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A pesar de sus continuos cambios de reparto y volantazos argumentales, la serie Andrómeda demostró ser uno de los programas televisivos de ciencia-ficción más resistentes de comienzos del siglo.

Muchos de los romances planetarios del siglo XVII pueden ser considerados utopías, un subgénero que requiere un análisis detallado e independiente. Las ficciones sobre sociedades ideales toman su nombre de la obra de Tomas Moro (1477–1535), Utopía, escrita en latín en 1516. El título es un juego de palabras derivado del griego: outopos significa en ninguna parte ; eutopos, un buen lugar ; y utopos, tierra con forma de U .

Johannes Kepler fue concebido a las 4.37 horas del 16 de mayo de 1571, y nació prematuramente, el 27 de diciembre a las 14.30, tras un embarazo que duró 224 días, 9 horas y 53 minutos.

La visión de Kepler fue, durante un tiempo, única. La influencia de la narrativa caballeresca y de viajes a tierras exóticas y lejanas propia de siglos anteriores aún se reflejaba en las obras de viajes interplanetarios. Aunque tanto Dante en su Paraíso (1313-1321) como Ludovico Ariosto en su Orlando Furioso (1532) presentaban personajes que viajaban a la Luna, el segundo es a menudo mencionado como un precursor de la ciencia-ficción, mientras que el primero no.

A mediados de los años sesenta, la revista británica New Worlds se convirtió en heraldo y escaparate de la nueva ciencia-ficción británica. Autores ingleses como J.G. Ballard, John Brunner o Brian Aldiss y norteamericanos como Roger Zelazny o Thomas M. Disch tuvieron la oportunidad de publicar en sus páginas su material más polémico y complejo.

¿Basureros espaciales? ¿No era de eso de lo que iba aquella serie televisiva titulada La escoba espacial (1977-1978), en la que unos inadaptados trabajaban recolectando detritus por el espacio a sueldo del Departamento Sanitario Galáctico? Sí, así es. Pero treinta años después, tras muchos lanzamientos espaciales, multitud de satélites en órbita y una Estación Espacial orbitando sobre nuestras cabezas, el problema de la basura espacial se contempla desde una perspectiva muy diferente.

Muchas de las historias del subgénero de Mundos Perdidos fueron creadas por escritores de segunda fila o simples aficionados que fantaseaban (o creían realmente en ello, que también los había) con que la Atlántida aún pervivía en el océano Atlántico, o que las Tribus Perdidas de Israel habían encontrado un hogar en el desierto tras su larguísima peregrinación, o que un cuerpo de élite de antiguos griegos había ocultado los secretos de su sabiduría en un recóndito lugar protegido contra los extranjeros por los descendientes de aquellos.

Cuando Parque Jurásico (1993) se convirtió en la película más taquillera de todos los tiempos, Universal Studios tomó la obvia decisión de producir una secuela. Michael Crichton, que no tenía previsto continuar la historia de su primera novela, se vio más o menos forzado a volver sobre los personajes y en 1995 presentó El mundo perdido, de la que ya hablé en un artículo anterior y cuya lectura recuerda inevitablemente a la novelización de un guión cinematográfico.

Damon Knight comenzó su carrera a comienzos de la década de los cuarenta del siglo pasado, publicando historias cortas al tiempo que establecía una reputación como crítico del género.

Seriales, cine de episodios... El cine serial está asociado a los folletines más que a casi ninguna otra cosa. No sé cómo las tratará la posteridad, pero desde luego estas películas son la imagen más popular y entrañable de la aventura.

El placer derivado de la suspensión de realidad o autoengaño no es exclusivo de la ciencia–ficción, sino intrínseco a la ficción en general y común a todas las artes. Incluso la más utilitaria y apegada a la realidad de estas, la arquitectura, cuenta como su mayor logro la creación de entornos sagrados cuyo objetivo es transmitir la ilusión de los paraísos celestiales. Por no hablar del éxito de sus hijos bastardos, combinación de arquitectura e ingeniería: los parques temáticos, todos ellos modelados a partir de Disneyland, pequeñas aldeas de Potemkin diseñadas para engañar a los clientes previo pago de una entrada. No es coincidencia que tres de los éxitos de uno de los escritores más populares del siglo XX, Michael Crichton, transcurran en torno al concepto de parque temático: Parque Jurásico, El mundo perdido y Almas de metal (Westworld ).

El siglo XX es el momento en el que la ciencia-ficción comienza a alcanzar un estatus de influencia cultural, en buena medida porque los avances tecnológicos y los cambios culturales comienzan a experimentar profundos cambios más rápidamente de lo que jamás antes en la Historia lo habían hecho.

En 1916 entra inesperadamente en la escena de la ciencia-ficción cinematográfica un nuevo país, Dinamarca, al que no tendremos muchas oportunidades más de nombrar en este recorrido por la historia del género.

Una de las películas más taquilleras de 1993 fue Jurassic Park, dirigida por Steven Spielberg y basada en la novela del mismo nombre, escrita en 1990 por Michael Crichton. Aquel film dio lugar a varias continuaciones: The Lost World: Jurassic Park (1997), Jurassic Park III (2001), Jurassic World (2015) y Jurassic World: Fallen Kingdom (2018).

