graciasportadadefesq

Un gusto especial propone la lectura de Pietro Citati: el arte de pensar, el pensamiento como arte, la calidad esencial del ensayista. La ha revalidado en la reciente traducción hecha por Teresa Clavel del libro sobre Zelda y Scott Fitzgerald La muerte de la mariposa (Gatopardo, Barcelona, 2017).

Inusitada actualidad cobra la reposición de El cantor de México, la opereta de Francis Lopez, en el madrileño teatro de la Zarzuela. En este momento de berrinche nacionalista, la obra, como todas las de este exitoso compositor, es un ejemplo de mestizaje. En efecto, Lopez –apellido corriente en España pero exótico en Francia– era francés, hijo de padre peruano y madre argentina, ambos de ascendencia vasca. Colaboró con Luis Mariano, un vasco español afincado en París, obteniendo sucesivos triunfos en la escena parisina del Châtelet.

Convoco a dos poetas para discurrir velozmente sobre la juventud. Rubén Darío la definió como un divino tesoro; Jean Cocteau como una creencia: todos los jóvenes se creen –nos hemos creído– una raza. A su manera, tienen razón. Hay días de la juventud en que los tales se sienten/nos hemos sentido, hermosos como dioses. Y hemos querido perpetuar esa divinidad, convirtiéndola en un rasgo racial. Daré unos ejemplos de memoria.

En su libro sobre la homosexualidad en el cine del franquismo (Violetas de España, Notorius, Madrid, 2017) Alejandro Melero examina, con sobrada autoridad y amena narrativa, algunos casos de notoria anécdota gay en películas que fueron permitidas por una censura supuestamente rigurosa y homófoba o, más aún, que exaltaron cierto tipo de erótica homofílica a modo de celebración de las cualidades viriles del guerrero.

Estamos habituados a conocer las penumbras de los dirigentes democráticos. Los sigue el periodismo, a veces con un punto de antropofagia. Los elegimos, los queremos, los aborrecemos, se nos parecen.

En 1872, en pleno proceso modernizador y escolarizador de la Argentina, se publica El gaucho Martín Fierro, poema narrativo en idioma gauchesco que se convierte en best seller. En la década de 1890 alcanzará los 70.000 ejemplares oficiales, más ediciones en diversos países.

Montaña de luces es lo que significa el apellido Lichtenberg, cuyos aforismos, seleccionados y traducidos por Juan del Solar en 1990, volvieron a editarse en 2002.

Postulo que el primer deber de todo escritor es identificar sus obsesiones, corrientemente traducidas como temas. El segundo, disimularlas. La mejor prueba de ambos suele ser una miscelánea, como Sobre literatura, que recoge conferencias, artículos, respuestas a cuestionarios de Umberto Eco (1932-2016).

Roberto Arlt escribió cuentos durante toda su vida, como se advierte en esta compilación (Cuentos completos, prólogo de Gustavo Martin Garzo, postfacio de David Viñas, Losada) que se inicia en 1926, el año de El juguete rabioso, y acaba el 1 de julio de 1942. con «Los esbirros de Venecia», poco antes de su muerte.

En 1964,cuando su estrella había declinado a favor de la tribu estructuralista, Sartre decidió escribir sus memorias. Las dejó inconclusas y Las palabras es el fragmento del caso.

Todo ha sido dicho y juzgado acerca de Victoria de los Ángeles, sobre el esmalte de un timbre que figura entre los más bellos de la historia del canto, la tersura de sus generosos registros, su cribada musicalidad, su cultura en estilos y lenguas, la sutileza de sus personificaciones, el enaltecimiento del repertorio español desde El Misterio de Elche hasta Las coplas del Babilonio.

No era fácil hacerse un lugar entre la hueste de cimeras sopranos contemporáneas de Victoria de los Ángeles: la individualidad incomparable de María Callas, el esplendor escolástico de Renata Tebaldi, la omnipotencia heroica de Birgit Nilsson, la presencia desafiante de Leonie Rysanek, la alquitarada labor de Elisabeth Schwarzkopf.

