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Verdi triunfó con Nabucco cuando tenía 28 años. Una juventud, en ardor y energía, que emerge a través de todas las notas de tan espontánea, inspirada y vigorosa partitura.

Conocimos a la soprano romana Gabriella Tucci a través de la dulce Glauce que grabó al flanco de la Medea de Callas en 1959. Luego la reencontramos como Leonora de Trovatore dando en 1964 réplicas de estatura frente al Manrico exuberante de Franco Corelli. Y fue precisamente como heroína verdiana como la cantante se impuso en los principales teatros del mundo, en especial el Met neoyorkino, donde cantó veinte personajes diferentes durante trece temporadas consecutivas.

Había una vez un país llamado Cuba que conocimos por las películas norteamericanas donde aparecían orquestas como los Lecuona Cuban Boys y las de Don Aspiazú y Xavier Cugat.

Infrecuentes apariciones hacen las obras de Carl Martin Reinthaler (1822-1896) en los programas de música en vivo o grabada. Tal vez su vida en el rincón natal de Bremen, donde fue organista, maestro de coros y director de orquesta, contribuyó a mantenerlo alejado de los grandes circuitos, no obstante un catálogo donde figuran piezas para piano, liturgias, un par de óperas y páginas incidentales.

El clarinete, Cenicienta de bandas militares y columnas de armonía para dar serenatas, fue enaltecido en el siglo XVIII cuando algunos astutos o geniales señores (Krommer o Mozart) prestaron atención a sus posibilidades tímbricas y expresivas.

El siglo XVIII, con Mozart a la cabeza, consagró el clarinete como instrumento solista, capaz de todos los virtuosismos del caso y acreedor del interés de los grandes compositores.

Finlandia entró tarde y con enjundia en el avispero de la música europea. Fue a fines del XIX, cuando el continente empezó a reconocer a Sibelius. Pero éste no era un fundador en el desierto. Fredrik Pacius (1809-1891) lo había precedido en el magisterio y la creación.

Durante un medio siglo, el público londinense recibió a Klemperer con sus mejores orquestas, que algunos consideran las mejores del mundo. En sus conciertos aparecieron las obras emblemáticas del director: la Heroica de Beethoven y éstas que ofrece el disco recomendado de hoy: el doble compacto publicado hace años por Testament.

Riccardo, de la verdiana Un ballo in maschera (o Gustavo III de Suecia si se elige la versión no censurada de la ópera) es un personaje que se distingue tanto por su elegancia como por la espontaneidad, la naturalidad de su canto.

El Mayo Musical Florentino de 1953, con la perspectiva de la distancia, puede convencernos de que fue una de las ediciones más importantes de toda su historia. Dos acontecimientos permiten sostener esta valoración: Callas interpreta por vez primera Medea, la partitura de Cherubini que parecía definitivamente olvidada, y se estrena en Occidente Guerra y paz de Sergei Prokofiev.

Si se nos menciona a Verdi, Puccini y Zandonai enseguida se encienden en la memoria las luces de un teatro de ópera. No obstante, los tres supieron, aunque incidentalmente, reducirse a la íntima sonoridad del cuarteto de arcos.

Gianni Raimondi, que siempre será recordado por haber sido el Percy de Maria Callas en las míticas representaciones milanesas de Anna Bolena vista por Visconti, el Alfredo Germont de la primera grabación discográfica de Traviata de Renata Scotto o el Rodolfo pucciniano de Mirella Freni en el bonito filme de Zeffirelli y Karajan, grabó en 1963 un disco donde daba rienda suelta a su potente personalidad tenoril, hecha de sonidos áureos y a la vez férreos, con límpidas y fulminantes escaladas al registro agudo.

El caso de Peter von Winter (1754-1825) es el de tantos maestros de capilla de los innumerables señoríos que cuarteaban Alemania en el siglo XVIII, lo que no impidió al país enseñar música, filosofía y literatura al resto de Europa.

