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Inquietante. Este es el mejor adjetivo que puede usarse para calificar esta película. El contraste entre el aparentemente voluble y divertido locutor de radio y la acosadora que convierte su vida en un infierno abre posibilidades dramáticas que están muy bien aprovechadas.

Harry Callahan es el rey de la ambigüedad. Por eso no resulta extraño que protagonice una película de buenos y malos. La línea divisoria entre ambos conceptos es resbaladiza en ocasiones, y por eso Don Siegel nos propone que no nos fijemos en los métodos sino en los fines.

Ocurre hasta en las mejores familias. Ya se puede tener fama y trayectoria intachables, como el cuerpo de Policía de Los Angeles (LAPD), que el destino hace casi inevitable la aparición de ovejas negras que intentan contaminar el rebaño.

 
Un ladrón, con la colaboración de su mujer y de un amigo, roba un banco mejicano sin saber que la Mafia guarda allí su dinero. A partir de ese momento, el infeliz criminal deberá huir de los gángsters al mismo tiempo que trata de esquivar a la policía.

 
Dan Madigan (Richard Widmark) y su compañero Rocco Bonaro (Harry Guardino) son dos policías que llevan años en el cuerpo, trabajando siempre a pie de calle. Durante una operación rutinaria se les escapa un delincuente buscado por toda la ciudad, al que deben encontrar en 72 horas. Mientras tanto, la atención del comisario Anthony X. Russell (Henry Fonda) se dirige en la misma dirección.

 
El testimonio del comisario de policía George Edward Grodman (Sydney Greenstreet) envía a la horca por el asesinato de Hannah Kendall a un hombre inocente. Grodman se ve obligado a dimitir y su rival John R. Buckley (George Coulouris) es designado en su lugar.

A partir de la novela The Body Snatchers (1955), de Jack Finney, editada por entregas en la Colliers Magazine, Don Siegel rodó en 1956 uno de los clásicos incontestables de la ciencia-ficción.