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Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

 “ (…) el exilado que no desea morir sufre, / pero el exilado que busca la muerte, encuentra / lo que antes no había conocido; la ausencia / del dolor en un mundo ajeno.” (“La continuación”)

Al prologar La invención de Morel en 1940, Borges adoctrina acerca del rigor que exhiben las novelas de aventuras y aun las policiacas –de modelo inglés, “novelas-problema” que, estrictamente, no lo son sino cuentos con un solo punto de tensión, la identidad del criminal– frente a lo informe de las novelas psicológicas que transcriben la realidad. Sus bestias negras son los rusos –los conocía pobremente, unas pocas páginas de Los hermanos Karamazov, según atestigua Bioy en sus memorias– y Proust, al que no había leído, según opinión de Victoria Ocampo. En Borges, desde luego, no hay psicología. No es que falte sino que no hay, porque la psicología es proceso y todo proceso es concreto y a Borges lo concreto, a contar de la inmediatez sensible, le es ajeno y no lo necesita.

Boom-boom

A cuento de algunas fechas –los centenarios de Octavio Paz, Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares, la muerte de García Márquez– se sacó a relucir el asunto del boom literario latinoamericano de los años sesenta. Tanto los medios académicos como el periodismo diario siguen hablando de él. Algunos intentaron, hasta ahora sin mayor consecuencia, hacer circular un post-boom. Se dice que de tanto mentar algo, la magia creadora de la palabra acaba otorgándole realidad. Pero la realidad tiene también aspectos irreales o, como se decía el siglo pasado, surreales.

Amantes del género policial, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares dieron cauce de expresión a las inquietudes y solaces fruto de su común afición en los singulares relatos que toman como eje a un «detective» o investigador no menos singular: Isidro Parodi, «el penado de la celda 273» de la Penitenciaría Nacional, que resuelve los casos que le plantean sin moverse de ella.