La Argentina tiene fama de ser un país raro, por lo escaso de sus tipismos, su falta de color local americano, la dificultad para clasificarlo dentro de las categorías del desarrollo y los recursos naturales, la demografía y las breves tradiciones de su cultura. No es casual, entonces, la proliferación de personajes raros en sus letras.

Astor Piazzolla (1921-1992) goza de la excepcional vecindad de Carlos Gardel si lo buscamos en las bateas de música popular, y de Alberto Ginastera –uno de sus maestros– si lo hacemos en las de la mal o bien llamada clásica.

Siempre ha provocado una especial fascinación el conocimiento de los personajes famosos en la corta distancia. Pareciera que la grandeza exige la lejanía y que la proximidad la destruye, de modo que vale evocar el tópico de que cualquiera es pequeño para su ayuda de cámara.

Mi sobrina Loli me invitó a una fiesta de confraternidad organizada por sus compañeros de estudios entre españoles y americanos. Al principio me resistí. ¿Qué haría un señor de mi edad entre tantos mozos y mozas?

Judío converso en ascético fiel del catolicismo, vanguardista hermanado con Picasso y Cocteau pero adversario del surrealismo, bohemio, homosexual y laborioso, Max Jacob acabó enfermo de neumonía, en 1944, cuando los nazis se disponían a concentrarlo.

En carta a su amigo Louis Engel, Rossini le cuenta una curiosa manera de modular. Estaba componiendo una página en sol menor y, por equivocación, introdujo su pluma en un frasco de medicina en vez de hacerlo en el tintero. Sobre la partitura apareció una mancha.

Tarde en la noche, volvía yo a casa gozando de la soledad fantasmal y la coquetería de luces indirectas del viejo Madrid. A cambio, en medio de la calle, me encontré con una ambulancia del SAMUR y un conjunto de vecinos en pijamas y batas.

Algunas ciudades permanecen escondidas. Hay que buscarles las cosquillas, sorprenderlas para conocerlas. Madrid es un ejemplo. El Madrid clásico y castizo está envuelto en el Madrid moderno e impersonal. Dejo para otra ocasión explorarlo.

Mi vecina la Isidra, castiza si las hay, quedó muy desconcertada cuando se discutió la atribución de «El coloso» a Goya. Ella considera a Don Francisco (así lo llama) como madrileño, aunque aragonés de nacimiento.

Había una vez un «galán recio», de buenas pintas, algo cachas, con grandes ojos claros que se creían irresistibles y una actitud de cazador ante el género femenino, como diciéndose: «Ninguna se me escapa y mi mejor glamour es poner cara de amenaza».

El domingo pasado la Isidra y su Mateo nos invitaron a los de la panda a consumar las últimas torrijas pascuales. Cuando llegamos, tenían encendida la radio y oían a Händel por los dos siglos y medio de su muerte.

El Primero de Mayo de 1954 Jean Cocteau asistió a una corrida de toros que dio lugar a un libro suyo titulado, justamente, «La corrida del 1 de mayo». Su vistazo libre y agudo le permitió hacer desenfadadas consideraciones sobre España, país que le producía una especial fascinación y al que amó con desenfado, según corresponde.

«Como ni el disfrute de la música ni la capacidad para producir notas musicales son facultades que tengan la menor utilidad para el hombre (…) deben catalogarse entre las más misteriosas de las que está dotado». Esto dice Darwin en El origen del hombre.

Quiere el mito que los dioses se lleven jóvenes a sus favoritos, rumbo al Olimpo. En la música, hay ejemplos. La vida otorgó pocos años a algunos que los llenaron con una obra decisiva: Mozart, Schubert, Chopin, Mendelssohn. Pero no es una regla general.

Refugiándome del frío, cogí sucesivamente dos autobuses con sus carteles teológicos, uno ateo y el otro creyente. No te asustes, lector/a, no te endilgaré una monserga filosófica. Por otra parte, Dios es, si se quiere, Alguien sencillo: es Quien tiene todo lo que a nosotros, los humanos, nos falta.

Los antiguos romanos aconsejaban aprovechar el día. No tanto la vida, que uno nunca sabe cuánto más va a durar, sino el día, que suponemos siempre al alcance de la mano.