ese uso, la destrozaste.

En estas dos historias se ve un aspecto del pensamiento de Zhuangzi que apenas es destacado por sus comentadores, pero que a mí me parece fundamental.

Habitualmente, se comentan este tipo de pasajes como muestras de la teoría que sostiene la virtud de ser inútil, o como un ejemplo de ingenio, o de pensamiento paradójico. Esas interpretaciones son correctas, pero también es importante darse cuenta de que estos pasajes revelan de manera clarísima la inteligencia práctica de Zhuangzi.

Al contrario de la imagen de los sabios taoístas ajenos al mundo y a sus problemas concretos, Zhuangzi discute acerca de cómo emplear una calabaza o un ungüento para las manos, y no ofrece soluciones místicas o espirituales, sino materiales y muy prácticas. En el Zhuangzi, como ya se verá, también se insiste en que no hay que apegarse a la tradición (el uso habitual que se le da a una calabaza o a un ungüento, en este caso) y se defiende la innovación. En esto, las ideas de Zhuangzi son muy diferentes a las de la mayoría de los filósofos chinos, especialmente los confucianos, pero también los taoístas, que suelen defender un cierto inmovilismo, mirando hacia el pasado, hacia los reyes legendarios en vez de hacia el futuro. Confucio y otros taoístas coinciden en eso con Platón, quien también, y aunque resulte asombroso al ver la variedad de sus ideas, era partidario de la tradición. Esta es una de las razones, supongo, que han hecho dudar a algunos estudiosos de que Zhuangzi fuera realmente taoísta.

Intentaré explicar este rasgo del Zhuangzi con mayor precisión, pero antes de continuar, le propongo al lector que resuelva un pequeño problema:

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Trace sólo cuatro líneas (sin levantar el lapiz del papel), que atraviesen todos los puntos.

Cómo resolver problemas

En el pasaje comentado, a pesar de lo que dice Zhuangzi al final “¡De dónde se colige lo obtuso de vuestras entendederas!”, que puede despistar al lector, lo importante no es que el filósofo chino muestre lo tontos que son Huizi con su calabaza y el hombre de Song con su ungüento. Al fin y al cabo, si lo pensamos bien, al menos en el caso del fabricante de ungüento, su invento ha servido a su familia durante generaciones para lavar seda; y además también le ha proporcionado a la familia las cien monedas que le ha pagado el extranjero. Así que no está mal por un simple ungüento para las manos agrietadas.

El verdadero problema, tanto para el hombre de Song como para el amigo de Zhuangzi, es que no han sabido aprovechar del todo lo que tenían. ¿Y por qué no lo han hecho?

Mi respuesta (y creo que la de Zhuangzi) es: “Por culpa de los prejuicios”.

Porque en pasajes como el comentado se muestra que la inteligencia práctica, la creatividad aplicada o la inventiva tiene mucho que ver con los prejuicios; mejor dicho, con la falta de prejuicios.

Regresemos al problema de los nueve puntos que planteé al lector. ¿Ha conseguido el lector resolverlo?

Quizá ni siquiera lo ha intentado. Es posible que se haya limitado a mirar el dibujo y haya continuado leyendo. Es lo que hacen la mayoría de los lectores ante un dilema o un juego: piensan que no va con ellos. Si eres de esos lectores, ¿por qué no retrocedes e intentas resolver el problema? Es mucho mejor ser del otro tipo de lectores, de los que sí intentan resolver dilemas y jugar a resolver enigmas y paradojas.

Pues bien, tal vez algún lector inquieto o impaciente haya intentado resolver el dilema de los nueve puntos de manera imaginaria, trazando las líneas en el aire. Eso quizá le haya hecho pensar que lo ha resuelto, así que le recomiendo que, para asegurarse, imprima el dibujo o lo copie con exactitud e intente resolverlo trazando realmente las cuatro líneas.

Lo interesante de este dilema es que resulta muy sencillo de resolver, pero que casi nunca es resuelto, al menos hasta que se ha intentado hacerlo de una y mil maneras. Cuando propongo este problema de los nueve puntos a mis alumnos de guión y creatividad, tardan en resolverlo o se acaban rindiendo.