Con su habitual rapidez, monseñor Lorenzo Perosi estrenó su oratorio Jerusalén en abril de 1900, habiéndolo comenzado en enero, a bordo del tren que lo llevaba de Venecia a Milán.

La vida de Alexander Glazunov transcurrió sobre arenas movedizas. Vio caer el zarismo, llegar a Trotski y a Lenin, inhumados por Stalin, advirtió que surgía Stravinski y se inventaba el atonalismo.

La extrañeza es el primer sentimiento que planea al enfrentarnos a la experiencia que alberga el disco recomendado de hoy, que recoge, en límpida y cuidada interpretación, 22 de las 66 Piezas líricas que el compositor noruego escribió entre 1865 y 1901.

Alessandro Rolla vivió tanto (entre 1757 y 1841) como para advertir los grandes cambios que iba registrando la música de su tiempo. Baste pensar que su vida podría haber sido paralela a la de Mozart, si el genio de Salzburgo hubiera llegado a viejo.

Asociamos normalmente a Edita Gruberova con el repertorio de la soprano lírico-ligera, donde luce un instrumento de carnoso esmalte, lejano del habitual pajarito mecánico de sus colegas tópicas. Con él, la cantante eslovaca hace todas las virguerías de su cuerda, exactas y vertiginosas.

Uno de los libretos de Pietro Metastasio más concurridos por los compositores fue el de La clemencia de Tito.

Antes pertenecientes al sello Acanta, luego recicladas por Arts Archives, dos autorizadas versiones de L’italiana in Algeri e Il Trovatore volvieron a recuperar espacios actuales, tras años sumergidas en el olvido, fuera de la circulación discográfica.

El flautista y luego director de orquesta austriaco René Clemencic se acercó, allá por 1990, a algunas obras del Dieciocho muy ignoradas la mayoría, una del italiano Vivaldi (L’Olimpiade), otra del español Torrejón y Velasco (La púrpura de la rosa, la primera ópera «suramericana»), una tercera del austriaco Johann Joseph Fux (Dafne in lauro, sobre el recurrente mito de la muchacha convertida en tan culinario aderezo, el laurel), una cuarta del alemán Reinhard Keiser (Croesus, su obra más famosa que acabó convertida en ¡singspiel!) y, por último, la del portugués João de Sousa Carvalho (Testoride argonauta).

Josef Gabriel Rheinberger (1839-1901) caminó sobre las arenas movedizas de la música alemana en la segunda mitad del Ochocientos. Para evitar accidentes, se recostó en un suave y devoto academicismo que le produjo buenos resultados.

Curioso destino el de Giovanni Sgambati (1841-1914). Liszt se lo recomendó a Wagner, dado que Sgambati era, como Liszt, un notable concertista de piano. Wagner admiró algunas de sus partituras y, a su vez, lo recomendó al editor Schott para que las publicase.

Como tantos europeos de su época, al eslovaco Viteszlav Novák le tocó asistir a su muerte y resurrección, repetidas y patéticas. Nació en el imperio bicéfalo, fue ciudadano de la República Checoeslovaca, súbdito del Tercer Reich y camarada de la democracia popular.

Anton Rubinstein ha dejado una huella tópica como enseñante, director de institutos y pianista. Su obra de mayor tamaño, salvo algunos momentos de su ópera El demonio, se está recuperando en los últimos tiempos y, en especial, por el buen orden que puso al respecto el sello MDG.

Abundantes y, en ocasiones, brillantes, fueron los tenores que intentaron continuar la obra de Enrico Caruso.

Quienes vimos actuar a Kurt Böhme (1908- 1989) raramente olvidaremos su imponente y dúctil presencia escénica de gran actor cantante.

La ilustre tradición de la soprano de coloratura romántica se mantuvo en el siglo veinte y la finlandesa Lea Piltti (1904-1982) es una excelente prueba de ello.