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Eco en migajas

Postulo que el primer deber de todo escritor es identificar sus obsesiones, corrientemente traducidas como temas. El segundo, disimularlas. La mejor prueba de ambos suele ser una miscelánea, como Sobre literatura, que recoge conferencias, artículos, respuestas a cuestionarios de Umberto Eco (1932-2016).

Catálogo de rarezas

La Argentina tiene fama de ser un país raro, por lo escaso de sus tipismos, su falta de color local americano, la dificultad para clasificarlo dentro de las categorías del desarrollo y los recursos naturales, la demografía y las breves tradiciones de su cultura. No es casual, entonces, la proliferación de personajes raros en sus letras.

Las pantuflas del letrado

Siempre ha provocado una especial fascinación el conocimiento de los personajes famosos en la corta distancia. Pareciera que la grandeza exige la lejanía y que la proximidad la destruye, de modo que vale evocar el tópico de que cualquiera es pequeño para su ayuda de cámara.

Historia del alma

Me gustan los escritores que, no siendo músicos ni críticos musicales, escriben algo sobre la música. Toman la palabra por quienes conformamos la inmensa mayor parte de la realidad musical: los melómanos.

Poe de ida y vuelta

Pionero de la novela policiaca y de la ciencia-ficción, renovador de la literatura de horror y maestro del relato. Esos, entre otros, son los méritos que distinguen a Edgar Allan Poe (Boston, 19 de enero de 1809 - Baltimore, 7 de octubre de 1849).

Borges enamorado

El libro de Estela Canto Borges a contraluz (Espasa Calpe, Madrid, 1989) puede leerse como un capítulo ideal de una conjetural historia de la literatura argentina.

La falsa modestia y la soberbia cierta

A menudo se dice que alguien muestra una falsa modestia o una modestia estudiada.

Apostillas a Beatriz Sarlo

Se puede leer en El País del 15 de julio pasado un inteligente y ameno artículo de la ensayista argentina Beatriz Sarlo: El mundo será Tlön.

El genio no nace, se hace

Que yo sepa, no se conoce ningún caso de genio que no haya necesitado hacerse, más allá de algún matemático, algún músico  o alguna persona dotada para ciertas operaciones mentales, que casi siempre combina su genialidad en ese terreno con el autismo o alguna otra característica mental que suele afectar a su vida cotidiana. Lo que antaño se llamaban idiots savants, idiotas sabios. Pero eso no es lo que suele considerarse un genio, sino tan solo “un genio… para el cálculo”, por ejemplo.

Debo emplear la primera del singular para referirme a Pepe Bianco. Los recuerdos personales se mezclan  con los menos (¿o más?) personales de la lectura de sus textos, desde mis juveniles tardes en la biblioteca “Miguel Cané” de Buenos Aires, donde sus libros se confundían con los de su padre, un profesor de historia constitucional y político a rachas. Así los textos de José Bianco padre, como en alguna ocurrencia fantasmal de su hijo, se atribuían a éste y databan de años anteriores a su nacimiento. Allí pude recorrer los cuentos de su primer título, La pequeña Gyaros, que él se ocupó en borrar de su catálogo, salvo alguna pieza suelta.