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No sólo de saltimbanquis enmascarados vive el cine basado en cómics, pese a que los “súper” dominen las taquillas de todo el planeta. De vez en cuando, llega a las pantallas la adaptación de alguna sensación del tebeo independiente, o incluso un fenómeno de la bande dessinée reciente como es La muerte de Stalin.

A causa de lo directo y básico del lenguaje en la era de Twitter, WhatsApp y los emojis, estamos perdiendo la facultad de leer entre líneas y comprender lo que no se dice, los gestos, las elipsis... Por eso, gran parte del público (y lo que es peor, de la crítica) interpretó El francotirador (Clint Eastwood, 2015) como una celebración de la guerra, los tiros en la sesera y la política de Bush, en vez de apreciar esa oscura historia acerca de un tipo que no estaba del todo bien, por así decirlo.

Una película actual en blanco y negro y con 71 minutos de duración. Sólo por eso, The Party se merece nuestro aplauso, pero es que además se trata de un film “de actores” donde dan lo mejor de sí mismos intérpretes del calibre del Kristin Scott Thomas, Timothy Spall o Patricia Clarkson.

Con una frecuencia cada vez menor, aparecen en librerías de viejo y puestos callejeros aquellos tebeos de La Pantera Negra ‒así se titulaban‒ que publicó Ediciones Vértice en blanco y negro, a fines de los setenta. Cada vez que los veo, vuelven a mi recuerdo aquellas lecturas africanas de sábado por la tarde, en las que alternaba las aventuras de Kalar, dibujadas por el español Tomás Marco Nadal, con las tempranas peripecias de T'Challa, rey de Wakanda, oculto tras la máscara de Pantera Negra,

Cualquier conversación acerca de esta tercera entrega de la extraña serie Cloverfield girará alrededor de su distribución, y probablemente ignore la película en sí, que no deja de ser una divertida, aunque algo caótica, serie B de ciencia ficción "directa a vídeo".

Los espectadores que, desde la butaca, se sumerjan con Guillermo del Toro en La forma del agua, han de rescatar dos cualidades que hoy empiezan a perderse: el sentido de la maravilla ‒o si lo prefieren, cierta ingenuidad ante la magia y el romanticismo‒ y una cinefilia de la vieja escuela, es decir, vinculada al Hollywood dorado de los grandes estudios.

Una novela basada en unos hechos reales y en otros más bien dudosos (Horror en Amityville, de Jay Anson, publicada en 1977), y una fachada lateral con unas ventanas que parecen ojos, han sido base suficiente para la creación de una interminable serie de películas, todas ellas centradas en el caserón encantado de Amityville. Nada menos que un ciclo de 18 entregas, iniciado con la exitosa, aunque no especialmente magistral, Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979).

Es todo un reto para un narrador contar una historia donde los protagonistas resultan antipáticos. Sólo un valiente con talento como Paul Thomas Anderson es capaz de arriesgarse y salir victorioso de ese empeño, como demuestra con El hilo invisible.

Aunque el periodo colonial ya quedó atrás, los europeos seguimos mirando a África con la misma fascinación, temor y codicia que en tiempos decimonónicos, aunque a eso ahora hay que sumarle cierto sentimiento de culpa.

Si alguien no supiese nada acerca de la carrera de Liam Neeson, al ver ese rostro más bien melancólico, incluso vulnerable, jamás sospecharía que el actor norirlandés es una presencia habitual en el cine de acción.

Siempre se siente un cierto temor a la hora de hablar sobre una buena película de Spielberg, porque hay pocas cosas mejores que una buena película de Spielberg, director de tantas obras imprescindibles de la historia del cine.

Antes de que ningún occidental supiese lo que significa otaku, los chavales españoles de la década de los 70 se volvieron locos con la serie animada Mazinger Z. Es más, en España todavía mucha gente se refiere a los mecha (robots gigantes tripulados) como Mazingers. Se cumplen 40 años desde que el personaje se asomara por primera vez a los televisores patrios, y para celebrarlo llega a los cines la película Mazinger Z: Infinity, a su vez producida para conmemorar los 45 años de existencia de la franquicia en Japón.

¿Jackie Chan en una adaptación de la obra que Albert Camus publicó en 1942? Habría sido la bomba, pero no es el caso. Esta película pone en imágenes la novela The Chinaman, de Stephen Leather, un thriller de conspiraciones terroristas y acción que supone la primera entrega de la saga protagonizada por Mike Cramer. Aunque esa es otra historia.

Tras Churchill (Jonathan Teplitzky, 2017) y Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), El instante más oscuro bien podría ser la tercera parte de una involuntaria trilogía en la que se narran momentos cruciales de la intervención británica en la Segunda Guerra Mundial.

¿Recuerdan las dos entregas anteriores de Dando la nota? La primera de ellas, (Dando la nota, Jason Moore, 2012), fue un éxito inesperado. También fue muy rentable la secuela, (Dando la nota: Aún más alto, Elizabeth Banks, 2015), y ahora llega a las pantallas la tercera entrega, que al igual que sus predecesoras, está guionizada por Kay Cannon y protagonizada por Anna Kendrick, Rebel Wilson, Brittany Snow y Hana Mae Lee.

