Tuits virales

Tuits virales Imagen superior: Jeff Turner, CC

Cualquiera que tenga una computadora con conexión a internet o un smartphone, y una cuenta en Twitter o Facebook, ha experimentado la sobrecarga de información –semanal, diaria, ¡cada hora!– a que nos exponen las redes sociales virtuales. 

Una infinidad de pedacitos de información circulan libre y masivamente por la red, y constantemente distraen nuestra atención, pero al mismo tiempo enriquecen nuestras vidas y nuestras posibilidades sociales: nunca antes habías sido posible difundir, y recibir, tal cantidad de información a tan bajo costo; una transformación comparable al invento de la imprenta de tipos móviles por Gutenberg en el siglo XV. 

En 1976, en su imprescindible libro El gen egoísta, el etólogo (biólogo del comportamiento) Richard Dawkins propuso enfocar a las ideas como “replicadores” a los que llamó “memes”: fragmentos de información con la capacidad de copiarse (reproducirse) y de cambiar (mutar). Y por tanto, de evolucionar. 

El enfoque de Dawkins (pues no es más que eso: una forma de enfocar las cosas, no una “ciencia”, aunque se hable informal o exageradamente de “memética”) permite explicar, o al menos entender mejor, fenómenos como las modas, los rumores, los chistes, las religiones… y las redes sociales (aunque hoy la palabra meme se asocia más que nada con las populares y divertidas “caritas” –rage faces– con las que se arman pequeños cómics que circulan en internet, como la popular “forever alone”). Todos ellos se comportan, en cierta forma, como “virus mentales”: ideas que brincan de cerebro en cerebro, infectando los más posibles y reproduciéndose al ser comunicados a otros cerebros. 

Sin embargo, un estudio de Filippo Menczer y su grupo, del Centro de Investigación en Redes Complejas y Sistemas de la Universidad de Indiana en Bloomington, Estados Unidos, publicado en la revista Scientific Reports el 29 de marzo de 2012, en el que estudiaron la red social Twitter, muestra que quizá esta tradicional visión “epidemiológica” de los memes no sea la más adecuada. 

Utilizando datos reales de más de 120 millones de retuits de más de 12 millones de usuarios, crearon un modelo simplificado en computadora para investigar por qué algunos pocos memes –en este caso, tuits–se vuelven inmensamente populares (“virales”) y perduran durante días o semanas, mientras que otros se extinguen casi inmediatamente. Para su sorpresa, hallaron que podían reproducir el comportamiento real de los tuits simplemente modelando la estructura de la red –una mayoría de usuarios conectados a un número modesto de otros usuarios, y unos cuantos usuarios con miles o millones de conexiones; lo que en teoría de redes se conoce como “red libre de escala”– y suponiendo que los tuiteros, aunque probablemente retuiteamos más los tuits que nos interesan, tenemos un límite a nuestra capacidad de atención: excedida ésta, cada nuevo tuit hace que nos olvidemos de algún otro. 

La difusión de los memes se parecería entonces, más que a una epidemia viral, a un ecosistema en el que hay recursos sólo para cierto número de individuos (retuits) de distintas especies (memes) que compiten entre sí por la atención de nuestros cerebros, conectados socialmente. 

Esto no quiere decir, sin embargo, que otros factores como el contenido del meme –su importancia, su estilo…–, o el grado de influencia de quien los difunde (piense en Lady Gaga, con sus 23 millones de seguidores), o incluso las circunstancias del momento en que se difunde un tuit sean irrelevantes. Simplemente, no fue necesario introducir esos factores en el modelo para reproducir bastante fielmente los datos reales tomados de Twitter. El resultado del estudio de Menczer es también interesante porque constituye el primero modelo que permite estudiar no la difusión de un meme, sino de una multitud de ellos interactuando simultáneamente en una red social; algo más cercano a lo que ocurre realmente en las sociedades y la cultura humanas. 

Estos resultados serán útiles no sólo para entender mejor la difusión de memes/ideas, sino para desarrollar mejores estrategias para fomentar o desalentar su difusión. Piense en rumores, campañas políticas o comerciales… o en la difusión cultural y artística.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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