graciasportadadefesq

En los días finales del Movimiento por los Derechos Civiles que terminó en Estados Unidos con el asesinato de Martin Luther King en abril de 1968 (dos días antes de la ceremonia de entrega de los Oscar), se rueda esta película que tiene la doble cualidad de ser un film policíaco y un alegato antirracista.

No conozco a ningún adolescente que no se enamore de esta película. Que no imagine que forma parte del argumento, que no sienta removerse algo dentro de sí al visionarla por primera vez. Esta es la película que tienes que ver a los trece años. Tendría que formar parte de la iniciación a la juventud, tendría que ser asignatura obligatoria en la educación sentimental, tendría que incluirse en el pack que los padres utilizan, con mayor o peor fortuna, para enseñarles a los hijos que la vida está por delante.

Me supongo que ya conocen la historia. Un mercader sin dinero (Marcel André), con un hijo, Ludovic (Michel Auclair), y tres hijas: las insufribles Félice (Mila Parély) y Adélaïde (Nane Germon), y la adorable Belle (Josette Day). El padre se adentra en un bosque sombrío, llega a un castillo, y al encontrar la rosa mágica que allí se oculta ‒y que espera regalar a Belle‒, es atrapado por la Bestia (Jean Marais). Cumpliendo el destino que todos esperamos, Belle decide ser el rehén de la Bestia, e inicia así una incierta vida en el castillo.

Antes de que me lo pregunten, debería decir que uno puede admirar los productos de Disney sin olvidar que los dibujos animados no son un invento (ni una exclusiva) de dicha compañía. En este sentido, siempre he pensado que Heavy Traffic es el mejor contrapunto a la mágica felicidad que transmiten Blancanieves o La Bella y la Bestia.

Los años sesenta no fueron muy propicios para Sherlock Holmes en la gran pantalla. Así lo demuestra Estudio de terror (A Study in Terror, 1965), mediocre producción, anclada en la estética de aquellas fechas, que consigue que se esfumen las expectativas del espectador a medida que avanza el metraje.

Pasaron trece años desde la última cinta en la que Basil Rathbone interpretó a Holmes hasta la siguiente aparición del detective en la gran pantalla. El motivo no es otro que la aparición y auge de la televisión.

Está casi fuera de toda discusión que Basil Rathbone encarnó de manera magistral al personaje de Sherlock Holmes, tanto por su aspecto físico como por su formidable interpretación.

Clive Brook fue el primer actor que dio vida a Sherlock Holmes en el cine sonoro, concretamente en la película The Return of Sherlock Holmes (1929). Cuando Brook encarna al famoso detective, la filmografía de Holmes ya acumula un buen número de películas mudas.

Tras el rodaje de la versión hablada en español de Drácula (1931) ‒a la que ya dedicamos un artículo en esta revista‒, la figura del vampiro no reapareció en la cinematografía hispana hasta 1957, cuando se filmó El vampiro, película dirigida por Fernando Méndez, uno de los grandes nombres del fantástico mexicano.

La película Drácula (1931), de Tod Browning, es un título de la Universal Pictures de suma importancia dentro de la Historia del Cine y, en particular, del género fantástico. Tiene los honores de haber sido una de las primeras producciones fantásticas de la época sonora, y es la primera película norteamericana que presenta la figura del vampiro, partiendo de la novela de Bram Stoker.

Una historia alucinante (The Night Stalker, 1972) y El estrangulador de la noche (The Night Strangler, 1973) son dos telefilms protagonizados por el periodista Carl Kolchak, un detective de lo oculto que luego inspiró una de las series de televisión con mayor éxito y calidad de la historia del medio: Expediente X. Ambos títulos se deben a la fantasía de un escritor excepcional, Richard Matheson.

En 1924 tiene lugar el estreno de la primera representación teatral de Drácula, adaptada y dirigida por el actor y dramaturgo Hamilton Deane. Desde el teatro, se instaura la imagen prototípica del vampiro moderno que, posteriormente, difunde el cine gracias a la personificación de Bela Lugosi.

Al igual que otras obras de la escuela expresionista, Nosferatu ‒sobre cuya producción ya les hablé en un artículo anterior‒ también delata un trasfondo que podemos vincular con el ocultismo y la magia.

El escritor H.P. Lovecraft, el genio de Providence, sentenció que la emoción más fuerte de la humanidad es el miedo. Está claro que la industria del cine, nacida en los umbrales del siglo XX, no perdió la oportunidad de entretener a los espectadores por medio de ese sentimiento. Y lo mismo ocurrió con el público, siempre dispuesto a pagar una entrada para que lo asustasen.

