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El ácido desoxirribonucleico, o ADN, se descubrió en 1869. Para 1943 se había confirmado que es la molécula que almacena la información genética de los seres vivos. Y en 1953 se descifró su estructura detallada: la doble hélice.

Si algo caracteriza al ser humano como especie es su mente. Por eso las sustancias que la alteran, conocidas de manera genérica como “drogas”, han sido tradicionalmente vistas como dañinas.

A quienes creen que todo problema es un problema científico y que la ciencia puede resolver cualquier problema, independientemente del campo al que pertenezca, se les llama cientificistas.

La ciencia es una actividad que avanza y evoluciona. Conforme descubrimos cómo es el mundo que nos rodea, se va ampliando el ámbito de lo conocido. El conocimiento científico es como un círculo que constantemente crece y abarca paulatinamente más y más de ese territorio antes desconocido.

Cuenta la leyenda que en 1949 el ingeniero Edward Murphy, que trabajaba para la fuerza aérea estadounidense, formuló una ley que hoy lleva su nombre y que describe un aspecto especialmente molesto del funcionamiento del Universo: “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Desde siempre ha existido la desconfianza en la ciencia y la tecnología. No sin razón. En muchos casos la aplicación del conocimiento científico, y sus productos tecnológicos, ha tenido consecuencias negativas, a veces desastrosas. Las armas atómicas, químicas y biológicas, la contaminación ambiental, el daño a la capa superior de ozono, la desaparición acelerada de especies y el cambio climático global son algunos alarmantes ejemplos. Sin embargo, la ciencia ha sido también una de las principales fuerzas que han impulsado el progreso y bienestar humanos.

Nuestra especie ha logrado sobrevivir y ser exitosa gracias fundamentalmente a su intelecto, esa poderosa herramienta que le permite generar conocimiento sobre el mundo que la rodea.

En 1816, la escritora inglesa Mary Shelley escribió la novela Frankenstein o el moderno Prometeo. Aunque popularmente se cree que trata sobre un monstruo, su verdadero tema es la ambición humana, que insiste en penetrar los misterios de la naturaleza, con resultados nefastos.

Se dice que los niños son “científicos natos”, su enorme curiosidad por todo lo que los rodea, y a su tendencia a preguntar constantemente “¿por qué?”.

Uno de los misterios más fascinantes de las neurociencias –un campo de por sí muy atractivo– es el funcionamiento de la memoria. ¿Cómo se almacenan los recuerdos, cómo se recuperan cuando los necesitamos, por qué los perdemos, por qué los falseamos? 

Hace 42 años, en 1976, el biólogo británico Richard Dawkins publicó su libro El gen egoísta. En él no proponía, como creen quienes sólo leen el título, que haya un “gen del egoísmo”, sino una visión novedosa de la evolución por selección natural que la presentaba no como una competencia entre especies o individuos, sino entre genes. 

Quizá la mayor sorpresa que dejó la muerte del cosmólogo inglés Stephen Hawking el 14 de marzo de 2018 (la noche del martes 13, para quienes vivimos en América), es constatar el tamaño descomunal de su fama. 
Sabíamos que era, sin la menor duda, el científico más famoso del mundo. Pero, a pesar de ello, era sólo un científico: dudo que mucha gente hubiera podido prever que su muerte haría que se pararan las prensas, que se saturaran las redes sociales, que las redacciones de todos los periódicos y noticiarios se dedicaran desesperadamente a buscar opiniones autorizadas sobre su vida y obra, que las primeras planas de todos los diarios le dedicaran al menos un espacio. 

El mundo produce al año unos 311 millones de toneladas de plástico, según cifras de 2014. En México, se generan unas 722 mil toneladas anuales, de las cuales se reciclan o reutilizan alrededor del 50%. 

Las mitocondrias son uno de esos conceptos que se prestan a burla. Todos oímos hablar de ellas en clase de biología, pero la mayoría de nosotros no recordamos gran cosa sobre el asunto. Excepto por una frase, tan trillada que se ha convertido en un meme de internet: “las mitocondrias son las centrales energéticas de la célula” (por ejemplo, “lo único útil que aprendí en la escuela es que las mitocondrias son las centrales energéticas de la célula”, o “¿alguna vez miraste a tu novio y pensaste que las mitocondrias son las centrales energéticas de la célula?”). 

