La ciencia como bien cultural

Hablar de ciencia en un contexto cultural puede ser una tarea complicada. Por ello, en este texto trataré de transmitir un solo mensaje, lo más claro que me sea posible.

El mensaje es: La ciencia no tiene por qué servir para nada.

Bueno, matizo un poco: la ciencia no necesita servir para nada para ser valiosa.

De hecho, creo firmemente que una de las grandes desgracias de la ciencia es precisamente el ser útil. ¿Por qué digo esto? Porque debido a esa gran utilidad que tiene la ciencia, a sus múltiples aplicaciones prácticas, a los transistores y computadoras y antibióticos, a las naves espaciales y a los reactores atómicos, a los nuevos materiales y tratamientos médicos y a todos los demás beneficios derivados de ella con los que contamos en la vida moderna, precisamente debido a todo esto es que la ciencia sólo es apreciada por su utilidad. Y eso es una gran injusticia.

En vez de tratar de argumentar lo anterior, citaré un texto de Ruy Pérez Tamayo, publicado en 1987, en el que habla acerca de los enemigos de la ciencia, catalogándolos en internos y externos.

"Los enemigos de 'dentro' ‒decía‒ son seudocientíficos y/o funcionarios que, disfrazados de amigos y protectores de la ciencia, hablan siempre en favor de la ciencia "aplicada"... Estos "amigos" de la ciencia quisieran verla convertida en un instrumento puramente utilitarista... una caja negra donde por un lado se introduce un problema y por el otro sale una solución, con resultados intermedios programados y calendarizados".

"La ciencia sólo sirve para resolver problemas científicos, para producir conocimiento", también ha dicho Pérez Tamayo, quien defiende una "visión cultural" de esta disciplina con la que coincido plenamente.

La visión utilitarista a la se opone empobrece la ciencia porque la degrada de ser una de las manifestaciones más elevadas de la creatividad y el intelecto humanos a convertirse en mera herramienta que proporciona satisfactores materiales para resolver problemas mundanos. Y en el proceso se pierde gran parte de lo más valioso que tiene: su capacidad para maravillarnos, para revelarnos el sentido oculto de los fenómenos de la naturaleza y mostrarnos el orden que los explica; para, en última instancia, comprendernos mejor y permitirnos ser uno con el mundo natural del que formamos parte.

La utilidad práctica de la ciencia es indiscutible, pero su mérito mayor, su verdadera justificación y razón de ser radican en otra parte.

La ciencia, repito, no es valiosa porque sirva para algo. Es valiosa por sí misma, igual que lo son la literatura, la poesía y el arte en general.

La labor de divulgación científica, cuyo fin es poner la ciencia al alcance del público, sufre deformaciones similares a las que afectan a la ciencia misma. Muchas veces se la concibe como una especie de complemento de la educación científica, como generadora de "materiales didácticos" ‒libros, revistas, museos‒ que permitirán que los alumnos aprendan lo que no lograron asimilar en sus clases de ciencias. Como medios para despertar vocaciones que harán crecer la comunidad científica, la cual a su vez sacará al país del atraso y nos llevará al tan ansiado primer mundo.

Y quizá todo esto sea cierto. Pero así como la ciencia no debiera prostituirse al ser valorada sólo por su utilidad como solucionadora de problemas prácticos, la divulgación científica no debiera contaminarse del carácter didáctico y obligatorio que hace que las materias científicas sean las más odiadas en la trayectoria escolar de todo estudiante.

Por el contrario, mi opinión es que la divulgación científica debiera simplemente ofrecer al público la oportunidad de disfrutar el placer de conocer la naturaleza y entender cómo funciona.

Hace unos días un compañero me comentaba su esperanza de que los jóvenes "aprendieran algo" como fruto de las actividades de divulgación que realizamos en la UNAM. Yo lo contradije, argumentando que, en un concierto, ningún intérprete pretenderá que la audiencia "aprendiera" cosa alguna, sino sólo que disfrutara, que conociera, que apreciara y compartiera el placer de la música.

Al igual que las exposiciones de pintura o escultura, recitales de poesía y talleres de lectura que constantemente organizan las instituciones culturales, la divulgación científica debiera ser una labor encaminada, simplemente, a poner al alcance de todos el placer y la maravilla de la ciencia. No porque sirva para algo (aunque sirva para tantas cosas). Sino porque es valiosa, porque es parte de la cultura humana y porque vale la pena compartirla y apreciarla.

¿Cuál es entonces mi propuesta? Retomar el rumbo marcado recientemente por el Instituto de Cultura de la Ciudad de México (ICCM) al convocar a discutir sobre cultura y ciencia, y comenzar a considerar la divulgación científica como parte de las labores de difusión cultural; a trabajar no tanto por la enseñanza de la ciencia ‒labor importantísima, pero que puede llevarse a cabo mejor en la escuela‒ sino por fomentar la apreciación de la ciencia entre el gran público, igual que lo hacemos con las otras áreas de la cultura.

Existen diversas instituciones ‒la UNAM destaca entre ellas‒ que durante años han avanzado ya en esta labor de difusión cultural de la ciencia. Creo que es buen momento para aprovechar la coyuntura y lograr que los organismos encargados de poner la cultura al alcance de la población incorporen plenamente la ciencia a su oferta. Pero la ciencia entendida no como algo que tiene que "servir para algo" antes de ser tomado en cuenta, sino como un bien cultural, como una más de aquellas disciplinas que, independientemente de su utilidad, valen la pena por sí mismas y por la manera en que enriquecen nuestras vidas. 

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en La Jornada. Reservados todos los derechos

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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