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Doce hombres sin piedad, la película dirigida por Sidney Lumet y estrenada en 1957, con Henry Fonda como principal intérprete, es teatro filmado de alta calidad por el que el tiempo ha pasado levemente, porque sus valores son casi atemporales y su técnica continúa estando al servicio del mensaje.

De cómo una película de periodistas se transforma en una película de investigación detectivesca. De cómo dos actores crean un equipo engrasado, con química y fortaleza visual, a pesar de ser muy distintos o quizá por eso. De cómo un enrevesado tema político se desliza con suavidad y sin aristas hasta culminar en unas imágenes casi líricas. De cómo se echa de menos, en el tiempo de la posverdad, que los periodistas escriban verdades. Eso es Todos los hombres del presidente, una producción de 1976, dirigida por Alan J. Pakula y protagonizada por Dustin Hoffman y Robert Redford.

El Tony Manero de mi calle se llamaba Enrique, trabajaba en los astilleros y caminaba por la acera dorada por el sol con un aire entre chulesco y desvalido. Cuando llegaban los fines de semana, dejaba atrás el mono azul y la bicicleta para subirse a la pista del club y contonearse de uno a otro lado mirando a las chicas que estaban en edad de ser conquistadas.

El fenómeno se llamó Pulp Fiction, e impactó en los cines en 1994. "Quedamos boquiabiertos –dice el realizador Kevin Smith–, convencidos de que habíamos visto algo genial. Pulp Fiction era genial sin ningún esfuerzo, una película que había que ver y recomendar a la gente; al verla, te sentías parte de algo".

La historia tuvo lugar en Kuala Lumpur en 1911. Luego se convirtió en un relato, publicado en 1924, junto a otros que formaban el libro The Casuarina Tree. Más tarde, en una obra de teatro escrita en 1927. Por fin, en una película, de 1929. Y el fin de todo ello, de esta suerte de atracción mantenida en el tiempo, es esta película La carta, de 1940.

Grace Kelly lee el Harper's Bazaar y engaña así a James Stewart, porque la moda es para él algo ajeno y prefiere la aventura. Ella está enamorada pero no puede evitar dejar a un lado una revista sobre el Himalaya y volver al paraíso del lujo y del glamour.

Cuántas veces no habremos defendido, con afán de polemizar y alumbrados por el morapio, que la ciencia más apta para la comprensión del humor es la Física. Al fin y al cabo, la forma más pura del humor visual –el slapstick, o sea, la comedia de tartazo, tortazo y batacazo– se rige por las leyes inalterables de la energía cinética y la fuerza centrífuga. Defendía Henri Bergson el carácter puramente mecánico de los dispositivos que ponen en marcha la risa y a ello se atuvieron con admirable precisión Buster Keaton y los Keystone Kops de Mack Sennett.

El cielo, en el cine de Angelopoulos, siempre está nublado y, entre el objetivo de la cámara y el paisaje que retrata, hay siempre una capa brumosa que siluetea las figuras. Aunque nació en Atenas (el 27 de abril de 1935), de madre cretense y padre del Peloponeso, sus paisajes son los de las montañas del norte de la Grecia rural e industrial del mediodesarrollo.

En la moda, como en tantas cosas que atañen a la vida social, los creadores se valen de referencias que, inicialmente, no proceden del universo textil. Hay en este juego de modistas y diseñadores bastantes apelaciones históricas, literarias, y como ahora veremos, también cinematográficas.

Por su verismo y lo documentado de su guión, Black Hawk derribado tiene algo de docudrama. Pero por encima de todo, es una excelente producción bélica, de un ritmo abrumador y rebosante de adrenalina.

El genial Chiquito de la Calzada, llamado realmente Gregorio Esteban Sánchez Fernández, nos dejó para siempre en su tierra natal, Málaga, el 11 de noviembre de 2017, a los 85 años.

Debo advertir que no me cuento entre los admiradores incondicionales de Monte Hellman, ni entre los fanáticos de su excelente Two-Lane Blacktop (1971). A decir verdad, me quedé de una pieza cuando por fin logré ver sus dos famosísimos y reputados westerns con Jack Nicholson, que, la verdad, encuentro mucho menos rigurosos y enigmáticos que, por ejemplo, el estupendo guión de Burt Kennedy modesta pero más eficientemente dirigido por Harry Keller Six Black Horses (1961), y que me parece imperdonable parangonar (como se ha hecho) con los pequeños (pero no inflados) westerns de Budd Boetticher con Randolph Scott abusivamente agrupados bajo la incorrecta etiqueta de ciclo Ranown.

El cine de luchadores —y en concreto las películas del Santo— es la última consecuencia de un evento sumamente popular en México: el deporte-espectáculo de la lucha libre. Esta modalidad deportiva va más allá del boxeo o de las artes marciales, pues dota a los contendientes de unas personalidades y una parafernalia que vienen a enriquecer la función.

