¿El sueño de Internet crea monstruos? Slender Man, el terror del hombre sin rostro

Cuando yo era muy pequeña, los tatoos se llamaban calcomanías. Venían en los pastelitos, en la bollería industrial, eran la entrada a parques de atracciones. En definitiva, eran muy populares y a mí me encantaban. Hasta que un día, el colegio envió una nota a los padres en la que explicaba que se había detectado droga en algunas calcomanías que se repartían gratuitamente. A partir de entonces, se prohibía llevar calcomanías y nos advertían del peligro de que hombres ataviados con gabardinas nos dieran calcomanías impregnadas en droga.

Este tipo de historias no acabaron ahí. Durante un tiempo, se puso de moda jugar a la ouija, con tableros improvisados en folios. Parte del ritual era contar cómo otras sesiones habían salido mal y el terrible final que habían tenido algunos participantes de dichas sesiones. Y normalmente se atribuía dicho final a que no se habían tomado en serio la fuerza de la ouija o no habían seguido las reglas fundamentales, como no apartar el dedo hasta que el vaso, moneda o lo que se usara para mover sobre el teclado fuera a la casilla de “Adiós”.

De hecho, me atrevería a afirmar que se dedicaba más tiempo a estas advertencias y a contar historias de otros que a la propia práctica de la ouija. En todo caso, a mí me parecía más divertido.

Por último, hubo otra alarma sanitaria. Al parecer, toxicómanos con sida dejaban jeringuillas en la playa o en los parques para que los incautos se pincharan y se contagiaran. En mi infancia, durante los 80 y principios de los 90 el sida equivalía a muerte, mucha gente seguía sin tener claras las formas de contagio, y se creía que un beso, un apretón de manos podía contagiar la enfermedad. Ahora que en el mundo desarrollado el sida se ha convertido en una enfermedad crónica tratable, los niños y adolescentes no sienten el mismo miedo que vivió mi generación.

Der Ritter (The Slender Man Movie)

Si se han fijado, a todas las historias que he contado arriba se les dio veracidad y se extendieron como la pólvora, cuando aún no existía Internet. El ser humano históricamente no ha necesitado la tecnología para crear folclore, que es como yo clasificaría todas las historias de arriba. Llámenlas leyendas urbanas o mitos modernos: todas responden a la misma necesidad, se recurre al pensamiento mágico, mítico para proteger a la tribu de amenazas. Es decir, todas estas historias se basan en una realidad (el peligro de la droga, del desorden emocional, de la enfermedad), y tienen la misma utilidad (advertir a los miembros más débiles, los niños, de los peligros del mundo). Sin embargo, se usa una fábula para que esos niños entiendan el peligro. En definitiva, es la historia del coco, del hombre del saco, del lobo de Caperucita Roja.

Los cuentos y leyendas populares cumplían ya esta misma función desde hace siglos. No aceptes una golosina de un extraño. No te comas la manzana de una bruja, Blancanieves. Obedece a tu madre o serás presa del lobo, Caperucita. Si les nombro a los hermanos Grimm, que eran también y sobre todo eminentes lingüistas, inmediatamente los relacionarán con este tipo de cuentos, pero lo importante es que en su origen también fueron literatura oral, es decir, historias que pasaban de pueblo en pueblo y que solían advertir sobre peligros y aconsejaban seguir las reglas sociales. Por supuesto, todo ello aderezado con grandes dosis de fantasía.

Permítanme retroceder a mi campo favorito: la mitología griega, que es sinónimo también de literatura oral. La mitología servía, en pocas palabras, para transmitir los valores del pueblo griego; se determinaba cuál era el papel del hombre en el mundo, el de la mujer, el de los dioses, por supuesto. Pero no solo advertía, también explicaba por qué el mundo era como era. Por qué se sucedían las estaciones o por qué salía el Sol por las mañanas y se ponía por las noches.

En la modernidad, esa parte etiológica, es decir, causal, se ha perdido porque no necesitamos recurrir al pensamiento mitológico, mágico. Tenemos explicaciones científicas, por supuesto.

El folclore, por tanto, con la revolución del pensamiento racional, del Humanismo, del desarrollo de la ciencia, se ha quedado en buena parte solo para educar a los más pequeños, que también son los más vulnerables, de la tribu, que no serían capaces de entender explicaciones más elaboradas. Y no nos engañemos, buena parte de esa educación consiste en meter miedo.

