Trestesauros500

Un Verdi juvenil en Génova

Verdi triunfó con Nabucco cuando tenía 28 años. Una juventud, en ardor y energía, que emerge a través de todas las notas de tan espontánea, inspirada y vigorosa partitura.

El Riccardo de Di Stefano

Riccardo, de la verdiana Un ballo in maschera (o Gustavo III de Suecia si se elige la versión no censurada de la ópera) es un personaje que se distingue tanto por su elegancia como por la espontaneidad, la naturalidad de su canto.

Si se nos menciona a Verdi, Puccini y Zandonai enseguida se encienden en la memoria las luces de un teatro de ópera. No obstante, los tres supieron, aunque incidentalmente, reducirse a la íntima sonoridad del cuarteto de arcos.

Rossini y Verdi, años 70

Antes pertenecientes al sello Acanta, luego recicladas por Arts Archives, dos autorizadas versiones de L’italiana in Algeri e Il Trovatore volvieron a recuperar espacios actuales, tras años sumergidas en el olvido, fuera de la circulación discográfica.

Curioso destino el de Giovanni Sgambati (1841-1914). Liszt se lo recomendó a Wagner, dado que Sgambati era, como Liszt, un notable concertista de piano. Wagner admiró algunas de sus partituras y, a su vez, lo recomendó al editor Schott para que las publicase.

Para todos los melómanos, un teatro de ópera es un templo laico en el que conmemoramos la leyenda y la verdad substancial de la música. Por supuesto, dejando aparte ese perfil altisonante, también lo consideramos un punto de encuentro social y un lugar en el que disfrutar a lo grande, y de paso, fijar nuestros recuerdos.

Barbieri a solas

Fue buena idea la de Myto de reunir en un volumen varias interpretaciones de la gran mezzosoprano triestina Fedora Barbieri, es decir, dedicarle un recital a ella solita.

Es raro que Verdi, que admiraba a Alessando Manzoni hasta la adoración y que tenía como lectura de cabecera su preciosa obra I promessi sposi (Los novios), no se planteara (¿atreviera?) pasar al pentagrama tan magna, movida y entretenida novela.

Anna Netrebko (Krasnodar, Rusia, 1971) es hoy sin duda la soprano operística más famosa, sin que apenas discutan su supremacía las búlgaras Krassimira Stoyanova o Sonya Yoncheva, la norteamericana Sondra Radvanovsky o la alemana Diana Damrau. Una lista que podría quizás ser susceptible de ampliación o mejora y donde no aparece ninguna cantante italiana, dejando de lado a la que podría considerarse como la “reina madre” de todas esas sopranos que se halla ya algo cercana ya a la sesentena: Renée Fleming.

Este Ernani de Verdi procedente, sin estar fechado, del teatro de Trieste que lleva el nombre del compositor, con Mara Zampieri en el nada cómodo papel de Elvira, puede situarse entre 1978 y 1985, un momento en que el arte de la soprano paduana encontraba una correlación entre medios y pretensiones.