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Esta recopilación de cortos, elaborada y narrada por Thierry Frémaux (director del Instituto Lumière en Lyon) tiene intenciones claramente didácticas, y sin duda, formará parte de las clases de cualquier futuro estudiante de Imagen, pero también resulta fascinante para todo aficionado al cine o a la Historia en general.

Publicada hace ya más de una década, La pell freda se editó en catalán y su excelente acogida provocó que fuera traducida al castellano y a casi 40 idiomas más, todo un éxito para su autor Albert Sánchez Piñol, quien ahora ve su obra más famosa adaptada a la gran pantalla.

Tras la temporada cinematográfica estival, con los estrenos de enormes superproducciones, llega lo que se suele denominar temporada de Halloween, que ocupa el comienzo del otoño. Son semanas en las que se suelen estrenar entregas de franquicias populares del cine de terror. Producciones en las que la relación entre el modesto presupuesto y la jugosa recaudación es el sueño de cualquier contable.

Pido de antemano excusas a la RAE si se me cuela alguna tilde en el “Solo” del título de esta película, pero no es fácil enseñar trucos nuevos a un perro viejo.

Ha querido el destino que Anne Wiazemsky haya fallecido una semana antes del estreno de esta película basada en su autobiografía (Un an après), donde se narra su relación artística y personal con el cineasta Jean-Luc Godard.

Resulta inevitable ver esta película y recordar otras como La costa de los mosquitos (Peter Weir, 1986) o Captain Fantastic (Jack Ross, 2016), ya que vuelve a contar la historia de un hombre idealista y fuera de la sociedad, pero también "responsable" de una familia a la cual arrastra por su difícil camino, con resultados no especialmente felices.

Un tipo pasa un fin de semana en la montaña con la Santísima Trinidad. Sí, ese el argumento de la película, uno de esos planteamientos que se toman o se dejan, pero que Son lo que Son (parafraseando al Creador).

Villeneuve sabe que en su film es necesario que hable el pasado. Al fin y el cabo, Blade Runner 2049 es una secuela ‒una magnífica secuela‒ de un clásico que, a pesar de su edad, sigue definiendo en nuestro imaginario ese porvenir oscuro, condicionado por la biotecnología, por la inteligencia artificial y por los desastres medioambientales.

Aventuras y romance en una modélica película que sigue, paso a paso, fórmulas que llevan funcionando desde siempre, y posiblemente lo sigan haciendo hasta el fin del mundo.

Escribo estas líneas en pleno rifirrafe sobre el referéndum catalán. Uno no puede evitar meterse en Internet o encender la televisión sin asistir a debates y riñas sobre la posible independencia de Cataluña. Curiosamente, a nadie parece preocuparle que la temperatura media en ese territorio haya aumentado 1,55 grados desde 1950, y que vaya a crecer otro tanto en los próximos treinta años, un periodo en el que ‒según las proyecciones más dramáticas‒ se dispondrá de un 18% menos de recursos hídricos en las áreas del interior de la región. Si a ello le sumamos una rápida y constante erosión en las playas y en los deltas, ya pueden imaginarse lo que nos espera, tanto en esa comunidad como en el resto de España y del mundo. Pero como ya ven, una cuestión tan grave como ésta queda enterrada bajo el peso de las noticias políticas, de una trascendencia mucho más limitada, aunque a veces no lo parezca.

Hay series de películas que se hacen para los aficionados al terror, como Pesadilla en Elm Street, Viernes 13 o Insidious. Y luego está la saga Phantasma, que más que para los aficionados al terror, se hace para los aficionados a Phantasma.

Si lo mejor que se puede decir a día de hoy de una película es que desconcierta y rompe las expectativas del espectador, entonces La cordillera es todo un triunfo.

Si en el panorama del teatro musical madrileño se pude hablar de un Off-Gran Vía, como existe un Off-Broadway en Nueva York, La llamada sería el ejemplo perfecto de un contundente éxito ajeno a las grandes producciones y las promociones millonarias.

Estamos en una época de exageraciones y frases hiperbólicas. ¿La razón? Bueno, principalmente la intención de llamar la atención en un mar infinito de titulares, opiniones y productos, pero también la poca experiencia, memoria o bagaje cultural de quienes suelen decir que cada película que se estrena es la peor o la mejor de la Historia del Cine (que para ellos suele comenzar alrededor del año 2008).

