Apostillas a Beatriz Sarlo

Se puede leer en El País del 15 de julio pasado un inteligente y ameno artículo de la ensayista argentina Beatriz Sarlo: El mundo será Tlön.

El genio no nace, se hace

Que yo sepa, no se conoce ningún caso de genio que no haya necesitado hacerse, más allá de algún matemático, algún músico  o alguna persona dotada para ciertas operaciones mentales, que casi siempre combina su genialidad en ese terreno con el autismo o alguna otra característica mental que suele afectar a su vida cotidiana. Lo que antaño se llamaban idiots savants, idiotas sabios. Pero eso no es lo que suele considerarse un genio, sino tan solo “un genio… para el cálculo”, por ejemplo.

Debo emplear la primera del singular para referirme a Pepe Bianco. Los recuerdos personales se mezclan  con los menos (¿o más?) personales de la lectura de sus textos, desde mis juveniles tardes en la biblioteca “Miguel Cané” de Buenos Aires, donde sus libros se confundían con los de su padre, un profesor de historia constitucional y político a rachas. Así los textos de José Bianco padre, como en alguna ocurrencia fantasmal de su hijo, se atribuían a éste y databan de años anteriores a su nacimiento. Allí pude recorrer los cuentos de su primer título, La pequeña Gyaros, que él se ocupó en borrar de su catálogo, salvo alguna pieza suelta.

Aproximo en estas páginas a dos escritores de la misma época, nacidos con un año de distancia, para disipar  un lugar común poco productivo y, a mi entender, equívoco en la crítica corriente.

Borges el traidor

En la nota dos a Los kenningar escribe Borges: “Dura palabra es traidor. Sturluson – quizá– era un mero fanático disponible, un hombre desgarrado hasta el escándalo por sucesivas y contrarias lealtades. En el orden intelectual, sé de dos ejemplos: el de Francisco Luis Bernárdez y el mío.”

Apunte sobre Borges y Croce

Raramente ha teorizado Borges sobre poética y crítica. Quizá no ha dejado de hacerlo mientras escribía. Por tal motivo, son escasas sus apelaciones a teóricos y doctrinarios. La idea de que todo escritor inventa a sus antecesores proviene de T.S. Eliot.

Son bien conocidos los contactos y deudas de Borges con el barroco español. Con Góngora y Gracián, ambivalentes. Con Cervantes, intensos pero parciales: Cervantes como resultado del Quijote no es el autor del Persiles. Sólo Quevedo es una referencia fuerte y constante. Quevedo, a quien no trepida en juzgar, con elogio infrecuente en Borges, “primer artífice de las letras hispánicas” en el prólogo a una antología de verso y prosa quevedianos, publicada en 1948. Más aún, en un poema de vejez, aceptando haber elegido en su juventud el español como lengua literaria, lo identifica con el idioma mismo: “Mi destino es la lengua castellana/ el bronce de Francisco de Quevedo”.

La obra y la biografía personal de Borges trazan unos ciclos sugestivamente ligados al desarrollo histórico de la Argentina en el siglo XX. Si bien la obra de un escritor no es reducible a su vida histórica, pues sus libros se leen después de su muerte y la historia subsiguiente añade y quita datos a sus textos, desde un punto de vista genético, o sea considerando los textos a partir de las condiciones históricas en que se produjeron, es útil estudiar cómo la parábola biográfica se corresponde o no con la organización interna de su obra.

Metáfora y traducción

La metáfora y la traducción se codean en el mismo volumen borgiano, el paradójicamente titulado Historia de la eternidad. Ello ocurre a propósito de dos literaturas “primitivas”, las sagas nórdicas y Las mil y una noches.

“Espacio y tiempo y Borges ya me dejan” se lee al terminar el poema “Límites”. Y, al empezar “The thing I am”: “He olvidado mi nombre. No soy Borges”. Este escritor que, sobre todo, en sus últimos tiempos, tan obsesivamente ha dicho soy y explorado las distintas identidades que abre esta primera persona del singular del inasible verbo ser (una de las pocas cosas que nos está vedado definir, bajo pena de tautología: “el ser es…”), de pronto queda reducido a un mero pronombre: yo. Un puro y abstracto yo, que no se refiere a nadie, sino que parece haberse contraído a mera función gramatical: sujeto a secas, sujeto del lenguaje.