Resulta curioso lo poco que aparece nombrado Philip Wylie en las enciclopedias de ciencia ficción a pesar de su larga y prolífica carrera. Trabajó como guionista en Hollywood, escribió algunas novelas de ciencia ficción de éxito y varios libros para el público generalista (algunos de ellos, como Generación de víboras, atrevidamente iconoclastas y polémicos). Quizá porque nunca consiguiera distinguirse lo suficiente en ninguna de estas vertientes sea la razón por la que apenas se le recuerde hoy en día.

La primera revista que dedicó enteramente su contenido al género de la ciencia-ficción fue Amazing Stories, publicada por Hugo Gernsback a partir de 1926 y de la que hablaremos en una futuro artículo. Pero ya desde hacía tiempo las revistas periódicas habían acogido historias de este género.

Año 2192. La Tierra se ha convertido en un planeta inhabitable a causa de la contaminación y la explotación abusiva de los recursos naturales. La mayor parte de la especie humana se ha visto obligada a establecerse en estaciones espaciales.

A comienzos de siglo, una Europa carcomida por la inestabilidad política sucumbe a un conflicto catastrófico, la mayor guerra experimentada por el mundo occidental en toda su historia. El orden social y político experimentaría una transformación profunda que daría lugar a nuevos regímenes, instituciones y tendencias sociales y culturales. Alemania e Italia se deslizaron hacia las dictaduras, Rusia cayó presa de la tiranía comunista, varias democracias otorgaron el voto a sus mujeres, el mundo colonial empezó a resquebrajarse tras haber animado las potencias contendientes los fuegos nacionalistas… y toda una generación quedaría traumatizada.

En 2016 hubo una noticia interesante en el ámbito de la navegación espacial. Un grupo de físicos de la Universidad de California en Santa Bárbara dio a conocer sus investigaciones sobre la posibilidad de utilizar la propulsión fotónica. Es decir, que los fotones emitidos por un laser golpearan una nave (en principio pequeña) de tal manera que el empuje generado permitiera a dicha nave alcanzar altas velocidades. Recordemos que en el espacio no hay rozamiento que frene los objetos en movimiento.

No siempre los remakes son mejores que la película original, pero este es uno de esos casos. La mosca (1958), dirigida por Kurt Neumann, era una película entretenida. Su versión de los ochenta –por cierto, quién lo iba a decir, producida por Mel Brooks– es terrorífica, una de las películas más impactantes y acongojantes de la ciencia–ficción.

Durante casi diez años me dediqué a dar recorridos en el Museo de Geología de la UNAM. Me preocupaba por dar información comprobable y lo más actualizada posible pero, como narrador de historias, también me gustaba mostrar otras caras del mismo dado. Cuando llegaba a la sala de paleontología, completaba muchos de los datos científicos con anécdotas históricas y mitología, buscando dejar una percepción más clara de la influencia que los fósiles, en especial los de dinosaurios, tienen en la cultura.

La ciencia ficción, como toda expresión artística, cuenta con obras atemporales que cualquier lector de cualquier época puede disfrutar; y con obras producto de su tiempo y para cuya comprensión es necesario un conocimiento previo de su marco de referencia temporal y social. Estas últimas nos sirven de puerta al pasado, que nos ayuda a entender determinados aspectos de la sociedad en cuyo seno fueron concebidas.

El éxito cosechado por Star Trek: La nueva generación (1987–1994) supuso a la hora de la verdad poco impulso en lo que se refiere a la producción de nuevas series televisivas de ciencia ficción. De hecho, muchas cadenas seguían pensando que el género era veneno para las cifras de audiencia. Star Trek no era más que la excepción que confirmaba la regla.

Resulta curioso que en un género como la ciencia-ficción, que, al menos en parte, puede definirse por oposición a lo religioso y místico, esté tan presente una figura tan querida a la religión como es la del mesías.

Desde su publicación en 1869, la novela de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino no sólo ha superado en longevidad editorial a otros best-sellers del momento e incluso a la mayoría de obras de autores premios Nobel, sino que ha cautivado la imaginación de cuatro generaciones de lectores. Es por ello por lo que figura entre los clásicos de la literatura universal.

Sí, Leslie Nielsen (1926-2010) es uno de los protagonistas de la película. Y no, no es una comedia. El actor se hizo luego mundialmente famoso gracias a films paródicos como Aterriza como puedas o Agárralo como puedas, pero en sus inicios fue considerado como un intérprete de películas serias . En Planeta prohibido es, de hecho, el héroe de la historia: salva la situación y se queda con la chica sin hacer ni una broma.

The Night Land es uno de los libros de ciencia-ficción más peculiares que se hayan escrito jamás. Su autor, el británico William Hope Hodgson, pertenecía al círculo de escritores eduardianos (George MacDonald, Arthur Machen, Lord Dunsany o David Lyndsay) que al final del movimiento prerrafaelista, afectados por el clima de inestabilidad europea y huyendo de la sociedad industrializada, impulsaron el género fantástico.

De todas las maneras que tiene un escritor de ciencia ficción de alcanzar la fama, sin duda la más original fue la elegida por Lafayette Ronald Hubbard. No llegó a ella a través de sus numerosos relatos firmados con diversos pseudónimos (Rene Lafayette, Tom Esterbrook, Kurt von Rachen, Captain B.A. Northrup, Winchester Remington Colt), sino en su calidad de fundador de la Iglesia de la Cienciología.