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Será en View, en el monográfico que esta revista dedicó a Max Ernst (marzo/abril de 1942) donde Leonora reúna, por última vez, la iconografía que ambos amantes habían tomado como suya propia.

El Indio tenía cincuenta y dos años. El Manco, ocho menos. Entraba El Manco por las puertas de Montilla, Montilla de Córdoba, con el encargo de recaudar la saca del pan, trigo, cebada, garbanzos y habas para abastecer las Galeras del Imperio.

Se cumplía un año de mi viaje a Perú cuando mi amiga Rosa me regaló La tía Julia y el escribidor. Es el único libro que me he leído de Vargas Llosa. Se cumplía un año de aquel viaje iniciático...

Madrid, 21 de marzo de 1989. Esa es la fecha que reza en la primera página de mi ejemplar del Opus Nigrum, de la Yourcenar. Me lo leí con diecinueve años... Entonces, no sabía que iba a ser historiadora de la ciencia, no sabía que iba a especializarme en alquimia, no sabía nada de aquellos Paracelsos, Servets, Campanellas y daVincis que iban a servir de inspiración al Zenón de Marguerite.

Virago: mujer que tiene aspecto, ademanes y actitudes que se consideran propios de los hombres. Mujer que pretende vivir como un hombre. Cuando ese "vivir como un hombre" significa reclamar un espacio propio, un acceso al saber, una imagen exclusiva...

"Este caso ‒escriben José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro en La conspiración de las lectoras‒ comenzó con un comentario que me hizo Carmen Martín Gaite una tarde que conversábamos en mi jardín. Carmiña era una estupenda conversadora, capaz de convertir cualquier cosa en una aventura excitante. Recuerdo el divertido pasmo con que le oí contar sus peripecias en un gélido Archivo de Simancas, mientras buscaba documentación para su libro sobre Macanaz. Hasta tal punto me interesó la historia, que la animé a escribir un relato y titularlo: El rastro del muerto. Había, sobre todo, un misterioso «asunto del chocolate», que ese personaje citaba varias veces en su copioso epistolario, y que tenía en la narración de Carmen un aura tragicómica intrigante".

Dicen, quienes saben, que La Celestina se nota que es una obra escrita por un hombre, porque incluye un conjuro que, al parecer, sólo es cosa de hombres, porque sólo los hombres sabían leer y eran los únicos capaces de practicar la llamada "magia erudita", es decir, aquella que leían en los grimorios, que eran los libros donde se enseñaban estas cosas de invocaciones y círculos mágicos trazados con cuchillos...

José Ramón tiene 46 años y es catedrático de Química en la Universidad de Barcelona. Marcelino tiene 15 y es un prometedor estudiante. Marcelino es hijo de su padre, el catedrático de Matemáticas Menéndez Pintado, que fue alcalde de Santander durante el bienio progresista. Marcelino padre y José Ramón son amigos, pasan los veranos juntos en Castropol. Cuando llega el momento de que Marcelino hijo vaya a la universidad, su padre se decanta por Barcelona y pone el destino de su hijo en manos de su amigo.

Dice Francisco Blasco de Lanuza que, en el mismo instante en que Dios cría su alma, cada ser humano cuenta con un ángel de la guarda que le protege pero, en su infinita magnanimidad, el mismo Dios permite a su ángel caído, al bello Lucifer, ponerle un demonio, para que siempre le persiga. Y así, ángel y demonio pugnan, a lo largo de toda la vida del ser humano, por hacerse dueños de sus decisiones. El hombre nace libre para decidir. El demonio es libre de tentar. La decisión última de caer o redimirse siempre está en la conciencia humana.

La primera vez que escribí sobre John Dee fue allá por el 2003, cuando estaba redactando mis Magos y Reyes, el sexto de mis libros. El bueno de John Dee, que ha pasado a la historia por sus supuestas conversaciones con ángeles. Unas conversaciones para las que necesitaba un intermediario, que no era otro que Edward Kelley, un ayudante de boticario que decía tener capacidad para entrar en trance y ponerse en contacto con toda suerte de espíritus.

Después de pasar unos días maravillosos en Rubielos de Mora, decidimos acercarnos hasta Albarracín, un punto pendiente en nuestra geografía como historiadores. Porque en Albarracín murió Bernardino Gómez Miedes, uno de esos españoles del XVI que tumba cualquier leyenda negra de medio pelo. Porque la leyenda negra, como tal, no existió. Es una invención más de los enemigos acérrimos del mayor imperio que había visto aquella Europa renacentista. Imperio, palabra maldita. Pero ese es otro tema, no el que hoy quiero contar.

Giacomo Boncompagni (1548-1612). Hijo natural de Ugo Boncompagni, futuro Gregorio XIII, el Papa que culminó la Reforma Católica emanada de Trento, el del Calendario Gregoriano.

El célebre Sacco di Roma (1527), la semana negra de mayo en la que Roma se transformó en un sindiós de horror, suele ser descrita como el acto de fuerza con el que Carlos I de España y V de Alemania demostró al Papa de Roma quién era el verdadero amo.

“Caballeros, el momento de las deliberaciones ha pasado. Es la hora de luchar”. Estas palabras de Don Juan de Austria fueron el preludio del mayor enfrentamiento entre galeras de la Historia.

