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Más de treinta años después de su estreno, es difícil pasar por alto la influencia de Star Wars en el cine de ciencia ficción. Su masivo éxito popular y espectaculares imágenes pusieron punto y final a la larga lista de deprimentes filmes que el género había ofrecido en los años anteriores y directores y productores de todo el mundo se lanzaron a capitalizar la exigencia de los espectadores de una ciencia ficción escapista.

Teniendo en cuenta que en su emisión televisiva original de los sesenta (1966–1969), Star Trek registró unas cifras de audiencia mediocres, resulta notable que el paso del tiempo la haya convertido en una de las franquicias más populares y lucrativas de la historia.

La ciencia ficción en la pequeña pantalla experimentó una enorme transformación en los años ochenta. A medida que la industria evolucionaba para afrontar los nuevos desafíos planteados por el cine para adolescentes y los juegos de ordenador interactivos, el género se encontró en la vanguardia de la lucha de las cadenas para intentar fidelizar amplios segmentos de la audiencia.

El hecho más relevante de la ciencia ficción televisiva de los sesenta fue la creación y desarrollo de los dos seriales más importantes del género, programas que demostrarían una capacidad de pervivencia extraordinaria, mucho más allá de lo que sus creadores y primeros fans podrían haber imaginado: por una parte, el británico Doctor Who (1963-1989, 2005-) y, por otra, la norteamericana Star Trek (1966-1969).

¿Alguien se acuerda de aquella vieja serie norteamericana titulada Wild Wild West? Bueno, los creadores del programa de televisión que ahora comentamos sí se acordaban y se inspiraron en su mezcla de aventuras, ciencia-ficción y fantasía para desarrollar una serie inteligente que, desgraciadamente, no llegó muy lejos.

En ciencia ficción, el concepto de alienígena, como el de robot, tiene muchas más aproximaciones que las de mera especie conquistadora o conquistada. Además de extraterrestres invasores, existen también extraterrestres residentes, amistosos pero no por ello menos problemáticos.

Un lector novel de ciencia-ficción podría tener la impresión de que el género ha estado tan preocupado por la exploración de otros mundos, otras galaxias e incluso otros universos, que a menudo ha ignorado nuestro propio planeta. Pues bien, si este es el caso, significa que debería retroceder un poco más en el tiempo y revisar algunas excelentes obras incluidas en ese subgénero bastardo que se conoce como "Mundos Perdidos".

Discrepar es bueno. Nada extingue el dramatismo más rápido que personajes que se lleven a las mil maravillas. El drama nace del conflicto entre personas con diferentes objetivos y motivaciones. En el caso de la ciencia-ficción televisiva esto puede ser un verdadero problema. Cuando todos tus personajes siguen ciegamente al comandante, el único drama que se puede extraer proviene de algún miembro que discrepa. Al final, morirá, se arrepentirá o lo echarán y todo volverá al statu quo.

De todas las franquicias cinematográficas y televisivas que han recibido versión en cómic, ya fuera como adaptación, secuela o expansión, 2001: Una Odisea del Espacio fue quizá la más extraña de todas.

Basada en el épico manga del mismo nombre, esta obra maestra del cine de animación se convirtió instantáneamente en un clásico del ciberpunk. Sin duda la obra más influyente del anime japonés, Akira atrajo la atención de muchos fans europeos y norteamericanos de ciencia ficción hacia una larga tradición estética japonesa representada por obras de gran imaginación, repletas de acción furiosa, batallas espectaculares, e historias de convincente especulación científica.

Akira, la obra río de Katsuhiro Otomo fue el heraldo de la invasión manga (palabra que designa al comic realizado en Japón) que barrió Occidente a finales de los años ochenta, primero en Estados Unidos y luego en el resto de Europa –y especialmente en España–, siendo además el origen de la sólida y fiel legión de seguidores de la animación y la historieta japonesas cuyo entusiasmo no ha disminuido desde entonces.

Ningún estudio dedicado a la historia de la ciencia ficción podría considerarse completo sin el análisis de una de las películas clave del género: 2001: Una Odisea del Espacio, dirigida por Stanley Kubrick.

Cuentan que el productor William Alland coincidió en su juventud con el director de fotografía Gabriel Figueroa durante el rodaje de Ciudadano Kane. Al parecer, fue Figueroa quien, cenando en casa de Orson Welles, les habló con mucha seriedad de una extraña raza de hombres peces que, según "datos reales", se ocultaba en el Amazonas.

El formato de miniserie televisiva fue muy popular a mediados de la década de los años setenta del siglo pasado, gracias a que permitía a los productores evitar la exigencia de contar una historia completa en una hora, o bien estirarla veintidós episodios para que durase una temporada completa. Fue la solución para dramas históricos o familiares como Raíces u Hombre rico, hombre pobre, pero no se contemplaba como algo que diera cabida a un género “infantil” como la ciencia ficción.