La fuerza de los prejuicios

La dificultad para resolver el dilema de los nueve puntos, no está en el problema en sí, sino en la mente de quien intenta resolverlo, que ve más cosas que las que tiene delante.

En efecto, no ve tan sólo los nueve puntos, sino también una especie de cuadrado formado por esos puntos.

Ahora bien, ese cuadrado que limita los puntos es completamente imaginario. No existe. Sin embargo, quienes intentan solucionar el problema no lo consiguen porque no quieren salirse de esos límites imaginarios. La solución, en efecto, consiste en trazar las cuatro líneas sin tener en cuenta ese cuadrado imaginario:

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Esta es la solución estándar al problema. Lo más curioso es que, una vez rotos los límites imaginarios, se encuentran decenas de soluciones, como las que cuenta James L. Adams en Guía para superar bloqueos, y otras que yo añado en El secreto de la invención. La mejor la propuso un niño de ocho años: “Puedo atravesar los nueve puntos con una sola raya si me dejan usar un rotulador muy grande”.

Sin quererlo, sin ser conscientes de ello, nos ponemos límites, que a veces son bloqueos, otras veces simples tabúes o tan sólo percepciones erróneas nacidas de nuestra experiencia o de nuestro deseo de comprender o explicar las cosas.

Ahora sí puedo retomar algo que dije en la primera parte de esta lectura del Zhuangzi:

Hay una interesante conversación que se menciona de pasada (y de la que espero contar más detalles en otro momento):

Tang y Ji también tuvieron una conversación de este tenor: «Arriba y abajo, y en las cuatro direcciones, ¿hay límites?» ‒preguntó Tang a Ji‒. «¡Más allá de lo ilimitado sigue sin haber límites!» ‒respondió Ji.

Es algo que recuerda el célebre problema que plantea Lucrecio en Sobre la naturaleza: ¿qué sucedería si un arquero lanzara una flecha en el confín del universo. Mosca y Caja dan una respuesta en la Enciclopedia de filosofía de bolsillo: Lucrecio.

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Este es un boceto hecho por Rubens a partir de un busto que se creía que representaba a Séneca. Actualmente se considera que se trata de Tito Lucrecio Caro. Por eso se llama también a este busto Pseudo–Séneca. A mí me parece una representación muy adecuada de Lucrecio, que aunque no lo retrata con la habitual mirada que anuncia la locura y el suicido, sí parece mostrar algo de su clarividencia filosófica y del dolor que le causan los crímenes y la ignorancia propagados, o al menos tolerados, por la religión.

Antes de ocuparme de esa conversación entre Tang y Ji acerca de los límites, podemos ver la aventura de Mosca y Caja acerca del límite del universo, porque ya veremos que ambas cosas guardan una curiosa relación:

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Tang y Ji (o Ge) discuten acerca de los límites

Para conocer con más detalle la conversación entre el rey Tang y el sabio Ji, tenemos que consultar otro libro, el Liezi, considerado el tercero en importancia del daoísmo, aunque se piensa que es una falsificación y que no fue escrito por el sabio llamado Liezi. En este libro, en el capítulo llamado Tang Wen, preguntas de Tang, encontramos al rey tang de Ying hablando con el sabio Ge (el mismo personaje que en el Zhuangzi es llamado Ji). Es una conversación verdaderamente interesante, pero no la citaré íntegra y me limitaré al asunto de los límites:

“Tang de Ying preguntó: “¿Tienen un límite y un final los ocho puntos del espacio” Ge le respondió: “No lo sé”. Tang insistió y Ge dijo: “Si el espacio es no ser (vacío), entonces no tiene límites. Si es ser, tendrá un final. Pero eso no puedo saberlo. Además, más allá de lo ilimitado volvemos a encontrarnos lo ilimitado y dentro de lo que no tiene final encontramos lo que nunca acaba. De manera que como lo ilimitado se prolonga en lo ilimitado y lo que no tiene final se resuelve en lo que nunca acaba, de ahí deduzco que el espacio no tiene límites ni final, y no puedo saber que tenga límites o final alguno”. (Liezi, traducción de Iñaki Preciado para Kairós)

Una conclusión, como ya dije, que tiene cierta semejanza con el problema de la flecha de Lucrecio y la aventura de Mosca y Caja. Pero, volvamos ahora al problema de los nueve puntos y sus límites imaginarios.

