Los molestos escépticos

A nadie le caen bien los escépticos, esos personajes que hacen de la duda su profesión. Que desconfían, por principio, de todo lo que se les dice. Que no creen (o que a veces, como dice el diccionario de la Real Academia, “afectan no creer”). 

El escepticismo va directamente en contra de la fe: la creencia en algo sin necesidad de pruebas (no extraña que santo Tomás apóstol haya sido tan criticado: necesitó pruebas tangibles antes de creer). Por eso es una de las herramientas fundamentales de la ciencia, y en general del pensamiento crítico. 

Pero para ser útil, el escepticismo tiene que ser racional e informado. No se trata de rechazar neciamente todo dato nuevo, sino de exigir la evidencia suficiente para confiar en él (sin que deje por ello de estar sujeto a una constante revisión). Sobre todo en los casos en que lo aseverado va en contra del conocimiento convencional: afirmaciones excepcionales requieren de pruebas excepcionales. 

Quizá la frase distintiva de todo científico, al enfrentar una afirmación novedosa, sea “¿y cómo lo sabes?”. El escepticismo científico, la negativa a dar por buena una información sin conocer su respaldo, es la base de la confiabilidad de la ciencia. A diferencia de quienes practican otras formas de pensar –señaladamente, el voluntarismo tan de moda en las “filosofías” de autosuperación y los esoterismos new age–, el científico hace todo esfuerzo posible para distinguir lo que es, los hechos, de lo que cree o lo que le gustaría que fuera. 

Por eso exige evidencia, y diseña tantas metodologías –instrumentos, pruebas clínicas, análisis estadísticos– para reducir al mínimo los sesgos que sus creencias, prejuicios, opiniones y esperanzas puedan introducir en los resultados de sus investigaciones. 

Pero hay también personas que, sin ser investigadores científicos, cultivan el pensamiento crítico de manera regular, y dedican una parte importante de su tiempo a revisar las afirmaciones seudocientíficas que frecuentemente circulan en los medios, a recabar datos para contrastarlas, a criticar sus incongruencias y, en caso de hallar que no se sostienen, a denunciarlas y combatirlas. Se etiquetan a sí mismos como “escépticos”, y florecen en la blogosfera y las redes sociales (y, desde antes, a través de listas de correo, revistas y publicaciones diversas). 

Estos “divulgadores escépticos” cumplen un papel complementario al de los investigadores, divulgadores y periodistas científicos. Los datos que recopilan son muchas veces más precisos y abundantes que los que pueden conseguir estos especialistas, y como los escépticos los comparten generosamente, resultan de gran utilidad en el combate tanto a seudociencias aparentemente inocuas ­–astrología, curaciones milagrosas, creencia en ovnis, (que sin embargo minan nuestra capacidad de pensamiento crítico, al promover la credulidad)– como a otras realmente peligrosas: ideas tan nefastas como que el sida no es causado por un virus o que las vacunas son dañinas

Sin duda, aunque a veces su crítica resulte molesta, la terquedad y meticulosidad de los divulgadores escépticos es necesaria. Y ocasionalmente, rinde importantes frutos.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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