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Hay un tipo que me resulta especialmente antipático dentro de la historia de la ciencia: Carolus Clusius, nombre latinizado de Charles de l’Écluse. Flamenco de Arrás, de cuando esta ciudad fronteriza pertenecía a los Países Bajos, Clusio ha pasado a la historia por ser un eminente botánico.

Una sabia llamada María

Cuenta Bernardo de Cienfuegos (1580-1640), sabio entre los sabios, que los boticarios de la villa y corte madrileña compraban las hierbas medicinales que vendían en sus opulentas boticas a las mujercillas que se encargaban de recogerlas en estercoleros, escombreras, muladares y tapias de cementerios. Esas mismas mujercillas que tenían prohibido, por ley, examinarse de boticarias o tener botica abierta, aunque fueran viudas de boticarios. Esas mujerucas que, sin embargo, eran las que conocían, a la perfección, las virtudes medicinales de las plantas, las que sabían distinguir una lunaria de una mandrágora, una ruda de un acónito.

Es como si los malditos nos olfateásemos, a través de los siglos. Como si los descastados nos encontrásemos, más allá del espacio y del tiempo. Los apartados, los que decidimos no doblegar la cerviz, los que arruinamos nuestro futuro antes que pasar un solo segundo de rodillas. Los pobres desgraciados cuyo único patrimonio es el orgullo. Los que habitamos en tierra de nadie, con la dignidad como única compañera de viaje.