Durante siglos el hombre de ficción ha fabricado criaturas de lo más diverso, desde la estatua de Pigmalión al Golem pasando por Pinocho. Pero nunca había existido preocupación alguna por diferenciar entre seres mágicos o científicos. Sin embargo, con el auge de la ciencia y la tecnología, la fantasía se fue separando cada vez más del romance científico. Eran necesarios nombres nuevos para los hijos del nuevo género.

Fue esta una de aquellas breves películas, mezcla de fantasía, ciencia ficción y comedia, tan escasas de historia como repletas de trucos visuales, con las que los británicos trataron de igualar la maestría del francés Méliès.

Es raro hallar a un escritor tan consistente inventando fantasías ligadas al gusto popular. Si uno considera el nivel medio de la pulp fiction y de su herencia, Richard Matheson se sitúa en un plano muy superior, y así queda de manifiesto en su novela Soy leyenda.

Ayudado por numerosos amigos y vecinos de Pittsburgh, George A. Romero filmó la cinta que supone el nacimiento del zombi en el cine moderno: La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968). Un mito de la pantalla que, como ahora veremos, modificó las convenciones del cine de terror y de ciencia-ficción.

A Charlton Heston no le gustaba nada The Last Man on Earth (1964), la versión de la novela Soy leyenda protagonizada por Vincent Price. “Mal interpretada” o “Incapaz de asustar” son dos comentarios que Heston dedicó a dicha cinta. Ello explica que fuese el productor y principal actor de la segunda adaptación cinematográfica de Soy leyenda: El último hombre… vivo (The Omega Man, 1971).

La primera versión cinematográfica de la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, tiene una historia bastante azarosa. En 1957, la productora británica Hammer adquirió los derechos de la novela, y contrató al propio autor para escribir el guión. Dicho proyecto llevaba el título de Night Creatures e iba a contar con Val Guest como director.

Matrix (1999) causó un impacto fenomenal en la industria del cine, no sólo entre los amantes de la ciencia-ficción –para quienes la historia no era tan nueva como parecía– sino entre espectadores que sólo ocasionalmente visitaba el género. Abrió nuevos caminos en los efectos especiales y trasladó a la pantalla con un estilo distintivo y luego muy imitado un entorno argumental que hasta entonces sólo había tenido una transferencia cinematográfica mediocre.

En la década de los noventa del siglo pasado, Hollywood se refugió en el cine de espectáculo como defensa ante la competencia de nuevas fuentes de entretenimiento de masas, como los videojuegos o la creciente Internet.

El cine había tardado demasiado en responder al clima de inquietud social que se vivía en Estados Unidos desde la segunda mitad de los sesenta. Fue necesario el inesperado éxito de una película independiente como Easy Rider” (1969) para que los ejecutivos de los grandes estudios se dieran cuenta de que había un público ávido de ver reflejados en la pantalla sus temores y esperanzas.

No hay disponibles muchas obras de ficción apocalíptica de culturas distintas a la occidental, pero una de ellas es esta, una novela escrita por el japonés Kobo Abe, el primer novelista moderno japonés de ciencia-ficción. Escritor, dramaturgo, fotógrafo e inventor, a menudo se le compara con Franz Kafka por sus pesadillescas visiones de la existencia individual en una sociedad contemporánea.

Horacio Altuna se estableció en España en 1982, fijando su residencia en Sitges. Es entonces cuando el dibujante argentino se convierte también en guionista. Por una parte, continuar la colaboración con su socio creativo habitual desde hacía años, Carlos Trillo (El último recreo), que se había quedado en Argentina, resultaba complicada en una época en la que no existía internet; ambos autores acostumbraban a discutir y construir sus guiones juntos y esto ya no era posible. A ello se añadía su deseo de dar un paso adelante profesionalmente ilustrando sus propias historias.

La más vívida e importante novela de ciencia-ficción del año 1908 es esta, una de las muchas obras de principios de siglo que trataban del conflicto entre el capital y el trabajo, pero la única que aún sobrevive y se sigue reeditando. Como H.G. Wells, London era un socialista comprometido, y su fantasía política The Iron Heel desarrollaba la tradición escéptica fundada por Ignatius Donnelly en su distopia La columna de César (1890).

En 1929, Hugo Gernsback –cuya figura absolutamente fundamental para el género de la ciencia-ficción, en su calidad de editor, glosaremos en otra ocasión– perdió el control de su hija predilecta, Amazing Stories, cuando su compañía cayó en la bancarrota, y no tanto por falta de éxito sino por una serie de inversiones financieras que terminaron en juicio. Pero el pionero editor no se rindió, ni mucho menos. En cuestión de meses tenía otras tres revistas en el mercado, una de la cuales fue esta Air Wonder Stories (las otras fueron Science Wonder Stories y Science Wonder Quarterly).

El romance planetario fue un subgénero muy popular en los primeros tiempos de la ciencia ficción. En él se nos contaban exóticas aventuras en otros planetas, largos viajes por paisajes alienígenas en los que moraban criaturas extrañas y civilizaciones peculiares.