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Tal vez eres uno de los miles de lectores que decidieron adentrarse en los mundos de N.K. Jemisin, una autora que cultiva la fantasía épica y la ficción científica con examen de conciencia incluido. ¿Y qué ha hecho Jemisin para convertirse en una de las escritoras más premiadas y elogiadas de ambos géneros?

A estas alturas de nuestra vida digital, se hace preciso iniciar un desenfrenado sprint en busca de la verdad. Sin duda, es grave la expansión de la llamada posverdad ‒es decir, de las noticias falsas de toda la vida‒, pero aún me parece más dañina la proliferación de mentiras y mitos, no necesariamente nuevos, relacionados con nuestra salud.

El retrato de Evelyn Nesbit, de 1903, pintado por Gertrude Käsebier, es la imagen ideal, la ilustración más adecuada para la portada de este libro que publicó la editorial Acantilado en 2017. Una de las obras más maduras y, por eso mismo, complejas, de Stefan Zweig, el escritor que tiene legiones de admiradores que encuentran en su obra un compendio de la naturaleza humana. Sus vicios, sus virtudes, sus apasionamientos, sus dudas, sus miedos, sus arranques de valor, su cobardía. Las contradicción. Los desánimos. Lo misterioso. Lo evidente.

"De nuestra acción pacífica, casi nadie sabe nada y hasta ilustres políticos han dado muestras de ignorar que en el Protectorado, y a costa del presupuesto del Protectorado, se atiende también a los estudios científicos e históricos relativos a nuestra zona, a las obras públicas y a la agricultura.” Ángel Cabrera Latorre, “En las ruinas de Tamuda”. Alrededor del Mundo, 23 (1921).

Desde hacía tiempo, a modo de adelanto y en calidad de amigos, pudimos disfrutar de algunos de los interesantes capítulos de esta gran obra [de Miguel Villena, Javier Sánchez Almazán, Jesús Muñoz y Francisco Yagüe, con prólogo de Emiliano Aguirre] . En noviembre [de 2008] disfrutamos de la totalidad de ella.

¿Cuánto hay de Ciencia y cuanto de invención en todas esas imágenes del pasado prehistórico?, se pregunta el autor en la introducción. Nada es gratuito, falso o sospechoso de carecer de rigor en el trabajo de este genial artista científico. Pero además escribe muy bien.

Cada cierto tiempo le nace a la literatura canadiense un nombre propio, un escritor notable, capaz de agitar el árbol de la narrativa local con una fuerza inesperada. El caso de Martine Desjardins apunta en esta dirección.

Martine Desjardins (Mont-Royal, 1957) se dio a conocer como escritora en 1997 gracias a su primera novela, Le Cercle de Clara. En lo sucesivo, su fama literaria creció hasta consolidar a Desjardins como uno de los valores más seguros de la literatura francocanadiense. En 2005 le concedieron el Premio Ringuet de la Academia de las Letras de Quebec por L’Evocation. Su siguiente novela, Maleficium (2009), mereció otro galardón: el Premio Jacques-Brossard de Ciencia Ficción y Fantasía. Su quinta novela, La cámara verde, publicada en España por Impedimenta, recibió también el Jacques-Brossard y fue recibida por la crítica con todo tipo de elogios. Hoy la escritora nos habla de ese libro extraordinario, en el que la fantasía gótica y el humor negro se adueñan del relato y atrapan al lector en una saga familiar imprevisible y original.

Miyuki tiene veintisiete años y acaba de enviudar. Su marido, el pescador Katsuro, se ha ahogado en el río Kusagawa. Ese río era el sustento de ambos y también de la aldea en la que viven, Shimae, porque el pescador tiene una importantísima misión: llevar cada año las mejores veinte carpas de los estanques cercanos al río a la ciudad imperial donde reina un joven emperador de quince años.

Que Elizabeth Strout es una narradora extraordinaria ya lo había comprobado con Me llamo Lucy Barton. Y, después, con Amy e Isabelle, ambos reseñados en esta revista.

Estoy entusiasmada con este libro. Me ha cogido por sorpresa. Es una de esas compras que haces sin saber muy bien por qué. O sí, el diseño de la portada, el título, el hecho de que sea de una editorial desconocida hasta ahora para mí. El caso es que he acertado y mi olfato lector no se ha equivocado tampoco esta vez. Estoy entusiasmada.

A Start in Life, publicado en 1981, es la primera novela de Anita Brookner, una autora que, sin embargo, tenía ya amplia trayectoria académica y había publicado libros de arte. Esta hija única de padres polaco-estadounidenses, que nunca se casó ni tuvo descendencia, aparece en la vida literaria española con esta traducción de su primera novela a cargo de Libros del Asteroide.

El título de este libro ya nos da suficiente información. Esto es lo que se avecina y no es poco. Arturo Valledor, malacólogo, divulgador científico y médico de profesión, digno heredero de una antigua tradición de galenos naturalistas ilustrados, nos informa sin pretensiones y plenamente, con el buen estilo didáctico al que nos tiene acostumbrados, en esta obra, muy anterior a los éxitos editoriales de temática similar: Una verdad incómoda (libro y película) del fariseo Al Gore, versión española de 2007; La venganza de la Tierra del irregular J. Lovelock, traducción de 2007 de The revenge of Gaia (2006) y La tierra herida ¿qué mundo heredarán nuestros hijos? de los ínclitos Miguel Delibes, padre e hijo (2005)... entre otros muchos de menor calado y diversa factura y fortuna.

La preparación cultural y científica de Mar Rey Bueno contrasta con la poca solidez de tantos divulgadores que relatan nuestro pasado desde la primera fila editorial. De ahí que sea una compañía ideal para adentrarnos en ese vaivén histórico en el que las mujeres sabias ‒ese linaje femenino de las ciencias y las artes‒ nunca tuvieron su merecido protagonismo.

Para quienes siguen disfrutando con los placeres de la vieja escuela (es decir, largas conversaciones en persona, un libro, una película...), este magnífico ensayo de Adam Alter será una confirmación de esa sospecha que algunos compartimos en voz baja: los ordenadores, capaces de facilitar incomporablemente la transmisión de conocimientos o la filantropía, son también el foco de una adicción muy típica de nuestro tiempo.

En estos tiempos en los que la mayor parte de nosotros vive dentro de las ciudades o a las afueras de éstas, la vida salvaje adquiere un matiz exótico, a veces casi legendario. Y sin embargo, la gran maquinaria de la naturaleza sigue funcionando, con ciclos y cambios sutiles que parecen el fruto de un milagro biológico.

Como en otros libros anteriores, Javier Cacho refleja aquí a los pioneros de la exploración polar como héroes de epopeya, pero sin esconder sus flaquezas y emociones. En este caso, el protagonista es un personaje muy significativo de la gran aventura helada: Fridtjof Nansen (1861-1930), humanista y a la vez amante del riesgo, un auténtico atleta y un científico con amplios conocimientos de zoología y oceanografía, y asimismo con una habilidad más que notable para el dibujo.

No teman aquellos lectores a quienes impacientan los autores checos poco divulgados. No nos encontramos ante un escritor de vanguardia, ni ante un raro cabalista. En realidad, Egon Erwin Kisch fue una gloria del periodismo, y sus crónicas, amenas y profundas, no han perdido ni un ápice (o casi) de su vigencia.

Para los lectores que se toman su afición como si fuera un oficio, acostumbrados a que los días sean demasiado cortos y los descubrimientos demasiado pasajeros, Clarice Lsipector (1920-1977) es una figura legendaria. Y no sólo por la densidad de su literatura, sino también por su imagen personal. Al fin y a al cabo, aquella gran dama de Río de Janeiro parecía eternamente poseída por un glamour ‒un hechizo‒ que ni siquiera se apagó con su muerte, ocurrida en 1977.

Es una pregunta digna de Hamlet. ¿Clonar humanos?  La idea no sólo zumba en los oídos de los investigadores, sino en los de cualquier ciudadano que se interese por un porvenir cada vez más vertiginoso e impredecible.

No por azar ni en vano se dice que nuestra edad está fechada en el cerebro. Y no hablo tanto de la edad mental ‒me refiero al poso de juventud que nos queda en la madurez‒ como de la edad física. Al fin y al cabo, un cerebro sano es, muchas veces, el indicador de una vida saludable y plena.

Vuelve a las librerías Andy Weir con una novela, Artemisa, que luce las mismas virtudes que su predecesora, El marciano, un libro con el que Weir se consagró en el panorama de la ciencia-ficción con una mezcla muy atractiva de aventura espacial y verosimilitud científica.

Al llegar a la última página de este trayecto que nos propone Luis Pancorbo, el lector puede mostrarse agradecido por muchas cosas, pero especialmente por la intensidad con que el autor le recuerda qué es el viaje ilustrado. Un viaje culto, libre, precedido por muchas lecturas. Un viaje, en fin, que no admite las medias tintas ‒para eso ya está el turismo‒ y en el que la curiosidad nunca se extingue.

Mary vive en una ciudad del este de Texas cuya mayor riqueza es el petróleo. La industria petrolífera define el modo de vida, influye en sus personajes y en el aire entero del lugar. Su padre bebe, tiene una hermana ciertamente atrevida, su madre pasa de un matrimonio a otro...

La literatura gótica vuelve. Y no solamente en las reminiscencias que podemos observar en la literatura juvenil: esas sagas llenas de seres extraños, paisajes tenebrosos, héroes formidables y muchachas en peligro. También vuelve en la literatura de adultos y este libro es una muestra de ello.

La cuestión está en que no puedo contaros demasiado de este libro porque, casi todo lo que cuente puede convertirse en spoiler. Y, creedme, aquí el spoiler es el fin de la historia.

Aunque creo que ya no hay mucha gente que dude hoy de la importancia literaria de Philip K. Dick, esta es una buena ocasión para reivindicar su versatilidad. No me parece mala idea, dado que, hace no demasiado tiempo, Dick aún era víctima de los tópicos.

Durante siglos, la humanidad creyó que la inteligencia es la que es, y no otra. Sin duda, la inteligencia venía a ser uno de los dones propios, y casi exclusivos, del homo sapiens. Con sus gradaciones sucesivas dentro del reino animal, esa virtud biológica se situó como el motor del conocimiento humano y como la razón de su adaptabilidad como especie.