Vivimos en la era de internet y la redes sociales, y por tanto, también la era de las fake news, de la posverdad, de la manipulación informativa. Se trata de uno de los problemas más urgentes que amenazan a todas las sociedades modernas. 

Hace unas semanas publiqué aquí un artículo donde me sumaba a la preocupación de muchos intelectuales por la creciente desconfianza que hay hacia lo que algunos llaman “la autoridad de la ciencia”: la concepción de la ciencia como fuente de conocimiento confiable, necesario y útil sobre el mundo que nos rodea. Esa desconfianza se expresa concretamente, entre otros muchos ejemplos, en el absurdo y peligroso movimiento antivacunas.

En el suplemento Laberinto de Milenio, el poeta Julio Hubbard se lamenta el 3 de febrero de 2018 (“Nuevos mapas del contagio”) de los tiempos actuales en que cada uno puede construir su propia versión de la verdad: “Así como hay post-verdad, igual han de existir un post-saber y una post-ignorancia”.

El 22 de febrero de 2018 se llevó a cabo en El Colegio Nacional (México) la presentación de un libro con título polémico: Transgénicos: grandes beneficios, ausencia de daños y mitos (Academia Mexicana de Ciencias, 2017).

Grana, guinda, carmín, púrpura, carmesí… los nombres del color que nuestros ojos y cerebros interpretan como “rojo” son muy variados. Y la historia del color rojo, como la de otros colorantes, además de ser fascinante, ha estado desde siempre ligada a la de la química.

El mundo parece estarse yendo a la mierda. En muchos sentidos, pero hoy quiero referirme a uno muy específico: al preocupante hecho de que nuestra especie está perdiendo lo más valioso que tiene, el conocimiento, para sustituirlo por la locura.

En octubre de 2017, entre la comunidad de astrofísicos y expertos en relatividad y cosas similares corrió un rumor: “se aproxima un gran anuncio en relación con las ondas gravitacionales”.

La Muerte, esa señora tan Catrina y elegante que concibió Posada y popularizó Rivera, está siempre presente en la cultura de los mexicanos. Y sobre todo en noviembre, a través de costumbres y ritos milenarios (altarespanes de muerto) o recientísimos (desfiles surgidos a raíz de una película de James Bond).

Desde que en 1818 la escritora inglesa Mary Shelley publicó su novela Frankenstein o el moderno Prometeo, el mito del científico como un ser cuya ambición de conocimiento lo lleva a desencadenar fuerzas que salen de su control y acaban causando un desastre pasó a formar parte de nuestra cultura. (O quizá desde mucho antes: no olvidemos al propio Prometeo, que robó a los dioses el fuego sagrado y se lo dio a los hombres, ni a Eva, que come el fruto del árbol de conocimiento y condena así a la humanidad al sufrimiento.)

En su libro El gen egoísta, de 1976, el biólogo británico Richard Dawkins propuso un punto de vista novedoso en biología: los seres vivos no somos sino el medio que tienen los genes para reproducirse.

El intelecto humano es sin duda la mayor herramienta de supervivencia con que cuenta nuestra especie. Y es ese refinamiento del intelecto humano que conocemos como ciencia, junto con la aplicación del conocimiento que produce a través de la tecnología, lo nos ha permitido extendernos y prosperar a lo largo y ancho del mundo, hasta convertirnos no sólo en una de las especies más exitosas del planeta, sino también en una de las más peligrosas.

La idea de una “inteligencia artificial”, creada por el ser humano, siempre ha causado temor. Las raíces de este temor se remontan al Gólem de la mitología judía, y pasan por el monstruo de Frankenstein: el primero creado de arcilla y animado por uno de los nombres de Dios; el segundo, a partir de cadáveres y vuelto a la vida gracias a la ciencia, mediante la electricidad. Ambos se revelan contra sus creadores y causan caos y destrucción.

El superpoder de la ciencia ficción –la de excelencia– es poder, si no predecir, sí atisbar el futuro: proporcionarnos un vistazo de lo que podría llegar a ser, gracias al incesante progreso de la ciencia y la tecnología.

Vivimos en la era de las fake news, las noticias falsas, la posverdad. Es preocupante cuando se trata de información sobre temas políticos o sociales… aunque podría entenderse, porque en tales asuntos las interpretaciones, los sesgos y la ideología son prácticamente inseparables de lo que nos gusta llamar “los hechos”. Los hechos sociales, inevitablemente, se construyen.