Lo curioso es que la sociedad, la tribu, cuando se mueve por impulsos, no necesita pruebas para dar por buenas historias que la ciencia rebatiría. Por ejemplo, una de las mayores paradojas es que siempre se advierte a los niños de los peligros que pueden suponer los extraños, cuando la inmensa mayoría de abusos y crímenes contra menores se producen dentro del círculo más íntimo de la familia y amigos. Sin embargo, recuerden, nos movemos en el ámbito del pensamiento mítico, en el que la familia es un núcleo inviolable, y el peligro siempre se encuentra en la alteridad.

Les he contado lo que ocurría cuando yo era pequeña. ¿Y ahora? Necesariamente, la generación que ha crecido con Internet como parte integral de su vida ha recibido una educación diferente, o, al menos se relaciona con la cultura de un modo diferente.

El folclore, con todas sus reglas y su base de pensamiento mágico, al contrario de lo que algunas personas pudieran pensar, ha encontrado en Internet el mejor aliado posible. La comunicación por Internet es inmediata, apenas se piensa, apenas se comprueba y, paradójicamente, la información que se encuentra en ella goza de la veracidad casi instantánea que le da el mero hecho de estar en Internet. Si en la Antigua Grecia los habitantes de un pueblo se reunían en torno a un aeda para escuchar las historias de Aracne, Aquiles o Medusa, ahora personas de todo el mundo, separadas por un océano, pueden charlar y reunirse en un foro, abrir un hilo y verter toda la información que deseen.

En definitiva el folclore se puede volver vírico. Si una historia tiene éxito, se extiende por todo el mundo, y como todos los usuarios de Internet deberían saber, una vez que se cuelga algo en Internet es imposible hacerlo desaparecer. Una de las cosas que a mí misma me ha costado entender es que en cuanto cuelgas cualquier cosa en Internet pierdes cualquier derecho de propiedad, reproducción, manipulación… En definitiva, es importante saber manejar la información que deseas compartir y la que no. Y aun así, se producirán fugas indeseadas.

Los expertos en folclore no han pasado por alto la revolución que ha supuesto Internet para su campo. Y ahora viene cuando por fin les cuento la historia de Slender Man. Es una criatura que lleva avistándose desde principios del siglo XX, hay fotos que lo demuestran, siempre merodea por lugares donde juegan niños despreocupados, y sin la vigilancia adecuada.

Se esconde también en bosques y tiene un aspecto que quienes han podido verlo y sobrevivir para contarlo han descrito con exactitud: es desproporcionadamente alto, tiene largas y finas extremidades, lleva un traje negro, ceñido y, ahora viene su rasgo más característico y aterrador: carece de rostro, no tiene facciones y su cara es blanca.

Ah, a veces, como accesorios, le salen una especie de tentáculos negros de la espalda.

En Internet encontraran miles de referencias a él, testimonios en primera persona de encuentros con él, documentos fotográficos encontrados por azar en el fondo de una caja en una biblioteca, por supuesto, historias de lo que Slender Man les ha hecho a otros.

Es toda una celebridad de Internet. Se trata de todo un éxito del folclore que nació hace cinco años en un hilo de la web de humor y curiosidades Something Auwful. El 8 de junio de 2009, en uno de los foros se planteó el reto de integrar alguna entidad sobrenatural en fotos.

Tal vez mi último párrafo haya sido un tanto anticlimático. La dura realidad científica consigue manipular al folclore. O tal vez no. El fenómeno ha superado con creces las intenciones de su creador, Eric Knudsen, que participó en dicho foro con el sobrenombre de Victor Surge.

Como él mismo reconoce, las primeras fotografías que colgó ni siquiera estaban muy bien confeccionadas, cualquier persona que dominara mínimamente el retoque de fotografías podría haberlas hecho. Pero Knudsen, hábilmente, recurrió al folclore, y añadió pies de foto, información, como que los fotógrafos habían desaparecido, frases misteriosas de testigos (también desaparecidos) que afirmaban que Slender Man los había obligado a matar a alguien no determinado, o incluso llegó a afirmar que una de las fotografías que él había creado se había tomado en 1986, y que después habían desaparecido 14 niños.

