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Nunca sabremos qué música escucharon los griegos. Sin embargo, sí sabemos la importancia que a la música concedían, ya que sus saberes, personificados por las Musas, invocaban el mismo vocablo para ambas cosas, la música que suena y la palabra que dice y que piensa y se piensa mientras dice lo que dice.

Cada tanto, el cine insiste en lo que los franceses llaman un filme à vedettes, es decir una película donde todos los papeles están desempeñados por primeras figuras. Recuerdo, al azar, lo hecho en Francia misma (Sacha Guitry: Las perlas de la Corona), Estados Unidos (Julien Duvivier: Seis destinos) y Argentina (Luis Saslavsky: Cenizas al viento  y Daniel Tinayre: La cigarra no es un bicho). Me volvieron a la memoria al ver Asesinato en el Orient Express de Kenneth Branagh. Con su habitual narcisismo y su habitual talento, él inventa, dirige, actúa, dialoga y monologa a cámara abierta y en off. Lo sabe hacer, vaya que sí.

Unas curiosas superposiciones concéntricas muestra la película de Martín Cuenca El autor, cuyo coguionista es Alejandro Hernández. No haré crónica de cine sino una reflexión veloz sobre lo que el título anuncia, la autoría.

La reciente puesta en el Teatro Real de El gallo de oro, de Rimski-Korsakov, permite repensar en la relación, aparentemente incongruente, entre lo serio y lo cómico. Un rey que se pasa la vida en la cama mientras tiene el enemigo a las puertas, que cuenta como consejero áulico a un astrólogo que le regala un gallo de oro como fetiche mágico y se viste, quijotescamente, con una armadura abollada y herrumbrosa para encabezar una tropa de pacotilla, todo eso hace reír.

A veces vale la pena atravesar las oscuridades, afectaciones y pedanterías de Theodor W. Adorno para hallar ocultas perlas de su pensamiento, como él podría haber dicho. Recupero una de ellas: “Toda gran obra aguarda”. Comento: toda gran obra está al acecho y así se mantiene a lo largo del tiempo. ¿Cuánto de largo? Pongamos que unos cuantos siglos. ¿La eternidad? Nadie la ha experimentado aunque, en ocasiones, ciertas músicas nos sugieren, fugaz y paradójicamente, que la hay. No que existe, porque existir sólo se existe en el tiempo y la eternidad, es de suponer, está fuera de él. Ni antes ni después sino fuera.

Una de las diferencias que nos distancian –por paradoja, también nos aproximan– a los humanos de los demás animales, es ser locuaces. Somos capaces no sólo de emitir signos sino de emitir símbolos, es decir unos signos que pueden ser explicitados infinitamente por otros signos.

El Siglo de las Luces dispersó claridades por donde pudo. Las hubo de la ilustración, pero también del iluminismo. Tal es el caso del sueco Swedenborg, un hombre de ciencia que decidió retirarse de los laboratorios y excavaciones para visitar el Cielo y el Infierno con el auxilio del éxtasis.

El periodista francés Rolin decidió, en 1999, ocuparse de cinco escritores nacidos cien años antes y que, por decisión de la Historia o el azar él consideraba definitorios del siglo XX: Ernest Hemingway, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Henri Michaux y Yasunari Kawabata.

Leyendo el periódico en el parque me he hecho contertulio de una asamblea que podría llamarse la Vida Perra. Una rápida conclusión me ha sugerido corregir el refrán: «Dime qué perro paseas y te diré quién eres».

Un elemento existencial de la vida en una gran ciudad y al cual prestamos la misma desatención que a todo lo cotidiano, es el hecho de que una muy considerable parte de nuestra existencia la pasamos bajo tierra, viajando en metro. Muy excepcionalmente, alguna línea madrileña sale a la superficie y constatamos que el mundo que habíamos abandonado al bajar las escaleras del metro, sigue en pie, bastante similar a lo que siempre ha sido. Vuelvo al comienzo. Es lo diario, aquello que por falta de atención se torna desconocido, según propuso Hegel hace unos cuantos años.

Un gusto especial propone la lectura de Pietro Citati: el arte de pensar, el pensamiento como arte, la calidad esencial del ensayista. La ha revalidado en la reciente traducción hecha por Teresa Clavel del libro sobre Zelda y Scott Fitzgerald La muerte de la mariposa (Gatopardo, Barcelona, 2017).

Inusitada actualidad cobra la reposición de El cantor de México, la opereta de Francis Lopez, en el madrileño teatro de la Zarzuela. En este momento de berrinche nacionalista, la obra, como todas las de este exitoso compositor, es un ejemplo de mestizaje. En efecto, Lopez –apellido corriente en España pero exótico en Francia– era francés, hijo de padre peruano y madre argentina, ambos de ascendencia vasca. Colaboró con Luis Mariano, un vasco español afincado en París, obteniendo sucesivos triunfos en la escena parisina del Châtelet.