Poseedoras de una magia y de un atractivo sin igual, estos quiméricos híbridos entre doncella y pez han inflamado la imaginación de incontables artistas, si bien en el cine no han disfrutado de la misma atención suscitada por otras bellas fatales como las vampiresas.

En Nueva Iberia, una ciudad de Louisiana, el detective Dave Robicheaux (Tommy Lee Jones) investiga el macabro asesinato de una joven prostituta. Uno de sus sospechosos es el mafioso local “Baby Feet” Balboni (John Goodman), que últimamente anda metido en el negocio del cine coproduciendo una película sobre la Guerra Civil cuyo rodaje trascurre por la zona.

Avalada por un sólido reparto encabezado por Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley, redondeado por secundarios de lujo como la veterana Charlotte Rampling, Nunca me abandones (Never Let Me Go, 2010) llevó a la pantalla la novela homónima de Kazuo Ishiguro.

Parece que Hollywood ha encontrado un nuevo (viejo) filón en el folklore universal, que se ha desprendido del formato infantil made in Disney –aunque no por ello menos apasionante– para trasegar por senderos aparentemente más adultos.

La siempre elegante imagen de Vincent Price (1911-1993), con sus cejas arqueadas, su gesto adusto y una voz que modulaba con maestría para poner los pelos de punta, ocupa un puesto de honor en el panteón del cine de terror y fantástico junto con otros grandes como Lon Chaney, Boris KarloffBela Lugosi, Christopher Lee o Peter Cushing.

Cualquiera que haya acudido a una reunión de vecinos sabe que la convivencia no siempre es fácil; los deseos e intereses del individuo chocan con los estándares impuestos por la mayoría. A través de la figura del vecino, el cine ha hurgado en las rugosidades de la relación entre individualismo y colectividad, entre el Yo y el Otro, entre la imagen que proyectamos de cara a la galería y la oscuridad que acecha desde nuestro interior.

Tras reinventar en Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, Hayao Miyazaki, 2008) “La sirenita” de Andersen, el Studio Ghibli volvió a atacar de nuevo con Arrietty y el mundo de los diminutos (Kari-gurashi no Arietti, 2010); en esta ocasión el veterano maestro de la animación japonesa cedió el testigo de la dirección al debutante Hiromasa Yonebayashi, a la sazón el director más joven del estudio avalado, eso sí, por una dilatada experiencia como animador.

Prácticamente, casi todos los asesinos "famosos" han tenido su correspondiente libro o película. John Wayne GacyTed BundyAlbert DeSalvoManuel Blanco Romasanta o Andrei Chikatilo, entre otros nombres de una siniestra galería, han servido de inspiración a filmes de todo tipo, desde grandes clásicos u obras de culto hasta olvidables biopics realizados para la televisión o lanzados directamente al mercado doméstico.

A veces pienso si no lo soñé: en 2003, durante un viaje por el sur de Francia con mi novia de entonces, tras detenernos de buena mañana a comprar agua en un bar, me encontré con Jean-Paul Belmondo en la terraza. Me quedé helado: sí, era nada menos que Belmondo.
Yo ya me había encontrado en París con Jean-Hugues Anglade, paseando el carrito con su bebé a la vera del Sena, le había reconocido y él me dio conversación y estuvimos charlando unos minutos. Muy agradable el tipo.

La carta (1940) forma parte del cuarteto de las mejores interpretaciones de Bette Davis. Con ella están Eva al desnudo (1952), La loba (1941) y Jezabel (1938). El prototipo de mujer fría, a veces por dentro y por fuera y, en ocasiones, solamente de cara al exterior, se acuña en estas cuatro películas, distintas pero con el denominador común de la personalidad de la Davis, con toda seguridad la actriz con más hondura interpretativa del cine americano (o, lo que es lo mismo, del cine).

Lo más curioso en la historia de la mitomanía de Bond es la reacción que provoca entre sus admiradores más cultos. A los elogios sobre las novelas de Ian Fleming debidos a pesos pesados de la literatura −Graham Greene, T.S. Eliot, Kingsley Amis− hemos de sumar otros halagos de parecido prestigio, que también nos predisponen a favor del bondismo literario y cinematográfico. 

Pasado más de un siglo desde su nacimiento, Ian Fleming (28 de mayo de 1908 – 12 de agosto de 1964) es un novelista famoso, pero también un creador oscurecido por su personaje más logrado: el agente secreto James Bond.

Si alguien te hace huir estás perdido para siempre. Aunque nadie lo sepa, aunque pasado el tiempo nadie lo recuerde, aunque estés entre gentes desconocidas, tú lo sabrás y ese pensamiento no te va a dejar nunca. No se trata de heroicidades, sino de que hay veces en las que uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.

Esos personajes que, después de llevar una vida de conflictos y violencia, vuelven a sus lugares de origen y se convierten en mansos corderillos me resultan muy atractivos. Ya conocéis el tipo: gente que ha sido marine, policía, ranger, pistolero o asesino a sueldo.