Resulta que, al final, Steven Soderbergh no se retiró definitivamente del cine, pese a lo que dijo hace unos años. Y nos alegra, la verdad, porque es un director que, pese a no exhibir un estilo personal reconocible, domina a la perfección el lenguaje cinematográfico y no pocas veces sorprende con sus proyectos.

Aunque las secuelas están a la orden del día, resulta sorprendente el estreno de esta película si la consideramos una continuación de Mrs. Brown (1997), aquel film de John Madden donde se abordaba la íntima amistad entre la reina Victoria y su asistente John Brown, encarnado por Billy Connolly.

Por muchos motivos, la franquicia Kingsman me recuerda el humor extremo que caracterizaba a varios de los Bond alternativos que surgieron en los sesenta, en particular Derek Flint (James Coburn), el protagonista de Flint, agente secreto (1966).

La carrera de la cineasta Kathryn Bigelow suele dividirse en dos fases: la inicial, con excelentes cintas de acción no a la sombra, pero sí en la órbita de James Cameron (Le llaman Bodhi, Días extraños) y una etapa post 11-S, con intensos thrillers de tono pseudo-documental, que parten de escenarios reales y están dotados de cierto contenido sociopolítico (En tierra hostil, La noche más oscura). Este segundo tramo le ha proporcionado a la directora un prestigio entre la cinefilia “seria”, e incluso los Oscars más importantes de 2010 por En tierra hostil.

Aunque hubo otras razones, la principal causa por la que la década de los 50 estuvo tan de moda en la Era Reagan fue que los baby boomers ‒los que eran niños y adolescentes en la América de mediados del siglo XX‒ ya rondaban los 40 años y se hicieron con las riendas del país.

El director Paco Plaza debutó en el largometraje con la adaptación de la novela de Ramsey Campbell The Pact of the Fathers, titulada para la ocasión El segundo nombre (2002). Se trataba de un film correcto y efectivo, aunque algo serio y encorsetado. Poseía una frialdad cercana al cine del, por entonces, adorado Amenábar.

Que una película de animación española triunfe tiene mucho mérito, dada la agresiva competencia Hollywoodiense, con toda su maquinaria publicitaria y sus presupuestos multimillonarios.

En 1951, Henry Hathaway dirigió El correo del infierno (Rawhide), uno de los westerns más tensos jamás creados. La película es brillante un ejercicio de suspense extremo y gran violencia (para los estándares de aquella época) donde unos bandidos desalmados secuestran una parada de diligencias a la espera de robar un cargamento de oro, haciendo sudar tinta a Susan Hayward y a Tyrone Power.

En muchas ocasiones, nos recomiendan o venden alguna película con la expresión “para amantes de las emociones fuertes”. ¿Y qué pasa en esos días en los que apetece ir al cine, pero no tener sobresaltos ni disgustos? Pues para esas ocasiones existen películas como Una cita en el parque, que es una pequeña comedia, agradable y ligera, para pasar un rato tranquilo, sin más.

Cómic fundamental en la ciencia-ficción festiva europea, Valérian y Laureline, obra del dibujante Jean-Claude Mézières y el guionista Pierre Christin, comenzó a publicarse a finales de los 60 e influyó en buena medida en la space-opera posterior, incluyendo La guerra de la galaxias (George Lucas, 1977) y El quinto elemento (1997).

Últimamente están llegando a las salas de cine varias películas que tratan sobre la heroica resistencia británica durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Casualidad? ¿Efectos secundarios del Brexit? Sea cual sea la razón, aquí tenemos un nuevo film centrado en una de las personalidades más relevantes de la historia de Gran Bretaña: el primer ministro Winston Churchill.

Se dice que el rey Arturo regresará de su merecido descanso en Avalón cuando Inglaterra más le necesite. Posiblemente lo haga ahora, para vengar la afrenta que ha perpetrado Guy Ritchie con esta espantosa película.

A veces, se nos olvida a los que escribimos sobre cine que los remakes se hacen, básicamente, para el público que desconoce la existencia de las películas originales en las que se basan.

Una película de clase media (no llega a ser serie B, pero tampoco es una superproducción) que se convierte en un homenaje a la clase media. Eso es Spider-Man: Homecoming. Bueno, eso y un inteligente ejercicio comercial.