Knudsen sabía lo que sabemos muchos, que leer historias de miedo es muy divertido, pero que contarlas lo es aún más. Y eso hizo. Por supuesto, el público picó.

Las fotografías se perfeccionaron así como toda la mitología que rodeaba a este extraño personaje. ¿Dónde está la diferencia? Lo que nació como una anécdota en un hilo sobre manipulación de fotografías en una web que en absoluto está dedicada al ocultismo se convirtió en un fenómeno viral. El impulso del folclore es muy fuerte, todos lo llevamos dentro, y la historia de Slender Man cumplía todos los requisitos para ser un bombazo. De hecho, la película protagonizada por Jessica Biel, El hombre de las sombras, está basada en Slender Man, Slendy para los amigos, y en la propia película también se juega precisamente con los mismos elementos que trata este artículo: el folclore, el mito para manipular mediante el miedo.

"El hombre de las sombras" ("The Tall Man", 2012), de Pascal Laugier © Image Entertainment. Reservados todos los derechos.

El problema es que Slender Man no se quedó en el ámbito de la ficción. Como en el caso de las calcomanías con LSD, la línea entre ficción y realidad se volvió borrosa para muchas personas impresionables. Desde luego, algunas de las fotografías, grafitis o vídeos dedicados al personaje están muy bien hechos, pero ha sido la enorme difusión que han tenido sus historias (creadas muchas de ellas en la página creepypasta.com –nombre que tiene en su origen la fusión de las palabras copy+paste, es decir, copiar y pegar– dedicada a la difusión de historias de ficción de terror que puedes copiar y compartir) lo que ha convertido el personaje en real.

No me malinterpreten. Por supuesto que por mucho que miles de personas crean en un demonio no lo van a crear. Pero para que sea real para ciertas personas no tiene por qué existir en el mundo físico. Ese el problema de la parte viral del nuevo folclore de Internet: va a llegar a las suficientes personas como para dar por sentado que algunas de ellas, más impresionables por ejemplo, se creerán la historia. Igual que de pequeños nos creíamos las historias de la ouija.

Slender Man ya ha aparecido en varios videojuegos. En este caso, se trata del titulado "Slender: The Arrival".

A mí, como estudiosa y apasionada de la mitología y la antropología, estos fenómenos me parecen de gran interés. ¿Qué hace que todavía creamos en el hombre del coco? ¿A qué genes abisales del ADN apelan este tipo de historias? ¿Será el inconsciente colectivo?

No sé. No puedo responderles, pero lo que me queda claro es que, en plena era cibernética, donde se supone que nos regimos por un pensamiento científico y racional, el hombre del saco, el coco, boogeyman en inglés, sigue adoptando muchas formas que escapan a nuestro control. El sueño de la razón sigue produciendo monstruos e Internet contribuye a insuflarles vida.

Les confesaré que desde pequeña he sido muy fabuladora. Es decir, me gusta contar historias, me gusta ver la reacción que tienen en la gente, y las historias que más me gusta contar son las de miedo. Por eso este fenómeno llamó mi atención hace tiempo. Ahora no solo puedes contar historias de miedo a tus amigos, sino que también puedes inventarte documentación gráfica. Y si tienes suerte harán una película con tu historia.

No obstante, el que les cuente la historia de Slender Man ahora se debe a una historia de terror, auténtica en este caso.

La primera fotografía de Slender Man, creada por Eric Knudsen en 2009

En Estados Unidos, concretamente en una región de Wisconsin, dos adolescentes de 12 años apuñalaron a una tercera chica 19 veces después de llevarla hasta un bosque. ¿Adivinan cuál ha sido su defensa? Slender Man las obligó a hacerlo. Probablemente, la respuesta inmediata de la mayoría de ustedes sea pensar que o bien sufren una psicosis compartida o bien son dos psicópatas, al estilo de las Criaturas Celestiales, la película de Peter Jackson de 2004, que cuenta la historia real de dos adolescentes que se sumergen tanto en su mundo de fantasía que pierden el contacto con la realidad y llegan a cometer un asesinato.

Hay mucho que aclarar todavía sobre este suceso. Por el momento, la víctima está milagrosamente viva y sigue adelante.