Si bien la figura del arquero de Sherwood está rodeada por las densas brumas de la leyenda, no menos cierto es que su mítico arco era una arma profundamente implantada en la sociedad inglesa. Dicha implantación, unida a otros factores, dio una ventaja táctica a los ejércitos ingleses. Los mayores éxitos fueron cosechados entre mediados del siglo XIV y principios del XV. O lo que viene a ser lo mismo: durante la Guerra de los Cien Años.

Abadía de Santa María de San Salvador. Cañas, La Rioja. Abadía cisterciense femenina. Una de las primeras españolas. Situada a pocos kilómetros de San Millán de la Cogolla, donde nace el castellano.
Los fundadores de esta abadía fueron Felipe Díaz de Haro, señor de Vizcaya, y su esposa Aldonza Ruiz de Castro. Su hija Urraca, cuarta abadesa de la comunidad, fue madrastra de Alfonso IX, rey de León. Urraca quería la corona de León para su propio hijo, Sancho, y urdió una conspiración para acabar con el primogénito Alfonso, pero no le salió bien, acabando sus días en la abadía que habían fundado sus padres. Sus restos reposan en el fastuoso sepulcro de piedra que, hoy en día, se expone en la sala capitular de su abadía. Una abadía que conserva una sala de reliquias y un pequeño museo donde pueden contemplarse algunas de las pinturas que aquellas monjas fueron encargando a lo largo de los siglos. Pinturas que nos hablan de las especiales devociones de aquellas mujeres. Mujeres que siempre elevan sus súplicas a otras mujeres. Empezando por las Santas Madres, Santa Ana y la Virgen María. Siguiendo por las madres santas: Santa Catalina, Santa Apolonia. Cuadros espectaculares en su simbología, como esa Crucifixión que parece un grabado alquímico.

Leonora, con veinticuatro años recién cumplidos y un marido mexicano, próxima a abandonar Manhattan y establecerse, de forma definitiva, en México, escribió a su amante rubio, a aquel Max Ernst mago, su último relato conjunto...

Durante años, muchos, El Escorial fue como mi segunda casa. Eran los tiempos en los que preparaba mi tesis doctoral. Unas veces iba sola (las más); otras, acompañada de amigas.

Veamos... cuando Isabel I de Inglaterra fue coronada reina, organizó una comisión de tres expertos encargados de copiar el modelo imperial español. [Digresión: Un modelo que no os gustará, que os parecerá lo peor de lo peor, pero que fue, con diferencia, el mejor de los posibles modelos "coloniales". Y entrecomillo "colonial" (utilizando un término fácilmente identificable) porque España, aunque sería más correcto decir Castilla, NO tuvo nunca colonias, sino virreinatos. Es decir, América y Filipinas formaban parte de la corona hispánica, los habitantes de todas aquellas tierras eran tan castellanos como un burgalés o uno de Cuenca, para que nos entendamos.]

De Carlos Gilly, el inconmensurable Carlos Gilly, aprendí que la Historia está hecha por personas de carne y hueso. Una verdad que puede parecer de Perogrullo pero que encierra el verdadero secreto de nuestro arte.

Hace 525 años, tal día como hoy, poco más de un centenar de hombres, en dos carabelas y una nao capitana, salían de Palos de la Frontera, rumbo a lo desconocido. ¿Objetivo? Alcanzar las míticas islas de las especias, el lugar donde crecían la pimienta, el jengibre, la canela, la nuez moscada, el anís estrellado, el cardamomo... las especias exóticas, que llenaban las plazas y mercados europeos. Fuente de riqueza, para quienes comerciaban con ellas. Fuente de placer, para quienes las consumían.

"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong". Así empieza la von Blixen, Karen, su libro más famoso. Supongo que resulta muy difícil imaginar otra Karen que no sea la Streep, Meryl. Es lo que tiene la cultura cinematográfica, que todo lo invade.

Los peones camineros eran los encargados de cuidar, a pie de camino, el estado de la carretera. Tenían asignada una legua, medida antigua que vienen a ser unos cinco kilómetros y medio.

La España de finales del XIX se dividía en krausistas y neo-católicos. Estos últimos, los neos, como eran denominados de forma despectiva por sus contrarios ideológicos, tenían como cabeza visible a Marcelino Menéndez Pelayo. Neo, sí, pero no por ello menos erudito. De hecho, estamos ante uno de los grandes eruditos de nuestra cultura.

Existe una fundación cultural estadounidense, la Advancing Women Artists Foundation (AWA), que, desde 2009, se dedica a la restauración y exposición del arte femenino conservado en museos e iglesias de Florencia.

"Anónimo fue una mujer", que decía la Woolf.

"Las toleramos, pero no las necesitamos". Así hablaban los surrealistas de las mujeres. El surrealismo, como el dadaísmo, el futurismo, el expresionismo y tantos otros artes vanguardistas seguía siendo un coto cerrado, un club exclusivamente compuesto por hombres. Hombres que vivían en su propio universo masculino, con sus ojos cerrados al exterior, construyendo sus propios fantasmas sobre lo femenino, sobre la mujer.

Cuenta la tradición que las tres Marías (María de Cleofás, María Salomé y María Magdalena), acompañadas de la negra Sara, fueron puestas en una barca sin velas y abandonadas a su suerte. Desde las costas de Palestina, las Marías consiguieron llegar hasta la Camarga francesa. Y el punto exacto donde arribaron pasó a llamarse Saintes Maries de la Mer.