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Estamos en una época de exageraciones y frases hiperbólicas. ¿La razón? Bueno, principalmente la intención de llamar la atención en un mar infinito de titulares, opiniones y productos, pero también la poca experiencia, memoria o bagaje cultural de quienes suelen decir que cada película que se estrena es la peor o la mejor de la Historia del Cine (que para ellos suele comenzar alrededor del año 2008).

La aspiración de quien produce una película bíblica es provocar una adhesión a gran escala con el mundo de los creyentes. Si ellos aprecian el film y acuden a los cines, el resultado en taquilla puede resultar óptimo, y de hecho, así era en los lejanos tiempos en los que el peplum religioso era un subgénero en auge.



Darren Aronofsky, tras su debut en el largometraje con Pi (1998), un film muy bien recibido por la crítica, prolongó su carrera con este Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream), una adaptación de la novela escrita en 1978 por Hubert Selby, el responsable de Last Exit to Brooklyn.



Conmovedora y entrañable a la vez, “La fuente de la vida” es una historia sobre el amor y el enfrentamiento con la muerte, que se desarrolla a lo largo de tres periodos de tiempo muy diferentes.



Pocos largometrajes nos entretienen, sobrecogen y emocionan de una manera tan noble como The Fighter. A veces, el talento de todo un elenco encaja tan a la perfección en una película que el público lo tiene difícil para no dejarse atrapar por ella. Así ocurre con esta cinta, un drama de una energía y nitidez sorprendentes.



Tras la soberbia e inesperadamente sobria El Luchador (2008), el director Darren Aronofsky regresa triunfal con este drama psicológico cercano al thriller y el terror. Natalie Portman deslumbra con un intenso y dificilísimo papel de prima ballerina con serios problemas emocionales.

"El luchador", de Darren Aronofsky



No hace mucho, al hilo de una efímera reflexión, un amigo me recordó que el espejo –ése en el que nos miramos todos los días, al levantarnos– no es nuestro mejor compañero. Siempre nos muestra la cara amarga de la realidad: el tiempo pasa, cada día más agresivo. Por eso, en bastantes ocasiones, el dicho de que la cara es el reflejo del alma se cumple sin esfuerzo.