Richard Pinhas y la otra dimensión del ambient progresivo

Richard Pinhas y la otra dimensión del ambient progresivo Imagen superior: Richard Pinhas © Bureau B. Fotografía de Richard Dumas. Reservados todos los derechos.

Para el que no lo conozca, Richard Pinhas es un sofisticado guitarrista progresivo francés que lleva grabando de forma casi ininterrumpida desde 1972 y del que apenas hace un par de meses nos acaba de llegar un nuevo trabajo, Reverse (Bureau B, 25 de enero de 2017).

Se trata de un creador único y genial, esencial en esa extraña relación entre rock y ambient, pero su talla internacional es desgraciadamente inferior a la que realmente se merece. Seguramente si hubiera nacido en Nueva York, Londres o incluso Berlín, y se hubiera movido en esos círculos, el público y la historia del rock le hubieran tratado, como mínimo, al nivel de gente como Robert Fripp o Brian Eno, que se llevaron todo el márketing en la materia. Y al desconocimiento y a la escasa información incluso en los medios especializados musicales hay que sumar lo difícil que resultó siempre encontrar sus discos en España, lo que paradójicamente ha resuelto ahora la compra-online, Amazon-dios mediante.

Y entono mi propio mea culpa porque tiene delito que habiendo sabido de su existencia desde hacía mucho tiempo, no haya sido hasta estas pasadas Navidades cuando me tomara en serio la placentera molestia de hacerme con su discografía. Al menos en su tramo clásico esencial, que para mí abarca desde su primer disco como Heldon en 1973 (Electronique Guerilla) hasta Cyborg Sally, en 1994, firmado entre él y John Livengood.

Esta obra en concreto marca un sustancial punto de inflexión en su carrera porque desde este instante Pinhas se pasaría a las técnicas de grabación y producción digitales. A partir de aquí, ya no habría tanta variedad entre las piezas de un mismo proyecto, aunque sí entre proyectos, la mayoría de ellos firmados en colaboración con otros músicos que casi siempre eran diferentes.

Fue Paco Peiró y su maravilloso libro La madrugada eterna, antes y después del ambient (Futura Ediciones, 1996) quien me abrió los ojos alertándome de la importancia de Richard Pinhas, al comprobar que le dedicaba un capítulo entero a un (todavía para mí) desconocido. Ahí estaban contadas todas sus andanzas en nombres como Schizo, Lard Free, Heldon, el grupo punk Metal Urbain y hasta en el debut de nuestro mucho más próximo Pascal Comelade (Fluence, 1975), con el que repetiría 24 años después en Oblique Sessions II (y una actuación conjunta en el Sónar de Barcelona).

Su lectura resultó fuente de grandes hallazgos. Por ejemplo, que Pinhas era un seguidor acérrimo de la saga Robert Fripp-King Crimson. Y aún así, escuchados en paralelo a los trabajos que por aquel entonces hacía King Crimson, la gran sorpresa fue descubrir que los de Heldon portaban algo bien distinto. Otro trazo dentro del trazo. Otra dimensión dentro de la dimensión.

Es increíble que alguien como Pinhas, que ha grabado homenajes carmesíes tan directos y explícitos como “In The Wake Of King Fripp” (Allez Teia, 1974) o “Dedicated To K.C.” (L’Ethique, 1981), y cubriendo con ellos dos de los registros más extremos y distantes en el tiempo del clan Fripp, consiguiera aportar en todos los casos una cuota de personalidad absolutamente innegable.

Esto explica que siempre haya sabido manejar con convicción propia y sin ningún prejuicio sus dos grandes influencias como guitarrista: el ya mencionado Robert Fripp y por supuesto Jimi Hendrix, al que llegó a conocer personalmente y cuya energía indómita y fuerza creativa se deja sentir en muchas de sus piezas más abrasivas.

Se dice que Pinhas estuvo a punto de ser considerado por David Bowie para las sesiones berlinesas de su famosa trilogía, pero que acabó contando con Fripp. ¿Hubiera cambiado este hecho la Historia? Quién sabe.

El tercer lado del triángulo de su amalgama sonora lo ocupa el serialismo electrónico de Steve Reich y Terry Riley, cuyas técnicas de repetición de patrones y serialización electrónica son una constante creativa esencial en todos sus discos, ya hablemos de Heldon o del propio Pinhas.

Decir también que su producción es en un 99 por ciento de los casos instrumental, con lo cual esta ausencia de voz humana ha perfilado también una paleta sonora capaz de diluir las líneas de demarcación más estrictas entre géneros, lo cual es sin duda otra gran virtud.

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Imagen superior: Richard Pinhas © Bureau B. Fotografía de  Richard Dumas. Reservados todos los derechos.

Componiendo todos estos lados, más el inevitable ojo que había que echarle a la osadía ambiental de un mercurial Brian Eno, y al gran interés que el kraut y los planeadores germanos despertaban en la contracultura francesa de los años 70, es donde podemos situar las coordenadas creativas de un muy efervescente Richard Pinhas, al que además no le faltaba tampoco un discurso intelectual bien sólido. Es seguidor de la literatura de ciencia ficción de Norman Spinrad y Philip K. Dick, entre otros, y experto académico en las filosofías de Nietzsche y Gilles Deleuze, cuyos referentes culturales están presentes en muchos de los momentos del universo Heldon/Pinhas.

A los no iniciados, recomiendo empezar el viaje con Electronique Guerilla (1973) y Allez Teia (1974), de Heldon, y por supuesto con Rhizosphere (1977), del propio Pinhas, sabiendo que una vez lo has probado, te va a costar dejarlo solo ahí y querrás más, mucho más.

Escuchar ahora estas piezas de los albores de Heldon con el sintetizador AKS, la majestuosidad del melotrón y esa reverberación tan especial que Pinhas conseguía de su guitarra Gibson Les Paul de 1957, es desde luego una experiencia valiosísima, cargada de romanticismo. En serio, en estos días en los que parece que cuesta encontrar sorpresas sonoras, viene muy bien asomarse a esta nueva frontera del progresivo que no es ni mucho menos nueva, pero que nos lo parecerá.

Copyright del artículo © Gernot Dudda. Reservados todos los derechos.

Gernot Dudda

Gernot Dudda inició su trayectoria periodística en la revista El Gran Musical, y posteriormente ha escrito en medios como Sur Exprés, Rockdelux, Primera Línea, La Luna, Popular 1, BoogieUn Año de Rock, Zona de Obras, Batonga!, World 1 Music y Efe Eme.

Fue colaborador de El Mundo, y entre 1991 y 1999, redactor musical de Canal +. Asimismo, ejerció como periodista y crítico musical en Radio Popular FM (1986-1992) y en Radio Círculo, la emisora del Círculo de Bellas Artes. A lo largo de doce años, dirigió y presentó el programa Orient Express.

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