Wilde, Chesterton y más paradojas

Wilde, Chesterton y más paradojas Imagen superior: estatua de Oscar Wilde, realizada por Danny Osborne en 1997. Actualmente se encuentra en el parque Merrion Square de Dublín (Autor: Anaxila, CC)

Marina Pino me preguntó si soy aficionado a los grandes ingleses paradójicos como Chesterton. En mi respuesta me hice un pequeño lío con los nombres de Celso y Orígenes, que se solucionó gracias a la ayuda de Marcos Méndez Filesi. Lo aclaro aquí: Celso escribió hacia el siglo II un ataque a los cristianos, el Discurso verdadero. Uno de los Padres Griegos de la Iglesia, Orígenes, quiso refutarlo en Contra Celso. Lo citó tanto, que garantizó a la posteridad la supervivencia del libro de Celso en el interior del suyo.

Curiosamente, en el Concilio de Constantinopla de 553, las obras de Orígenes fueron consideradas heréticas, con lo que casi todas se perdieron, a pesar de que hoy en día se le considera uno de los grandes primeros cristianos y es elogiado incluso por el Papa Benedicto XVI.

Hace años leí varias de las obras conservadas de Orígenes y recuerdo que me parecía un escritor brillantísimo y muy sensato, todo lo sensato que puede ser alguien que cree en una revelación divina (algo menos sensato que su enemigo Celso, en cualquier caso). Una de las pocas que sobrevivieron de Orígenes fue ese Contra Celso, que contenía en sí misma otra obra perdida. Hace apenas unos meses se han descubierto algunos escritos perdidos de Orígenes.

En cuanto a la cita de Elogio de la infidelidad, es esta:

“Se me perdonará, por quienes perdonan y castigan estas cosas, el uso de las comillas y el abuso de Chesterton: incluyo citas suyas en todo lo que escribo con la secreta esperanza de que si sus libros no sobreviven por sí mismos puedan hacerlo en el interior de los míos. Así es como ha llegado hasta nosotros el Discurso verdadero contra los cristianos, de Celso: el cristiano Orígenes quiso refutarlo por hereje y lo copió casi entero en Contra Celso, enviándolo directamente a la posteridad.”

Gilbert Keith Chesterton

Chesterton es uno de los autores que más placeres me han proporcionado a lo largo de los años. He leído sus cuentos, sus ensayos o las biografías que dedicó a todo tipo de personajes, desde San Agustín a Robert Louis Stevenson, desde Santo Tomás a William Blake.

Pocos le superan en ingenio y paradoja. A veces su ingenio es tan desmesurado que parece escapar de su control, como cuando defiende el catolicismo o la Edad Media, intentando hacer compatible su pensamiento, siempre tan libre e impredecible, con la fe de un converso. Basta con recordar lo que decía su amigo y rival en múltiples polémicas, aludiendo a la descomunal gordura de Chesterton: “Cuando Chesterton subió a la nave del catolicismo, la embarcación empezó a hacer aguas”.

El propio Chesterton justificaba su conversión recordando que durante un viaje por Francia entró en la iglesia de un pueblo y escuchó un sermón tan absurdo e irracional que se dijo: “Esto tiene que ser la verdad, porque si no lo fuera, no habría podido sobrevivir dos mil años”. Ingenioso, claro, pero, como es obvio, no muy convincente, pues lo mismo pensaban seguramente los egipcios que creían en Amón Ra o los zoroastras que todavía creen en Zaratustra, más de tres mil años después. Pero, afortunadamente, como dice también Borges, los propósitos de Chesterton raramente se cumplen y la paradoja, la risa, el ingenio y el encanto siempre sobreviven a sus intenciones de proselitismo.

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Oscar Wilde

Este otro gran amante de la paradoja no era inglés, sino irlandés, por lo que hay que precisar que cuando en la presentación me refiero a los paradójicos ingleses en realidad me refiero a los británicos. La opinión que menciono de Borges acerca de Wilde es esta: “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”.

En cuanto a la estupenda paradoja de Wilde recordada por Marina, la de aquel hombre que se excusa por no haber reconocido a un antiguo amigo y le dice “Es que he cambiado mucho”, también me recuerda a uno de mis chistes favoritos judíos. En esta ocasión, Abramanel se encuentra en la calle con un hombre y exclama:

– ¡Avid, cuánto tiempo sin vernos! Casi ni te reconozco, porque hay que ver cómo has cambiado , ya no tienes el pelo largo y espeso, y estás más gordo, y además ahora vistes mucho mejor que antes.

– Perdone -dice el otro-, pero es que yo no me llamo Avid.

– ¡No me digas que también te has cambiado el nombre!

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Martin Gardner y las paradojas

Juanjo de la Iglesia menciona uno de los libros que Martin Gardner dedicó a las paradojas: ¡Ajá!

Gardner es precisamente uno de los autores cuyos libros compraba cuando era niño en la librería Rafael Alberti. Lo conocía porque me gustaban mucho sus artículos en la revistra Investigación y Ciencia (Scientific American), que era también una de mis lecturas favoritas, aunque la mayoría de los artículos científicos no los entendía demasiado, supongo, pero siempre me ha gustado leer cosas que no entendía del todo, porque eso significa que aprendo algo nuevo. O quizá sucedió al revés: tal vez en la Alberti descubrí un libro de Martin Gardner y así supe que era colaborador de Investigación y Ciencia.

Quizá ahí, de nuevo en los estantes de la librería Alberti, esté el origen del gran amor que siempre he sentido no sólo por la ciencia, sino también por Martin Gardner y sus amigos (Raymond Smullyan, el mago Randi o Douglas Hofstadter, entre otros).

Newton, Leibniz y los infinitesimales

En aquella otra pequeña confusión, de nuevo resuelta gracias a la ayuda de Marcos (“los infinitesimales”), me refería, claro, al descubrimiento del cálculo infinitesimal, que motivó una disputa internacional entre Newton y Leibniz.

Las paradojas de Zenón de Elea

Cuando hablo de matemáticas que toman en cuenta ideas paradójicas como las de Zenón de Elea y el movimiento, me refiero a las matemáticas no euclidianas de Riemann y Lobachevsky, por ejemplo, que cuestionaron el quinto postulado de Euclides, que establece que dos rectas paralelas son equidistantes. He dedicado una historieta de mi Enciclopedia de Filosofía de Bolsillo Mosca y Caja a Zenón: Zenón de Elea.

Nota:

La grabación de la presentación corrió a cargo de Bruno Tubau.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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