Ahora, si bien el crimen es horrendo, la respuesta de la comunidad también ha sido inquietante. ¿Saben a quién culpan? Sí, también a Slender Man. En su región se ha prohibido el acceso a todo el material colgado en Internet sobre el personaje. Incluso ha abierto un debate en la sociedad americana sobre si es positivo para los jóvenes tener acceso a esta información.

Si leen los comentarios de los lectores en la noticia de The Guardian, un periódico serio, simplemente alucinarán. Hay más gente que culpa a Slender Man, crean o no en él.

Los niños siempre han tenido contacto con el pensamiento mágico como explicaba más arriba. De hecho, en nanas infantiles se amenaza a los niños con que si no se duermen “vendrá el coco” y se los comerá. Como decía, corre por nuestras venas, pero también les he dicho que siempre ha sido social. Las historias de miedo se cuentan en acampadas, en fiestas, incluso lo de las calcomanías se trataba en sociedad. Sin embargo, ¿hasta qué punto podemos medir el impacto que este tipo de historias puede tener si se desprende del apoyo emocional del resto del grupo, del resto de la tribu?

Evidentemente, en personas adultas, sin ningún trastorno mental, y un nivel de sociabilidad aceptable, todo quedará en una diversión. ¿Pero y en un niño preadolescente, solitario, sin apoyo emocional familiar o del grupo? Entonces el folclore se convierte en otra cosa. Solo queda el miedo, la obsesión, la oscuridad, no hay catarsis, no hay salida. Y el monstruo del armario o de debajo de la cama puede volverse muy real. Ahora bien, no por Internet, no por un par de trucos de Photoshop, sino por cómo ha cambiado la sociedad en algunas partes del planeta hasta prácticamente desintegrarse. Y no estoy pensando tampoco en que se deba mantener el tipo de familia normal. No, me refiero a que muchos padres ya no leen a sus hijos cuentos antes de acostarse, desde luego no tienen el mismo nivel de competencia para usar Internet, y ni siquiera saben qué hacen todo el día.

Cuando he leído la noticia del brutal ataque, la idea que inmediatamente se me ha cruzado por la mente es: ¿y dónde estaban los padres o los tutores de esas niñas? Tienen solo 12 años. ¿Cómo tienen acceso a armas afiladas, a foros para mayores de edad y por qué pueden ir al bosque solas? ¿Y no notaron nada raro en sus hijas?

El crimen fue planeado… Digo yo que la capacidad de planificación de dos preadolescentes que viven con algún adulto responsable debe de ser limitada. Volvemos a lo de siempre, se trata de un problema de educación. ¿Qué hacemos con nuestros hijos? Internet no los va a criar. Y la crianza implica enseñarles a enfrentarse a sus miedos primarios.

Parte del trabajo de un padre es comprobar que en el armario no hay monstruos, con lo que simplemente está asegurando al niño que vela por él, empieza a afianzar la distinción entre magia y realidad, y además asegura a su hijo que tiene un lugar seguro donde dormir y descansar. En fin, muchos de ustedes son padres y lo sabrán mejor que yo.

En cualquier caso, todo este tema me ha llevado a reafirmarme en mi forma de iniciar todos los cursos de mitología o cultura clásica que imparto: sean del nivel que sean, siempre empiezo explicando la diferencia entre pensamiento mítico y pensamiento racional y científico, y una vez están bastante asentadas (según la edad, claro), podemos empezar a fabular, y les aseguro que yo soy la primera que disfruto contándoles todas las historias de monstruos, dioses, traiciones amorosas y seres extraordinarios que voy almacenando desde pequeña en la cabeza. Y sí, inevitablemente, a menudo acabo haciendo mención de leyendas urbanas modernas.

Cuando crecemos, la razón y el pensamiento científico van ocupando el espacio de la magia y la imaginación, o eso se cree. Yo no estoy de acuerdo, en primer lugar porque sin imaginación no habría ciencia, y en segundo, porque los humanos no hemos cambiado tanto en unos miles de años, y sigue gustándonos, casi a cualquier edad, que nos cuenten una buena historia de fantasmas o de lo que prefieran.

Copyright © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Nota: Aunque imágenes como las que aquí publicamos circulan anónimamente por la red, Eric Knudsen (alias Victor Surge) es el propietario del copyright de "Slender Man" desde enero de 2010. 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

http://fabularios.com/

Sitio Web: www.juliaalquezar.com/

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