La deriva de las lenguas es, a veces, tan intrincada como la deriva de nuestras propias vidas. Aparecen, se mezclan, evolucionan y muchas terminan desapareciendo.

Aunque el último libro de Matt Taibbi, Insane Clown President: Dispatches from the 2016 Circus (El presidente payaso: despachos desde el circo 2016), ya saliera hace meses, no había reparado antes en la cubierta: la cara de un payaso.

Hace más de un año que leí Evicted: Poverty and Profit in the American City (2016), (Desahuciado: pobreza y beneficios en la ciudad americana), el último libro de Matthew Desmond, profesor de Sociología en la Universidad de Harvard.

Sigo contando algunas cosas interesantes de la biografía de Stephen King Mientras escribo. Ahora acerca del asunto de por qué escribir.

Adivinar el futuro ha sido una ambición de los seres humanos desde los tiempos más remotos. Se ha intentado conocer el futuro leyendo las entrañas de animales, mirando las estrellas, sacrificando toros o caballos, echando las cartas, examinando los posos del café o interpretando los sueños, como hizo Daniel cuando el rey Nabucodonosor soñó con una extraña estatua:

En otra ocasión he hablado del análisis premortem,  una técnica que se emplea en el desarrollo de proyectos y que consiste en hacer un análisis de nuestro proyecto como si ya hubiera muerto (el proyecto). Un poco deprimente, claro, pero muy útil para poner un poco de distancia entre nosotros y el trabajo que estamos haciendo, entre nuestros sueños e imaginación desbocada y la dura realidad.

La semana pasada hablé del análisis premortem que le practicaron al pobre médium Washington Irving Bishop, sometido a una autopsia todavía en vida, pero ya dije entonces que mi intención era hablar de otro tipo de análisis premortem, el que pueden aplicar estudiantes, investigadores, inventores, guionistas y cualquier persona que se proponga una tarea más o menos creativa, incluidas las que consisten en crear una empresa o diseñar un plan de vida, a sus futuros proyectos.

Existen muchas maneras de definir qué es la inteligencia. Una de las más interesantes y precisas es: "La inteligencia consiste en ser capaz de modificar la conducta al tener en cuenta la información que se recibe del medio circundante".

El método de intercalar en su historia discursos que a menudo no han sido escuchados personalmente, como el propio Tucídides confiesa, pues debido a su exilio a partir de –424 no pudo presenciar la política interna ateniense, plantea muchos problemas de veracidad:

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta de Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo, aparecen juntos, por un lado, uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro, el filósofo quizá más importante del siglo XX en el terreno progresista o de izquierdas (Russell).

Mientras escribo, de Stephen King, es en parte una autobiografía breve y en parte un libro acerca de escribir.

Me ha sorprendido mucho encontrar en Teorías métricas del siglo de oro, de Emiliano Díaz Echarri, la referencia a varios autores de versos virtuosistas (o como se quiera llamar) que no aparecen en Verbalia de Marius Serra.

Diré algo respecto a lo difícil que es reproducir una conversación con fidelidad. Nuestra mente tiene una fuerte tendencia a ordenar los acontecimientos, a presentarlos como racionales y razonables, así que busca en una conversación más o menos caótica que hemos mantenido quizá hace unas horas, un sentido y un orden subyacente.

Stephen King cita un libro clásico acerca de escribir de un tal William Strunk Jr., que he encontrado en Internet y leeré. El propio Strunk, que era muy rígido, admitía:

Es muy interesante lo que dice Stephen King acerca de los swifties, las aclaraciones en los diálogos del tipo:

Leí en 2003 el mítico libro de Nik Cohn Awopbopaloobop Alopbamboom, publicado en 1969. Se considera que es la primera obra dedicada a la música pop y rock.

En La improbable verosimilitud de Shakespeare me referí a la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción), atribuida a Aristóteles por los preceptistas del Renacimiento y adoptada por los clasicistas franceses.

Daniel Goleman se refiere en El punto ciego a una zona de sombra que nos afecta a todos. Un punto ciego, un vacío que carece de existencia.

Walter Murch es un editor y técnico de sonido que ha trabajado con Coppola, Zimmerman y Minghela. Es la persona que admiro más últimamente desde el punto de vista intelectual.

Acaba de morir por segunda vez y ya está aquí de nuevo. Freud había sido tirado a la basura en los últimos años, por culpa de los avances médicos, de las nuevas terapias y del tesón de sus discípulos.

Para sacar la contraria y mostrar cierta imparcialidad en estos momentos de felicidad tras unos días horribles, me permitiré citar a un Papa, a Juan Pablo I.

En uno de mis diarios digitales, hablaba del poema If de Rudyard Kipling. Allí me refería de pasada a las ideas de Kipling como abanderado del Imperio Británico y a su caída en desgracia precisamente debido al declive del Imperio: tras la etapa descolonizadora, las ideas de Kipling se consideraron cosa del pasado.

Aparte de los problemas técnicos, el diseño y todo eso, el riesgo es escribir para la galería: es decir, para quedar bien. No equivocarse, no decir nada de lo que uno pueda arrepentirse, no cometer errores de bulto, complacer a todos y especialmente a los expertos o entendidos.

He dedicado al tema de lo superfluo un libro sin duda innecesario llamado Lo único que importa es lo superfluo. En él explico que el avance de la civilización consiste en gran medida  en prestar una atención cada vez mayor hacia lo superfluo, hacia lo innecesario.

Cuando en el artículo Entre el corazón y el cerebro visitaron esta página algunos de los mayores asesinos de masas del siglo 20 (Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot), me pregunté si esos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o por el corazón o la pasión.

Jan Kott hace un interesante análisis de la escena de El rey Lear en la que Edgar guía al ciego Gloucester (su padre) hacia un precipicio. No existe tal precipicio, pero Edgar cree que puede curar de su locura al anciano si lo conduce hacia una falsa muerte. Se van arrastrando hasta el precipicio y, finalmente, el anciano se lanza al abismo. Cae y muere. O eso parece, porque, en realidad no hay tal caída.

A William Shakespeare los críticos de su época le acusaban de inverosimilitud porque no respetaba la regla de las tres unidades. La regla de las tres unidades exigía que una obra debía desarrollarse en el mismo lugar, en un espacio de tiempo limitado, un día como máximo, y con una única acción fundamental.

En el artículo de “La línea de sombra”, Patria, me referí a la supuesta grandeza de algunos personajes históricos que, más que en los libros de historia al uso, deberían aparecer en la Enciclopedia del crimen o en la Historia Universal de la infamia que propusiera Borges. Hablé de muchos de esos grandes hombres y de alguna gran mujer que ocasionalmente ha contribuido a esa historia de la ignominia. Una lectora se sintió ofendida y comentó en mi página de Facebook: