graciasportadadefesq

Cuando leemos un libro como Damas oscuras, lo que sucede con nuestra imaginación es de lo más curioso. Tenemos, por un lado, la certeza de que ha sido una experiencia placentera, de la que no salimos defraudados en ningún tramo de la lectura. Y por otro, acabamos con la impresión de haber asistido, hipnotizados y crédulos, al desvelamiento de un mundo fantasmal, tan evidente como sumergido en la tiniebla.

En las tardes de invierno, húmedas y frías; en las largas sobremesas nocturnas del verano; en las vacaciones de Navidad; en el tiempo de los desayunos compartidos; en las reuniones, en los encuentros, la familia discutía de política, sacaba a la luz los acontecimientos relevantes y todos expresaban su opinión sin cortapisas.

Miles de personas desfilan diariamente por el perfil que Ángel Sanchidrián abrió en Facebook. Y lo hacen igual que si fuera una consulta cotidiana con su humorista de cabecera. O igual que ese encuentro con el compañero ocurrente que anima la tertulia en el café, tras la consabida sesión de cine.

Vamos conservando, en libros y en películas, o en la caja de los recuerdos, imágenes que a menudo no son fidedignas, pero que nos sirven para imaginar a los personajes históricos. Quizá por esta razón, algunas de esas figuras han sido mitificadas de tal forma que ya resulta imposible separar la realidad de la leyenda.

No es fácil convencer al lector moderno de que la idealización del pasado tiene vacuna. Por ejemplo, lo que le da fuerza a la versión popular del mundo grecolatino es, de forma justificada, esa imagen solemne, grandilocuente y legendaria que nos brindan el cine y cierta novela histórica. Frente a esa simplificación, es muy saludable leer un libro tan ameno e informativo como el de Jerry Toner, un verdadero modelo de divulgación y repleto de datos que contarrestan los viejos clichés sobre el mundo antiguo.

No siempre podemos decir qué es lo que nos asusta, lo que detestamos con secreta admiración, lo que nos invita a sentir cómo la sangre empieza a bombear... Por eso necesitamos un arquetipo, un símbolo, alguien que detente ese poder supremo, y bajo cuya pisada prosperen las malas hierbas y el olor de la muerte.

Cuando leemos al filósofo francés Luc Ferry, el asombro ante los avances tecnológicos va tiñéndose de una inquietud que, llegado el caso, él mismo se encarga de excitar. Y es que, a su modo de ver, el transhumanismo ‒ese avance evolutivo que no es biológico, sino digital y mecánico‒ y la economía colaborativa ‒que también tiene un trasfondo digital‒ vienen a prolongar la esencia del humanismo democrático, pero a un precio que no siempre deberíamos pagar.

La historia, si se analiza desde cierto ángulo, está poblada de lecciones acerca de casi todo. A la manera de fábulas o mitos, esas lecciones se encarnan en determinadas figuras cuya biografía plantea modelos, metáforas, advertencias en el camino y detalles ejemplificantes.

El Cosmere... Con sólo hacer mención a este territorio imaginario, miles de lectores reaccionarán con esa fidelidad que Brandon Sanderson (Nebraska, 1975) ha logrado entre sus seguidores. Un mérito plenamente justificado, puesto que hablamos de uno de los escritores de fantasía mejor valorados de estos últimos años.

Asiste uno fascinado, como le sucederá a casi cualquier lector, al repertorio que nos ofrece Nuccio Ordine. Un breviario de textos clásicos, comentados por alguien que ha leído mucho y que agradece las lecciones recibidas con una perspicacia y una claridad asombrosas.

Si fuese verdad la mitad de las predicciones que difunden los comentaristas de la red, veríamos por la calle los signos del apocalipsis, como ocurre en esas obras de ciencia-ficción cuya lógica narrativa es la del desastre absoluto de la civilización humana.

Va pasando la vida, y uno parece advertir que los cambios resultan cada vez más difíciles, y que lo que podríamos llegar a ser no es fácil sin una dosis suplementaria de sufrimiento. Y cuando nos ofrecen un remedio para esa melancolía, solemos dejarlo archivado para leerlo más tarde.

Más que por su presencia en los libros de historia del pensamiento, el jesuita Juan de Mariana (Talavera de la Reina, 25 de septiembre de 1536-Toledo, 17 de febrero de 1624) debería ser elogiado por la actualidad de mucho de cuanto escribió.

