La otra cara de la vida

La otra cara de la vida Imagen superior © Office of National Marine Sanctuaries, NOAA's National Ocean Service.

¿Por qué existe la vida? La pregunta, que intriga a las mentes curiosas desde siempre, adquirió un nuevo matiz en el siglo XIX, cuando la naciente termodinámica, estudio de los cambios de la energía, mostró que los sistemas vivos violan, aparentemente, su segunda ley. 

Y es que la famosísima segunda ley de la termodinámica –una de las más importantes de la naturaleza– obliga a que en cualquier proceso la entropía del sistema aumente (que la energía disponible para realizar trabajo disminuya, o que aumente el desorden). Las cosas se enfrían y degradan espontáneamente, pero no al contrario. Los seres vivos, en cambio, crecen, se multiplican y evolucionan, aumentando incesantemente el orden en la biósfera. ¿Cómo es esto posible? 

El geólogo Eric Schneider y el escritor científico Dorion Sagan –hijo del famoso Carl y de la destacada bióloga Lynn Margulis– proponen, en La termodinámica de la vida, que la respuesta la proporciona la propia segunda ley, pero expresada en el aforismo “la naturaleza aborrece los gradientes” (gradiente es una diferencia de grado en alguna magnitud –presión, temperatura, potencial eléctrico– entre dos puntos). 

Esta afirmación toma en cuenta que los seres vivos son sistemas termodinámicos fuera del equilibrio. A diferencia de las cajas aisladas ideales que considera la termodinámica clásica, los sistemas vivos intercambian constantemente materia y energía con su entorno. En particular, utilizan la abundante energía electromagnética procedente del sol para impulsar prácticamente todos los procesos energéticos de la biosfera. 

Y es precisamente este continuo flujo de energía lo que permite que los sistemas vivos adquieran el orden y la complejidad que los caracterizan. Al igual que sistemas físicos como tornados y ciclones, o las hermosas celdas hexagonales de Bénard, que aparecen al calentar un fluido en condiciones especiales, los organismos son sistemas termodinámicos fuera del equilibrio en los que el flujo de energía permite la aparición de estructuras complejas. 

Esta perspectiva fisicoquímica resulta, si no tan novedosa como quisieran los autores, sí muy importante, aunque ha sido en gran medida dejada de lado en biología; en parte debido al arrollador éxito del enfoque molecular–informacional, centrado en el ADN y los genes, para entender las células, los organismos, la evolución y la ecología. “La biología no es sólo una ciencia histórica: también es un puente entre la historia y la fisicoquímica”, afirman Schneider y Sagan, y muestran cómo esta otra mitad de la historia aporta perspectivas que enriquecen el análisis biológico en todos los niveles. 

Si bien el libro resulta interesante, ameno y hasta iluminador (aunque laborioso, por el nivel de información y conceptos presentados), estorba un poco la insistencia de los autores en presentar su perspectiva como una revolución conceptual. “La función original y básica de la vida (…) es reducir un gradiente medioambiental”, proclaman, pero caen en confusiones filosóficas al obstinarse en que ésta sea la “finalidad” u “objetivo” de los seres vivos. 

Es claro que los organismos son impulsados y hasta “creados” por la reducción de gradientes, en obediencia a la segunda ley, y es un logro importante que hayamos entendido cómo. Pero los organismos no existen “para” reducir gradientes. Aun si no hubiera vida, el sol seguiría radiando energía a la misma velocidad. 

Schneider y Sagan usan demasiada poesía, anécdotas y paréntesis desordenados; demasiados argumentos discutibles o poco sólidos (lo que el fisicoquímico Peter Atkins llama “pensamiento confuso”). Ofrecen una idea bien pensada y documentada, pero poco discutida (se publica como libro; no en revistas científicas arbitradas). Están demasiado a la defensiva y tienen poca tolerancia a las objeciones; fuerzan sus ideas (extendiéndolas hasta la salud y la economía) con tal de defender su “revolución”. Sin estos defectos, su provocador argumento sería más científico. Aun así, vale mucho la pena leerlo, como casi todos los libros del clan SaganMargulis.

Ficha editorial

La termodinámica de la vida. Física, cosmología, ecología y evolución 

Eric D. Schneider y Dorion Sagan 

México, Tusquets 

(Metatemas, núm. 102) 

438 págs. 

ISBN 978–970–699–209–3 

Traducción de Ambrosio García Leal 

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Hoja por Hoja. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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