Según consta en una mayoría de estudios, el actor húngaro vino al mundo el 20 de octubre de 1882 en Lugos, territorio de Hungría que luego pasó a formar parte de Rumanía. Su verdadero nombre fue Béla Ferenc Dezsö Blasko.

El detective creado por Sir Arthur Conan Doyle tiene el honor de ser el segundo personaje de ficción más veces llevado al cine, detrás de Drácula. Gracias a las adaptaciones de Guy Ritchie y a la teleserie que la BBC dedicó al detective, éste vuelve a demostrar que es un valor seguro en la cultura popular.

Al conocer la existencia de Bela Lugosi, llama la atención la bruma en que se ve envuelta su vida, con independencia de qué autor la estudie. Y es que no existe una biografía definitiva del actor húngaro. De hecho, sorprende que aún se difunda la superchería de que creía ser Drácula en sus últimos días. Incluso llega a repetirse que dormía en un ataúd y que dispuso ser enterrado con ropajes de vampiro cuando falleciera.

Esta es una de esas películas unánimes. Todos coinciden (coincidimos) en que es una obra maestra. Todos la recordamos con una sonrisa. Y, como ocurre con las buenas películas, cada uno de ella hace la lectura que mejor le cuadra.

Desde que a principios del siglo XIX los Hermanos Grimm escribieran, a partir de la tradición oral, el cuento de hadas La Cenicienta, este se ha convertido en el espejo en el que se han mirado incontables obras artísticas. La historia de la muchacha que pasa de ser fregona a princesa es tan atractiva que sigue funcionando.

Inquietante. Este es el mejor adjetivo que puede usarse para calificar esta película. El contraste entre el aparentemente voluble y divertido locutor de radio y la acosadora que convierte su vida en un infierno abre posibilidades dramáticas que están muy bien aprovechadas.

El crítico de El País, Miguel Ángel Palomo, la definió así: “Sólo una comedia, a ratos divertida, a ratos irritante”. Es la única crítica negativa que le he encontrado. Aunque quizá no sea algo malo ser “sólo una comedia”. Con o sin tilde diacrítica, que la RAE ha modificado la cosa hace poco tiempo.

Harry Callahan es el rey de la ambigüedad. Por eso no resulta extraño que protagonice una película de buenos y malos. La línea divisoria entre ambos conceptos es resbaladiza en ocasiones, y por eso Don Siegel nos propone que no nos fijemos en los métodos sino en los fines.

Nunca sabremos si las neurosis de Allen hicieron salir a la luz las de los demás o si las crearon directamente. En los setenta, en los tiempos en los que se rodó esta película y años posteriores, se puso de moda ir al psiquiatra y se convirtió en un pasatiempo de los grupos de amigos el darle vueltas y vueltas a los argumentos de las películas o los libros.

Doce hombres sin piedad, la película dirigida por Sidney Lumet y estrenada en 1957, con Henry Fonda como principal intérprete, es teatro filmado de alta calidad por el que el tiempo ha pasado levemente, porque sus valores son casi atemporales y su técnica continúa estando al servicio del mensaje.

De cómo una película de periodistas se transforma en una película de investigación detectivesca. De cómo dos actores crean un equipo engrasado, con química y fortaleza visual, a pesar de ser muy distintos o quizá por eso. De cómo un enrevesado tema político se desliza con suavidad y sin aristas hasta culminar en unas imágenes casi líricas. De cómo se echa de menos, en el tiempo de la posverdad, que los periodistas escriban verdades. Eso es Todos los hombres del presidente, una producción de 1976, dirigida por Alan J. Pakula y protagonizada por Dustin Hoffman y Robert Redford.

El Tony Manero de mi calle se llamaba Enrique, trabajaba en los astilleros y caminaba por la acera dorada por el sol con un aire entre chulesco y desvalido. Cuando llegaban los fines de semana, dejaba atrás el mono azul y la bicicleta para subirse a la pista del club y contonearse de uno a otro lado mirando a las chicas que estaban en edad de ser conquistadas.

El fenómeno se llamó Pulp Fiction, e impactó en los cines en 1994. "Quedamos boquiabiertos –dice el realizador Kevin Smith–, convencidos de que habíamos visto algo genial. Pulp Fiction era genial sin ningún esfuerzo, una película que había que ver y recomendar a la gente; al verla, te sentías parte de algo".

La historia tuvo lugar en Kuala Lumpur en 1911. Luego se convirtió en un relato, publicado en 1924, junto a otros que formaban el libro The Casuarina Tree. Más tarde, en una obra de teatro escrita en 1927. Por fin, en una película, de 1929. Y el fin de todo ello, de esta suerte de atracción mantenida en el tiempo, es esta película La carta, de 1940.