Cuando vemos nueve puntos en tres hileras perfectamente alineadas, eso nos recuerda un cuadrado. Cuando vemos una calabaza, por grande que sea, enseguida pensamos en usarla para trasportar líquido (además de para comérnosla, claro).

Nuestra experiencia, el conocimiento adquirido a lo largo de nuestra vida, se convierte demasiado a menudo en un freno a nuestra imaginación: las calabazas sirven para llevar bebida, las bombillas para iluminar, los cigarrillos para fumarlos…

Cuando vemos ideas

Cuando Huishi mira la calabaza que ha crecido gracias a las semillas que le ha dado el rey, está viendo no la calabaza concreta que tiene delante, sino la idea de calabaza.

Casi siempre vemos, en efecto, no las cosas, sino las ideas que nos hemos hecho sobre las cosas.

El filósofo Jean Piaget mostró que los niños no dibujan las cosas que tienen delante, sino las ideas que tienen acerca de esas cosas. Es por ello que dibujan todas las patas de una mesa o de un caballo, a pesar de que no las vean en la perspectiva elegida. De ahí la utilidad de pruebas como el dibujo de la familia, en el que descubrimos o contemplamos la idea que el niño tiene sobre su familia en función de las ausencias o presencias. De todo esto hablo en Nada es lo que es, así que no lo repetiré aquí.

Los adultos también pensamos en función de nuestras ideas sobre las cosas, olvidándonos de mirarlas.

Miramos la idea que nos hemos hecho de una calabaza (incluidas sus utilidades posibles) en vez de la calabaza. A lo largo de nuestra vida vamos formando, a partir de la observación y la experiencia, ideas, que podríamos llamar postjuicios (juicios nacidos a posteriori, posteriormente a la observación de algo). Después, sin embargo, esos posjuicios, nacidos a menudo de una observación correcta y un juicio acertado acerca de esa observación, se convierten en prejuicios para futuras observaciones semejantes. En general eso es estupendo y los prejuicios (nacidos de postjuicios) suelen ser útiles, pero en otras ocasiones nos impiden pensar fuera de los límites que nosotros hemos establecido, como en el dilema de los nueve puntos.

El lavandero que inventó el ungüento para las manos logró darse cuenta de que su utilidad iba más allá de lo aparente: servía para lavar la seda (se supone que las manos quedan muy dañadas por este oficio); gracias a ello logró obtener un beneficio extra. Ese fue un ingenioso posjuicio.

Pero ese posjuicio se convirtió a su vez en un prejuicio, en una idea preconcebida (ya concebida), que evitó que descubriera otras utilidades para el ungüento. De todos modos, hay que tener en cuenta que en el fragmento el vendedor es un descendiente del inventor y que, aunque parece más útil asegurar la prosperidad de sucesivas generaciones que obtener cien monedas, parece razonable suponer que a cambio de cien monedas la familia reveló el secreto, pero no necesariamente perdió el derecho a seguir empleando la fórmula.

En cualquier caso, está claro que incluso las ideas ingeniosas que nos hacemos sobre las cosas, pueden ser un impedimento para el surgimiento de nuevas ideas. A menudo también son un freno al desarrollo de nuestro pensamiento y nos llevan a la intolerancia y el dogmatismo, al aplicar constantemente nuestros prejuicios a las nuevas realidades con las que nos enfrentamos.

Muchos filósofos han luchado contra el encantamiento de los prejuicios, de los conceptos mentales y del lenguaje. Zhuangzi lo hace constantemente (lo veremos más adelante) y también lo hacía la Escuela de los Nombres al proponer sus extrañas paradojas.

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Cómo comemos significados

En el siglo XX Alfred Korzibsky inventó un nuevo sistema filosófico, la Semántica General, que el definía como no–aristotélico. Uno de sus rasgos es mostrar cómo nuestra visión de la realidad está contaminada por el lenguaje que empleamos para describirla, y por los prejuicios que nosotros mismos creamos. Volveré sobre el tema, pero aquí sólo añadiré una cita de mi ensayo Nada es lo que es, el problema de la identidad, en el que explico la idea aparentemente paradójica de Korzibsky según la cual “comemos significados”:

 “Un día en que estaba dando clase, interrumpió la lección y se excusó, explicó que no había tenido tiempo de desayunar y les preguntó a los alumnos si no les molestaba que comiese unas galletas. Sacó un paquete de galletas envueltas en un papel blanco de su maletín. Empezó a comer galletas y ofreció alguna a los estudiantes de las primeras filas.