Convoco a dos poetas para discurrir velozmente sobre la juventud. Rubén Darío la definió como un divino tesoro; Jean Cocteau como una creencia: todos los jóvenes se creen –nos hemos creído– una raza. A su manera, tienen razón. Hay días de la juventud en que los tales se sienten/nos hemos sentido, hermosos como dioses. Y hemos querido perpetuar esa divinidad, convirtiéndola en un rasgo racial. Daré unos ejemplos de memoria.

En su libro sobre la homosexualidad en el cine del franquismo (Violetas de España, Notorius, Madrid, 2017) Alejandro Melero examina, con sobrada autoridad y amena narrativa, algunos casos de notoria anécdota gay en películas que fueron permitidas por una censura supuestamente rigurosa y homófoba o, más aún, que exaltaron cierto tipo de erótica homofílica a modo de celebración de las cualidades viriles del guerrero.

Estamos habituados a conocer las penumbras de los dirigentes democráticos. Los sigue el periodismo, a veces con un punto de antropofagia. Los elegimos, los queremos, los aborrecemos, se nos parecen.

En 1872, en pleno proceso modernizador y escolarizador de la Argentina, se publica El gaucho Martín Fierro, poema narrativo en idioma gauchesco que se convierte en best seller. En la década de 1890 alcanzará los 70.000 ejemplares oficiales, más ediciones en diversos países.

Montaña de luces es lo que significa el apellido Lichtenberg, cuyos aforismos, seleccionados y traducidos por Juan del Solar en 1990, volvieron a editarse en 2002.

Postulo que el primer deber de todo escritor es identificar sus obsesiones, corrientemente traducidas como temas. El segundo, disimularlas. La mejor prueba de ambos suele ser una miscelánea, como Sobre literatura, que recoge conferencias, artículos, respuestas a cuestionarios de Umberto Eco (1932-2016).

Roberto Arlt escribió cuentos durante toda su vida, como se advierte en esta compilación (Cuentos completos, prólogo de Gustavo Martin Garzo, postfacio de David Viñas, Losada) que se inicia en 1926, el año de El juguete rabioso, y acaba el 1 de julio de 1942. con «Los esbirros de Venecia», poco antes de su muerte.

En 1964,cuando su estrella había declinado a favor de la tribu estructuralista, Sartre decidió escribir sus memorias. Las dejó inconclusas y Las palabras es el fragmento del caso.

Todo ha sido dicho y juzgado acerca de Victoria de los Ángeles, sobre el esmalte de un timbre que figura entre los más bellos de la historia del canto, la tersura de sus generosos registros, su cribada musicalidad, su cultura en estilos y lenguas, la sutileza de sus personificaciones, el enaltecimiento del repertorio español desde El Misterio de Elche hasta Las coplas del Babilonio.

No era fácil hacerse un lugar entre la hueste de cimeras sopranos contemporáneas de Victoria de los Ángeles: la individualidad incomparable de María Callas, el esplendor escolástico de Renata Tebaldi, la omnipotencia heroica de Birgit Nilsson, la presencia desafiante de Leonie Rysanek, la alquitarada labor de Elisabeth Schwarzkopf.

La Argentina tiene fama de ser un país raro, por lo escaso de sus tipismos, su falta de color local americano, la dificultad para clasificarlo dentro de las categorías del desarrollo y los recursos naturales, la demografía y las breves tradiciones de su cultura. No es casual, entonces, la proliferación de personajes raros en sus letras.

Astor Piazzolla (1921-1992) goza de la excepcional vecindad de Carlos Gardel si lo buscamos en las bateas de música popular, y de Alberto Ginastera –uno de sus maestros– si lo hacemos en las de la mal o bien llamada clásica.

Siempre ha provocado una especial fascinación el conocimiento de los personajes famosos en la corta distancia. Pareciera que la grandeza exige la lejanía y que la proximidad la destruye, de modo que vale evocar el tópico de que cualquiera es pequeño para su ayuda de cámara.

Mi sobrina Loli me invitó a una fiesta de confraternidad organizada por sus compañeros de estudios entre españoles y americanos. Al principio me resistí. ¿Qué haría un señor de mi edad entre tantos mozos y mozas?

Judío converso en ascético fiel del catolicismo, vanguardista hermanado con Picasso y Cocteau pero adversario del surrealismo, bohemio, homosexual y laborioso, Max Jacob acabó enfermo de neumonía, en 1944, cuando los nazis se disponían a concentrarlo.

En carta a su amigo Louis Engel, Rossini le cuenta una curiosa manera de modular. Estaba componiendo una página en sol menor y, por equivocación, introdujo su pluma en un frasco de medicina en vez de hacerlo en el tintero. Sobre la partitura apareció una mancha.