Exploración espacial: ¿para qué?

Exploración espacial: ¿para qué? Imagen superior © Travis Charest

Basta mirar al cielo en una noche oscura —imposible en la ciudad— para entender por qué el firmamento ha sido siempre algo fascinante para la humanidad.

El anhelo de viajar a otros mundos ha formado parte de la historia humana, primero como fantasía, luego como reflexión sesuda, y finalmente, durante el siglo pasado, mediante la construcción de cohetes capaces de salir de la atmósfera.

La puesta en órbita del primer satélite artificial en 1957 —el soviético Sputnik 1—, marcó el inicio de la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ésta tuvo un ganador cuando la misión Apollo 11 puso a los primeros humanos en la Luna, en 1969.

A pesar de seis misiones lunares, la siguiente meta todavía no se ha logrado: que seres humanos viajen a Marte. Pero en el tiempo transcurrido se han enviado naves a Venus, a explorar el resto del sistema solar, y se han establecido varios laboratorios en la órbita de la Tierra. Se han enviado también cuatro vehículos que han explorado directamente la superficie marciana.

Pero ¿para qué? ¿Qué nos hace querer explorar los planetas cercanos? ¿Cómo se explica el enorme gasto empleado en telescopios, satélites, cohetes, orbitadores y sondas planetarias, cuando existen tantos problemas urgentes en nuestro propio mundo?

Una primera justificación es la simple curiosidad científica, hoy tan fácilmente descalificada. El afán de conocer, de entender la naturaleza, es un impulso primario de nuestra especie y ha permitido que surja la civilización. Para muchos, bastaría con esto para justificar el dinero y esfuerzo invertidos.

Pero además, la exploración espacial proporciona nuevo conocimiento que, de muchas maneras, resulta útil para la humanidad. Este conocimiento inicia una cascada de descubrimientos que, tarde o temprano, produce aplicaciones que nos benefician. La tecnología desarrollada para explorar otros mundos ha tenido ya una derrama tecnológica que ha revolucionado nuestra vida.

Pero hay otra razón para seguir explorando el espacio: la posibilidad de colonizar otros mundos.

A pesar de que la soñada base lunar nunca se construyó — la Luna es bastante inhóspita—, Marte ofrece condiciones que hacen factible el establecimiento de una colonia. En teoría, es posible terraformar el planeta rojo: convertirlo en un ambiente más apto para la vida de nuestra especie.

No hay que olvidar que la población humana sigue creciendo, y que los recursos naturales de la Tierra se agotan. Tarde o temprano— en algunos siglos, a lo más— tendremos que emigrar o dispersarnos.

La exploración de otros mundo resulta, en última instancia, una inversión que algún día podría garantizar la supervivencia de la humanidad. ¿Se necesita más justificación para continuarla?

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en "The Cult" con fines no lucrativos. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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