logo200pxtesauro
Tercera época - Nº 327. ISSN: 2530-7169. Lugar de edición: España. Entidad responsable. conCiencia Cultural

Archipiélago

Había una vez, y sigue habiéndolas, muchas islas en el mundo de la fábula. Se puede hacer un fragmentario y, si se quiere, aleatorio recorrido por ellas, hasta llegar a la de Morel. En embarcaciones provisorias que recorren lugares de la geografía y de la ocurrencia, o dando saltos sobre las aguas intermedias. Finalmente, se trata de un archipiélago.

En El Dorado (1988), Carlos Saura parece cambiar bruscamente de talante, dejando a un lado el intimismo crítico de su primera época, ligada a la dictadura, y la exploración, en parte musical y coreográfica, de ciertos mitos españoles, de su segunda época. Con El Dorado entra de lleno en la superproducción histórica, tomando como asunto la aventura de Lope de Aguirre.

Colón es un hombre del que no tenemos ni un solo retrato fidedigno. Un hombre sin “imagen”. Y no es porque su época se lo impidiera. Al contrario, el Renacimiento fue, entre tantas cosas, una cultura de la individualidad: la vida privada, lo interior, la diferencia entre sujetos individuales.

Una nutrida investigación de Juan Gil (Mitos y utopías del Descubrimiento, tres volúmenes coeditados en 1989 por Alianza y la Comisión del Quinto Centenario: Colón y su tiempo, El Pacífico y El Dorado) permite volver, por si no se hubiese hecho nunca, sobre las mitologías que alentaron los viajes a las Indias a partir de los tardíos años del Cuatrocientos.

La España de finales del XIX se dividía en krausistas y neo-católicos. Estos últimos, los neos, como eran denominados de forma despectiva por sus contrarios ideológicos, tenían como cabeza visible a Marcelino Menéndez Pelayo. Neo, sí, pero no por ello menos erudito. De hecho, estamos ante uno de los grandes eruditos de nuestra cultura.

Historias antiguas

Hace diez años escribía, por primera vez, la pasión que siento por Sevilla. Una pasión que, hasta entonces, llevaba sólo para mí, no compartía con nadie. Y lo escribí en el único de mis libros que nunca ha visto la luz, el único que permanece inédito. Un estudio dedicado a Cristóbal Colón. Un libro cuyo epílogo, escrito en pleno barrio de Santa Cruz, decía, entre otras cosas:

Cuando uno nace siendo hijo de Cristóbal Colón hay que decir que tiene medio camino hecho. Si tu casa es un trasiego de marinos, cosmógrafos y navegantes, hablando todo el día de derroteros y cartularios, lo más normal es que se te ocurra la respuesta al mayor enigma de la navegación moderna con casi tres siglos de antelación.

La epopeya americana

El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón no descubrió América: se topó de bruces con ella. En realidad, lo que Colón iba buscando era una ruta alternativa hacia las míticas islas de las especias, donde se producía el clavo, la pimienta, la nuez moscada, el jengibre, la canela o el anís estrellado.

Fuerte Navidad

Habían pasado casi tres meses. Casi noventa noches desde aquella madrugada en la que Rodrigo, al que decían de Triana, gritó "¡Tierra!" desde lo más alto de La Pinta, la más ligera de las tres carabelas que iban a cambiar, para siempre, el curso de la Historia.

El 20 de mayo de 1506, moría Cristóbal Colón. Dicen quienes le conocieron que era alto y delgado. De nariz aguileña y ojos garzos, sus cabellos habían encanecido prematuramente. Cuentan que era afable con los extraños y suave con los conocidos. De hablar sobrio y discreta conversación, todos coinciden en afirmar que era dueño de un secreto que ni a sus patrocinadores podía revelar.