Un poco de todo hay en Volar en círculos. Historias de mi vida de John Le Carré que, traducido por Claudia Conde, ha editado Planeta en Barcelona. A una serie de crónicas  sueltas, mayormente prescindibles, se añade un par de capítulos de autoanálisis, imprescindibles. No sólo guardan al fino y encarnizado investigador de sí mismo sino que permiten pensar acerca de la calidad vocacional de cierto tipo de escritor, el que podríamos llamar escritor espía. Me atrevo a pensar que es generalizable y decir que cualquier escritor lo es.

¿Qué línea separa el suspense del terror? Un ejercicio estimulante para el aficionado al cine de género puede ser intentar localizar esa frontera en esta notable película de André Øvredal, director noruego que llamó la atención mundial hace unos años con su sorprendente Trollhunter (2010).

La historia de nunca acabar

Hace unos años el cine se ocupó de biografiar al poeta Jaime Gil de Biedma. El filme se llamó El cónsul de Sodoma y en él un excelente y sensible Jordi Mollá lidió victoriosamente contra un guión presumido y débil. Comentándolo con un amigo que había tratado al escritor, escuché su rasante censura, basada en el hecho de que (sic) había conocido a Gil de Biedma y no era para nada como lo mostraba su biopic. Pensé que aviados estamos si cada vez que se nos referencia algo histórico en el cine sólo lo entenderemos si hemos conocido a los personajes “reales” del caso.

Si lee usted periódicos o blogs, ve o escucha noticieros, o está conectado a las redes sociales, seguramente ya se enteró del hallazgo, dentro de una pieza de ámbar procedente de las minas (sí: el ámbar se extrae de minas) del estado de Kachin, en Myanmar (o Birmania), de un fragmento de cola de dinosaurio maravillosamente bien preservado, que tiene la característica de presentar plumas.

El trabajo de los científicos es muy similar al de los detectives de las novelas o la televisión. Decirlo es un lugar común, pero no deja de ser cierto.

En lo que llevamos de siglo, los zombis han pasado de ser “propiedad” de los aficionados al cine terror a convertirse en un producto de consumo general. El éxito de la adaptación televisiva del cómic The Walking Dead, las “marchas zombi” (zombie walk), la avalancha de comedias zombi a raíz del éxito de Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004), glamourosas muñecas infantiles zombi, videojuegos, monólogos zombi (!)... todas estas cosas y alguna más han “democratizado” a los zombis, y de paso han terminado por cansar un poco.

En el melodrama, las palabras emocionantes y el gesto sincero son armas muy poderosas. Belleza oculta acude a su cita con los espectadores usando ambos recursos, pero también lastrada por algún que otro problema de guión.

Hace poco, todos nos entusiasmamos con la serie de televisión Stranger Things, básicamente porque remitía al cine juvenil de los años 80, con un buen puñado de referencias directas e indirectas a las películas y la cultura popular de aquellos tiempos.

Jim Preston (Chris Pratt) sólo quería emprender una nueva vida en otro planeta. ¿Era eso tanto pedir? Jim quería ser un colono espacial, pero acaba de descubrir que su cápsula de hibernación se ha desactivado noventa años antes de lo previsto. Para su desgracia, no puede regresar al estado de letargo y morirá de viejo antes de llegar a su destino.

Noche Oscura: Una historia verídica de Batman

En la ficción, todo es negociable. Empezando por la verdad. Bien lo sabían los inspiradores del Nuevo periodismo ‒de Truman Capote a Gay Talese‒ cuando nos acostumbraron a ver crecer las palabras a partir de hechos reales. Y es justamente en esa intersección entre lo real y lo soñado donde nos sitúa este cómic prodigioso, independiente de los géneros, tan conmovedor como la vida misma y tan imaginativo como uno de esos casos que resuelve Batman.