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Ningún estudio dedicado a la historia de la ciencia ficción podría considerarse completo sin el análisis de una de las películas clave del género: 2001: Una Odisea del Espacio, dirigida por Stanley Kubrick.

Cuentan que el productor William Alland coincidió en su juventud con el director de fotografía Gabriel Figueroa durante el rodaje de Ciudadano Kane. Al parecer, fue Figueroa quien, cenando en casa de Orson Welles, les habló con mucha seriedad de una extraña raza de hombres peces que, según "datos reales", se ocultaba en el Amazonas.

El formato de miniserie televisiva fue muy popular a mediados de la década de los años setenta del siglo pasado, gracias a que permitía a los productores evitar la exigencia de contar una historia completa en una hora, o bien estirarla veintidós episodios para que durase una temporada completa. Fue la solución para dramas históricos o familiares como Raíces u Hombre rico, hombre pobre, pero no se contemplaba como algo que diera cabida a un género “infantil” como la ciencia ficción.

Durante siglos el hombre de ficción ha fabricado criaturas de lo más diverso, desde la estatua de Pigmalión al Golem pasando por Pinocho. Pero nunca había existido preocupación alguna por diferenciar entre seres mágicos o científicos. Sin embargo, con el auge de la ciencia y la tecnología, la fantasía se fue separando cada vez más del romance científico. Eran necesarios nombres nuevos para los hijos del nuevo género.

Fue esta una de aquellas breves películas, mezcla de fantasía, ciencia ficción y comedia, tan escasas de historia como repletas de trucos visuales, con las que los británicos trataron de igualar la maestría del francés Méliès.

Es raro hallar a un escritor tan consistente inventando fantasías ligadas al gusto popular. Si uno considera el nivel medio de la pulp fiction y de su herencia, Richard Matheson se sitúa en un plano muy superior, y así queda de manifiesto en su novela Soy leyenda.

Ayudado por numerosos amigos y vecinos de Pittsburgh, George A. Romero filmó la cinta que supone el nacimiento del zombi en el cine moderno: La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968). Un mito de la pantalla que, como ahora veremos, modificó las convenciones del cine de terror y de ciencia-ficción.

A Charlton Heston no le gustaba nada The Last Man on Earth (1964), la versión de la novela Soy leyenda protagonizada por Vincent Price. “Mal interpretada” o “Incapaz de asustar” son dos comentarios que Heston dedicó a dicha cinta. Ello explica que fuese el productor y principal actor de la segunda adaptación cinematográfica de Soy leyenda: El último hombre… vivo (The Omega Man, 1971).

La primera versión cinematográfica de la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, tiene una historia bastante azarosa. En 1957, la productora británica Hammer adquirió los derechos de la novela, y contrató al propio autor para escribir el guión. Dicho proyecto llevaba el título de Night Creatures e iba a contar con Val Guest como director.

Matrix (1999) causó un impacto fenomenal en la industria del cine, no sólo entre los amantes de la ciencia-ficción –para quienes la historia no era tan nueva como parecía– sino entre espectadores que sólo ocasionalmente visitaba el género. Abrió nuevos caminos en los efectos especiales y trasladó a la pantalla con un estilo distintivo y luego muy imitado un entorno argumental que hasta entonces sólo había tenido una transferencia cinematográfica mediocre.

En la década de los noventa del siglo pasado, Hollywood se refugió en el cine de espectáculo como defensa ante la competencia de nuevas fuentes de entretenimiento de masas, como los videojuegos o la creciente Internet.

El cine había tardado demasiado en responder al clima de inquietud social que se vivía en Estados Unidos desde la segunda mitad de los sesenta. Fue necesario el inesperado éxito de una película independiente como Easy Rider” (1969) para que los ejecutivos de los grandes estudios se dieran cuenta de que había un público ávido de ver reflejados en la pantalla sus temores y esperanzas.

No hay disponibles muchas obras de ficción apocalíptica de culturas distintas a la occidental, pero una de ellas es esta, una novela escrita por el japonés Kobo Abe, el primer novelista moderno japonés de ciencia-ficción. Escritor, dramaturgo, fotógrafo e inventor, a menudo se le compara con Franz Kafka por sus pesadillescas visiones de la existencia individual en una sociedad contemporánea.

Horacio Altuna se estableció en España en 1982, fijando su residencia en Sitges. Es entonces cuando el dibujante argentino se convierte también en guionista. Por una parte, continuar la colaboración con su socio creativo habitual desde hacía años, Carlos Trillo (El último recreo), que se había quedado en Argentina, resultaba complicada en una época en la que no existía internet; ambos autores acostumbraban a discutir y construir sus guiones juntos y esto ya no era posible. A ello se añadía su deseo de dar un paso adelante profesionalmente ilustrando sus propias historias.

La más vívida e importante novela de ciencia-ficción del año 1908 es esta, una de las muchas obras de principios de siglo que trataban del conflicto entre el capital y el trabajo, pero la única que aún sobrevive y se sigue reeditando. Como H.G. Wells, London era un socialista comprometido, y su fantasía política The Iron Heel desarrollaba la tradición escéptica fundada por Ignatius Donnelly en su distopia La columna de César (1890).

En 1929, Hugo Gernsback –cuya figura absolutamente fundamental para el género de la ciencia-ficción, en su calidad de editor, glosaremos en otra ocasión– perdió el control de su hija predilecta, Amazing Stories, cuando su compañía cayó en la bancarrota, y no tanto por falta de éxito sino por una serie de inversiones financieras que terminaron en juicio. Pero el pionero editor no se rindió, ni mucho menos. En cuestión de meses tenía otras tres revistas en el mercado, una de la cuales fue esta Air Wonder Stories (las otras fueron Science Wonder Stories y Science Wonder Quarterly).