En las primeras páginas de El retorno del Buda, su protagonista se nos presenta como un adicto al delirio y a la extrañeza, con ilusiones que harían feliz tanto a un físico cuántico como a un psiquiatra en busca de casos singulares.

Una pequeña tienda de campaña. Siete meses por delante. Entre las paredes de un cañón y rodeado por un laberinto de árboles. ¿Qué podía salir mal?

Curiosidad. He aquí el sustantivo con el que José Ramón Alonso, catedrático de Biología Celular y Director del Laboratorio de Plasticidad neuronal y Neurorreparación del Instituto de Neurociencias de Castilla y León, ha hilvanado esta serie de artículos de divulgación, muy diversos entre sí, pero ceñidos a los aspectos más singulares ‒y prometedores‒ de la investigación científica.

¿Qué ha cambiado en los amantes de la ópera con relación a Maria Callas? ¿Cómo es posible que, a mediados del siglo pasado, sufriera a algunos detractores tan apasionados como los que hoy la idolatran de forma unánime? No hace falta insistir en el tópico de la genialidad controvertida. El caso de Callas, como el de tantos otros artistas, es el de una intérprete de carrera meteórica, adelantada a su tiempo, compleja y arrebatadora, con un repertorio muy ambicioso y una sensibilidad que desafía el paso de las modas.

El caso Dyátlov es uno de esos sucesos que forman parte del imaginario popular, y que siguen rodeados de secretos y hechos enigmáticos.

Un elevado tanto por ciento de esa perfección que atribuimos a los paisajes naturales se expresa por medio del arte, y lo mismo ocurre en sentido contrario: cuando un artista evoca la naturaleza, parte de su éxito se debe al prestigio milenario que ésta tiene en la imaginación humana.

Más allá de la experiencia tangigle, lo que llamamos iconosfera tiene dos planos: por un lado, los signos de la realidad accesibles a través del arte y los medios de comunicación convencionales, y por otro, esa acumulación de estratos que engrandece, segundo a segundo, el mundo digital.

Aventureros al azar de los vientos o lobos sanguinarios que, gracias a las intrigas británicas, castigaron duramente a las plazas españolas en ultramar. De las dos maneras podemos juzgar a esa piratería caribeña que, impulsada por el cine y la literatura, saltó de la realidad histórica a los clichés y las fabulaciones.

Quien dice Venecia, dice arte y literatura. La ciudad no conoce apenas rivales como escenario de relatos y poemas inolvidables, y en este sentido, la percepción de lo veneciano ‒gracias sean dadas a los dioses‒ no depende de los folletos turísticos, sino de la estratificación de muchos recuerdos ilustres.

Ejercicio de agudeza lectora. Adivine cuál de estas dos virtudes corresponde a Impresiones de Irlanda: la corpulencia literaria e intelectual o ese ingenio que se expresa mediante chispeantes paradojas.

Se viene escuchando con frecuencia creciente la necesidad de evitar la interpretación androcéntrica de la historia. Esto apunta no solo a una urgencia ética o social, sino a un imperativo intelectual, sobre todo si tenemos en cuenta que la presencia femenina en los procesos históricos ha sido silenciada de forma lamentable. Hora es, pues, de ampliar el foco, reconociendo qué negativa ha sido esa distorsión del pasado en los textos académicos.

Idealización y realidad. Igual que Irlanda se disfraza de Yeats declamando un poema, de Cúchulainn aprendiendo a manejar la lanza con la druidesa Skatsha, o de Barry Fitzgerald (Michaeleen en El hombre tranquilo) repitiendo aquello de "¡Homérico!", usted o yo nos acercamos a lo irlandés para poner el foco en su poesía, en su épica o en su tradición.

Hay certezas que se publican con una intención pero que acaban consiguiendo el objetivo contrario. Pensemos en el evidente declive de la biodiversidad y en el impacto que sobre ella tiene la irresponsabilidad humana. Lo razonable sería aunar esfuerzos ‒sin fisura alguna‒ para evitar ese naufragio global. Y sin embargo..., bueno, creo que ya adivinan a qué me refiero.

Como cualquier momento es bueno para escuchar a Bowie, e igual tiene (o va a tener) varios de sus clásicos en su discoteca, estará pensando que voy a dedicar estas líneas a glosar sus mejores LPs y videoclips.

A la vista de su larga y colmada trayectoria, uno podría describir la obra del editor y ensayista José Esteban como la intersección entre el amor por los libros y el que demuestra por la cultura española, tanto en su franja más popular como en su aspecto académico.