–¿Están buenas, verdad?” –dijo Korzibsky, mientras comía una segunda galleta.
Los estudiantes asintieron mientras masticaban vigorosamente. Entonces, Korzybski arrancó el papel que envolvía las galletas y mostró el paquete original, en el que había un gran dibujo de una cabeza de perro y las palabras “Galletas para perros”.
Los estudiantes miraron el paquete y quedaron asqueados. Dos de ellos casi no pudieron evitar vomitar, se llevaron las manos a la boca y corrieron fuera de la clase hacia los lavabos.

–Ahora pueden ver, señoras y señores –dijo Korzybski– que las personas no sólo comen comida, sino también palabras. Y que el gusto de la comida es a menudo deudor del gusto de las palabras.
Es posible, aunque no se aclara en la cita, que al final Korzybski revelara que no se trataba de galletas de perro, sino de galletas para seres humanos envueltas en un paquete de galletas de perro. En ese caso, todavía quedaría más claro que comemos significados, porque unas simples palabras de Korzybski podrían cambiar de nuevo una percepción, ahora del asco al placer.
La broma de Korzybski nos permite darnos cuenta de que lo que hace a una galleta ser una galleta, a menudo no depende de sus ingredientes, sino de nuestra mente.”

Todos estos asuntos fascinantes volverán a ser tratados con mucho más detenimiento en este comentario al Zhuangzi.

Comadrejas y yaks

Volvamos al último fragmento del texto comentado. En él, Huizi, muestra que no ha quedado en absoluto deslumbrado por lo que le ha contado Zhuang zi, sino que considera que ese tipo de soluciones ingeniosas parecen grandes y excelentes pero no tiene ninguna verdadera utilidad. y son sólo como un árbol de ailanto, nudoso y gigantesco. En su opinión, Zhuangzi es como ese árbol. Para responderle, Zhuangzi compara a la comadreja que salta de un lado a otro ágilmente, pero que acaba cazada en una trampa o atrapada en una red, con el yak, que es un animal grane y poderoso pero incapaz de cazar a un ratón.

¿A qué obedece esta comparación? Aquí no parece que se nos quiera decir que la pequeña comadreja es superior al yak, ni el poderoso yak a la comadreja: cada uno tiene sus virtudes, pero también cada uno tiene sus defectos y debilidades.

Del mismo modo, el propio Huizi y su árbol de ailanto, podrían resultar de bastante provecho en un lugar en el que las grandes ramas del árbol dieran sombra. Allí, en ese país donde nada existe, el propio Huizi podría vivir plácidamente bajo las ramas de su árbol. Probablemente Zhuangzi está aludiendo a la vida en la corte, donde los peligros son constantes para su amigo.

En este discurso final de Zhuangzi, cuya intención final no resulta tan fácil de entender, se anticipa un asunto que será recurrente a lo largo de la obra, cuando dice que, en aquel lugar “el árbol no sufriría los golpes del hacha, ni cosa alguna lo podría maltraer”. Es la virtud de ser inútil, que encontraremos un poco más adelante. Pero ahora aclararé por qué digo que no es fácil entender la intención de Zhuangzi al burlarse de Huishi en este pasaje.

Lo que no resulta claro es por qué Huizi es burlado con aparentes paradojas que rompen con lo aceptado de manera convencional, puesto que Huizi es célebre preciosamente por sus paradojas. Tal vez la explicación sea que Huizi primero fue ministro del rey Hui de Wei (o de Liang) y sólo después, tal vez decepcionado y quizá convencido por su amigo Zhuangzi, se dedicó a crear paradojas asombrosas y a contradecir el sentido común. Pero de la personalidad de Huizi y su amistad con Zhuangzi habrá ocasión de hablar bastante en este comentario.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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