El romance planetario fue un subgénero muy popular en los primeros tiempos de la ciencia ficción. En él se nos contaban exóticas aventuras en otros planetas, largos viajes por paisajes alienígenas en los que moraban criaturas extrañas y civilizaciones peculiares.

El propósito de la ciencia ficción no es adivinar el futuro. Sólo con el transcurrir del tiempo es cuando las obras (ya sean películas, novelas o comics) pueden verse con perspectiva e insertas en un momento histórico y social definido. Es fácil entonces darse cuenta de que su objeto de estudio es en realidad el presente del momento en que se crearon, con sus esperanzas, prejuicios, preocupaciones y circunstancias individuales y colectivas. Pero hay ocasiones en las que parece que parpadeos del lejano futuro consiguen abrirse paso hacia el pasado, aunque deformados, exagerados y magnificados por la borrosa lente a través de la cual miramos hacia el mañana.

Gracias a la pluma de H.G. Wells, el por entonces aún conocido como romance científico llegó a su mayoría de edad. En sus primeros libros, especialmente La máquina del tiempo, La isla del Dr. Moreau, La Guerra de los Mundos y esta Los primeros hombres en la Luna, consiguió sintetizar una mezcla casi perfecta de todos los elementos que en las décadas anteriores habían ido filtrándose en el recién nacido genero: utopía, anti–utopía, sátira, relato filosófico, aventura verniana e invenciones científicas. Y esa mezcla, además, tenía un enfoque completamente moderno.

La influencia que ejerció H.G. Wells, tanto en su Inglaterra natal como en el extranjero, dependió de las circunstancias particulares de cada país. En el caso de Gran Bretaña, la extensión del romance científico más allá de los márgenes del subgénero de las guerras futuras fue explotada por otros escritores además de Wells, como es el caso del que ahora nos ocupa.

Otra vez nos sale al paso Marte en nuestro recorrido por la ciencia-ficción clásica, pero esta vez el planeta rojo merece su adjetivo no sólo por el color de sus arenas. Porque en esta película muda de origen ruso, la lucha marxista alcanza el espacio exterior. Basada en la novela de 1922 escrita por Alexei Tolstoi –pariente lejano del más famoso León Tolstoi–, la historia nos presenta al ingeniero soviético Los (Nikolai Tsereteli), quien sueña con viajar a otros mundos, y a Aelita (Yuliya Solntseva) una hermosa reina marciana – la película se distribuyó también con el título Aelita: Reina de Marte– quien observa nuestro planeta con un potente telescopio, obsesionada por Los tras verlo besar a su mujer.

En 1904, H.G. Wells era ya un escritor muy conocido, pero su obra era más apreciada por el lector ordinario que por sus intelectuales colegas. Y las críticas que recibía no tenían solamente que ver con su estilo un tanto desnudo y frío, desprovisto de cualquier pretensión estética, sino por el anti–humanismo que aquéllos percibían en su defensa del Mecanicismo.

La mayor contribución de Walt Disney a la industria e historia del cine fue el genio que aportó al arte de la animación. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial, su estudio también fue conocido por sus películas con actores de carne y hueso y sus programas para la televisión. Muchas de aquellas películas fueron producciones relativamente modestas, pero otras, como Mary Poppins o la cinta que nos ocupa, disfrutaron de un amplio presupuesto y una grandiosidad propia del mejor Hollywood clásico. Lo que todas tenían en común es que habían sido cuidadosamente pensadas para un público familiar.

A finales del siglo XIX, el inconsciente colectivo de Inglaterra seguía acosado por las pesadillas de invasión de ejércitos extranjeros que había iniciado la novela La Batalla de Dorking en 1873. H.G. Wells se apoyó en el esquema general típico de este subgénero, pero su aproximación fue enormemente novedosa, puesto que el enemigo invasor no sólo venía de muy lejos sino que además resultaba prácticamente invencible.

El mito, ligado a la eternidad, siempre promete nuevas revelaciones y renace de generación en generación. Continuamente reaparece porque, como escribió el historiador de las religiones Mircea Eliade, las estructuras míticas aún nos afectan por dos vías igualmente poderosas: los medios de masas y la cultura popular.

Contacto es una auténtica curiosidad en los anales no sólo de la ciencia ficción sino de las películas en general: un éxito de taquilla de 100 millones de dólares repleto de efectos especiales y grandes estrellas que, además, es científicamente riguroso. Igualmente sorprendente e inusual es que, mientras que el argumento de Contacto hace un uso correcto de la ciencia, en el fondo es una historia sobre la fe y una de las pocas películas para todos los públicos en las últimas tres décadas que aborda de manera explícita los desafíos de la religión en el mundo moderno

Los libros del astrónomo Carl Sagan son las obras de divulgación científica más leídas del mundo. Cosmos, publicada por primera vez en 1980, es el libro en lengua inglesa sobre Ciencia más vendido de la historia. La serie de televisión basada en él ganó múltiples premios, incluido el Emmy, y fue emitida en sesenta países. Éxitos similares cosecharon otros libros con su firma, como Los dragones del Edén (1978, ganador del Premio Pulitzer), El cerebro de Broca o el póstumo El mundo y sus demonios.

El viaje arranca en la Tierra con una canción de las Spice Girls que tenuemente suena de fondo. Continúa a gran velocidad en Marte, el cinturón de asteroides, Júpiter (y el sonido lejano de un discurso de Martin Luther King), Saturno, Urano, la nube de Oort, el sistema estelar Alfa Centauri, la nebulosa del Águila y el frío silencio del vacío interestelar. Y sigue con una vista fugaz de la Vía Láctea, los filamentos y cúmulos de galaxias y la vastedad del universo hasta que la imagen se funde en el ojo una niña de once años frente al micrófono de un radiotransmisor.