Mildred Hayes, el personaje maravillosamente interpretado por Frances McDormand, camina sobre las olas del odio y del dolor con la misma dignidad y sutileza que lo hacía el William Munny de Sin perdón (1992). A su manera, es una heroína de western, pero el guionista y realizador Martin McDonagh ha sabido ubicarla en una trama en la cual se entremezclan la comedia negra, el thriller y el drama sureño.

Por culpa de esa bipolaridad que nos impone internet, parece que debemos formular nuestras opiniones de forma rotunda. Ya saben, dejándolas en el aire, casi sin justificación. Un libro, un cómic o una película son prodigiosamente buenos o espantosamente malos. Y eso hay que decirlo a quemarropa, antes de frenar en seco porque se acaban los 140 o 280 caracteres de turno.

Uno de los guionistas más admirados (quizá el más admirado) de la actualidad es Aaron Sorkin, un profesional reconocible por sus historias complejas y adultas. Historias que giran en torno a la política, el sistema judicial, los negocios, la corrupción financiera, el periodismo y otros temas enfocados hacia ese público al que se le atragantan los superhéroes y las invasiones marcianas.

A Todd Haynes hay que agradecerle, además de sus excelentes dotes como director, su amor sin complejos por el melodrama clásico, una afición casi punk en estos tiempos de cinismo y agresividad. No es que su películas sean blandas o edulcoradas, pero sí que recurren a personajes y situaciones que van, emocional y artísticamente, un poco más allá del drama realista. Es algo que también le ocurre a nuestro Pedro Almodóvar, sin que los films de ambos cineastas se parezcan demasiado.

The Room (2003) es una película realmente mala. Su director, productor, guionista y protagonista, Tommy Wiseau, intentó hacer un drama indie, profundo y sentido, pero su falta de experiencia propició que el film acabase siendo una comedia involuntaria. Muchos han colocado a The Room la etiqueta de “Peor película de la historia”, pero sin duda esos detractores no han visto demasiado cine en su vida.

Todos hemos nacido y crecido en un mundo en el que las estrellas del mundo del espectáculo son personajes importantes, modelos que admiramos e imitamos. Hablamos de figuras adineradas, triunfadoras e influyentes. Millones de personas se fijan como meta vital convertirse en uno de estos seres privilegiados. Pero no siempre fue así.

Me incluyo entre quienes no se indignan por un remake ‒Hollywood lleva haciéndolos desde los albores del cine‒ y entre los crédulos que esperan ver cómo una versión supera o iguala a su referente ‒comparen El prisionero de Zenda de 1937 con el de 1952, el Tú y yo de 1939 con el de 1957, el Ben-Hur de 1925 con el de 1959, o La cuadrilla de los once (1960) con Oceans's eleven (2001)‒. No pretendo que esto sea una regla. De hecho, es infrecuente que suceda... aunque sucede, y eso no conviene olvidarlo. Así que entiendan ustedes el buen ánimo con el que asistí a la proyección de Jumanji: Bienvenidos a la jungla.

Dos de las características que asociamos a Woody Allen son la hiponcondría y la obsesión con la muerte. Pese a ello, el cineasta muestra una salud y vitalidad envidiables, y con 82 años sigue en activo, estrenando, al menos, una película año.

Cuentan que el poeta Fernando Villalón se arruinó pretendiendo obtener un toro con los ojos verdes. Villalón murió seis años antes de que Munro Leaf escribiera El cuento de Ferdinando, obra en la que se inspira Carlos Saldanha para ofrecernos este encantador largometraje infantil.

Al comenzar esta película, todo apunta a que vamos a asistir a una comedia sobre un cascarrabias Steve Coogan montando follón en un restaurante exclusivo, estilo “El Bulli”. A medida que avanza la historia, comprobamos que el film va tomando unos derroteros siniestros y que nadie es lo que parecía ser a primera vista.

La imagen de ese Matt Damon empequeñecido, dispuesto a reinventar su vida en una ciudad liliputiense, puede ser interpretada como una metáfora de su propia crisis existencial. Por otro lado, esta fábula de Alexander Payne, bajo su apariencia de comedia de ciencia-ficción, sugiere también una identificación entre esos seres reducidos al tamaño de duendes y la única salida que le queda al ser humano para escapar de una catástrofe económica o medioambiental: buscar la euforia sin hacerse notar, reducir los gastos... En definitiva, decrecer.

Si Almodóvar enseñó a los españoles que el cine contemporáneo patrio puede ser exportable, Álex de la Iglesia fue quien abrió el camino a géneros y estéticas que parecían casi prohibidas en España, sin por ello tener que imitar modelos extranjeros ni perder nuestra identidad cultural, signifique eso lo que signifique.

Hay un lugar en Internet llamado Rotten Tomatoes donde se reúnen las críticas de la prensa especializada (estadounidense, en su mayoría) y de los usuarios para calcular un “consenso”, una puntuación final. Para muchos, esta puntuación es Ley indiscutible, y conviene callarse la opinión sobre una película hasta no haber consultado cuál es el “consenso”, para no ir contra la corriente.