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"La señora Osmond", de John Banville

Es un atrevido ejercicio literario tomar una obra maestra y construir una secuela. En el cine esto nunca suele traer buenas noticias, salvo que hablemos de El Padrino, cuya segunda entrega no desmerece de la primera (hay gente que la prefiere) e, incluso, la tercera podría ser considerada obra maestra si se analizara aparte.

Theodora Bosanquet fue la mecanógrafa de Henry James entre los años 1907 y 1916. Escribía en una Remington que hacía mucho ruido y que se convirtió en un aditamento más del estudio del escritor.

En estos días en los que el verano riguroso se ha suavizado, en la película hacía la misma temperatura que en la calle. Fui a ver Céline y Julie van en barco, de Jacques Rivette, en el ciclo de «Cine de ilusionismo» de la Filmoteca.

"Notas sobre Venecia", de Juan Lamillar

Quien dice Venecia, dice arte y literatura. La ciudad no conoce apenas rivales como escenario de relatos y poemas inolvidables, y en este sentido, la percepción de lo veneciano ‒gracias sean dadas a los dioses‒ no depende de los folletos turísticos, sino de la estratificación de muchos recuerdos ilustres.

Contra el narrador omnisciente

En las novelas con un narrador en primera persona, aunque sepamos que se trata de alguien que nos está contando una historia tal como él la ve, tendemos a pensar que podemos fiarnos de sus palabras. Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con lo que este narrador nos dice, pero no solemos pensar en que nos mienta deliberadamente, o que cuente las cosas, los actos concretos, de manera diferente a como sucedieron. Y mucho menos se nos ocurre pensar que no piensa lo que dice que piensa. Esta confianza, que no tiene razón de ser desde un punto de vista lógico, ha sido aprovechada por algunos autores para dar una vuelta de tuerca a una narración. Creo que eso sucede en El doble de Dostoievsky, aunque no lo recuerdo bien, y sin duda en alguna de las novelas de Nabokov, quizá en Pnin, quizá en Desesperación: de pronto, llegados a una página determinada, nos damos cuenta de que el narrador en el que confiábamos nos ha mentido, está loco, no es de fiar. Esto es muy interesante.

Aunque el volumen que nos ocupa incluye otras piezas magistrales de Henry James, la más conocida y prestigiosa de todas ellas es Los papeles de Aspern (1888).

"La edad ingrata", de Henry James

Mi deuda de gratitud con Henry James es impagable. No solamente por las obras que escribió, sino por el magisterio que ejerció sobre escritores (y escritoras) que forman parte de mi universo literario. Dicho así suena trascendente y un poco cursi, pero así soy yo, demasiado trascendente y un punto cursi, en honor a mi tierra de origen, donde parece que se originó la palabrita.

Al leer un ensayo de David Lodge, supe que la novela favorita de Proust era Un par de ojos azules (1873), de Thomas Hardy. Quiso algún dios generoso que se produjera la feliz coincidencia de que mi hermana tuviera ese libro. Así que lo he leído.

Los fantasmas nos sumergen en el éxtasis de la eternidad. Reciben el poder evocador del pasado y marean a sus espectadores con el perfume secreto de la muerte, que excita sentimientos de miedo y de fascinación.

"Nada se sabe de lo que ellas puedan esperar, pero nosotras no tenemos por qué atenernos a sus espectativas." (Jane Austen, Juicio y sentimiento, capítulo 2)