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Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

Ahora mismo usted estará pensando: "Vaya. Otra adaptación del catálogo Disney repleta de efectos, con su punto de partida y de llegada en la taquilla". Por suerte, El Libro de la Selva escapa de ese lugar donde el arte desaparece y comienza la pura explotación comercial. En realidad, esta nueva versión rodada por Jon Favreu es una buena película. Magnífica, en algunos momentos. Y como ejemplo de animación digital, llega a ser deslumbrante.

Aunque uno no sea un fan entregado de Bill Murray, es casi indiscutible que hablamos de un actor sin igual. Nadie es como Murray, ni siquiera su magnífico hermano Brian Doyle-Murray.

Se puede decir que Wes Anderson es un director fiel a su propio imaginario. En cada una de sus historias encontramos una serie de denominadores comunes: estética simétrica y preciosista, obsesión por el fetiche retro, escenografía teatral, planos exquisitos, melancolía, humor y un viaje, ya sea interior, exterior o ambos, en el que conviven un íntimo aprendizaje e hilarantes aventuras. Desde Bottle Rocket hasta El Gran Hotel Budapest, sus fábulas se desarrollan en un mismo lugar: un mundo onírico, ficticio, irreal que con cada nueva película va ampliando sus fronteras. Esta vez la imaginación andersoniana hace hueco a un nuevo país, esculpido a partir de los países del este de Europa.

Guerreros del arte. Así llama Robert M. Edsel a los integrantes del Grupo de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, protagonistas de su libro The Monuments Men, publicado entre nosotros en 2012 por Destino. Mucho antes de que George Clooney llevase esta historia real a la gran pantalla, Edsel se empeñó en investigar a esos peculiares personajes que lo dieron todo por salvar el arte europeo durante la Segunda Guerra Mundial.

Antes de nada, he de aclarar que soy uno de esos carcas que piensan que ninguno de los descendientes del director de El Padrino le llega a la suela a su zapato. Sofia y Roman son gente importantísima para el moderneo mundial, y eso será del agrado de la gente evolucionada y joven de espíritu y mente. Pero sospecho que soy un apocalíptico apolillado antes de tiempo, porque no veo la grandeza de soserías como Lost in Translation o esta película.

A veces, la comercialidad de un producto es valorada en otros términos con el paso del tiempo. Eso es lo que ha ocurrido con esta comedia escrita por Dan Aykroyd y Harold Ramis: una cinta amable que ya es, para la mayoría del público, una película de culto.



En la nueva película del aclamado director y guionista Jim Jarmusch, y ganadora del Grand Prix en el Festival Internacional de Cine de Cannes de 2005, Bill Murray da vida al protagonista, Don Johnston.



Desde un planteamiento original y sumamente divertido, Zombieland, de Ruben Fleischer, sigue demostrando que el subgénero de zombis admite grandes dosis de comedia. Trepidante y políticamente incorrecta, la película es todo un festín para los amantes del terror.



Con solamente tres películas (Bottle rocket, Rushmore y The Royal Tenenbaums), Wes Anderson ha establecido un punto de vista cargado de comicidad y a la misma vez profundamente humano acerca de la vida moderna y las relaciones.