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El propósito de la ciencia ficción no es adivinar el futuro. Sólo con el transcurrir del tiempo es cuando las obras (ya sean películas, novelas o comics) pueden verse con perspectiva e insertas en un momento histórico y social definido. Es fácil entonces darse cuenta de que su objeto de estudio es en realidad el presente del momento en que se crearon, con sus esperanzas, prejuicios, preocupaciones y circunstancias individuales y colectivas. Pero hay ocasiones en las que parece que parpadeos del lejano futuro consiguen abrirse paso hacia el pasado, aunque deformados, exagerados y magnificados por la borrosa lente a través de la cual miramos hacia el mañana.

El mismo año en el que muere Julio Verne, este libro (originalmente titulado Fragment d'histoire future) predice un apocalipsis del que la humanidad consigue salir renovada tras haber sobrevivido al agotamiento de los recursos del sistema solar, retirándose bajo la corteza terrestre y formando una especie de Utopía de resultado incierto.

La mayor contribución de Walt Disney a la industria e historia del cine fue el genio que aportó al arte de la animación. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial, su estudio también fue conocido por sus películas con actores de carne y hueso y sus programas para la televisión. Muchas de aquellas películas fueron producciones relativamente modestas, pero otras, como Mary Poppins o la cinta que nos ocupa, disfrutaron de un amplio presupuesto y una grandiosidad propia del mejor Hollywood clásico. Lo que todas tenían en común es que habían sido cuidadosamente pensadas para un público familiar.

El tema de la ciencia aplicada al armamento es una cuestión que Verne trató en varios de sus libros: el submarino Nautilus en Veinte mil leguas de viaje submarino, los vehículos de Robur, las armas de destrucción masiva en Los 500 millones de la Begún… El escritor galo vuelve aquí sobre la misma idea, aunque enfocándola desde una óptica excesivamente patriotera.

En 1972, anticipándose unos veinte años a la publicación de ese pastiche encantador que es El año de Drácula, de Kim Newman, podemos encontrar el evento del que sin duda es directamente deudor el cómic La Liga de los Caballeros Extraordinarios, de Alan Moore.

La ciudad del futuro es uno de los temas y escenarios recurrentes en la CF desde los inicios del género. Ya vimos el amargo enfrentamiento planteado por Julio Verne entre sus extremas Franceville y Stahlstadt en Los quinientos millones de la Begún (1879) y el desagrado que Richard Jefferies sentía hacia la vida urbana en After London (1885). Hay autores que imaginaron ciudades utópicas, pero en el caso que nos ocupa ahora lo que encontramos es un lugar en el que los pobres continúan soportando existencias miserables mientras los beneficios de la tecnología se reservan para los más adinerados.

Entramos en la última década del siglo XIX, momento del florecimiento de la CF, impulsada, según el cliché, por el éxito de Verne y Wells, pero también gracias a la moda de utopías como la de Edward Bellamy. Cientos de títulos vieron la luz en estos años; de hecho, la evolución del interés del público por el nuevo género fue cada vez mayor a medida que se aproximaba el nuevo siglo.

A finales del siglo XIX, la época dorada de Verne ya había quedado atrás. Sus mejores novelas hacía tiempo que habían sido publicadas y el género del "romance científico" había continuado evolucionando y ramificándose en formas más atrevidas que las ensayadas por el escritor francés. Sin embargo, aún le quedaban cosas que contar…

En esta ocasión, pasamos breve revista a uno de los mejores romances interplanetarios de finales del siglo XIX, escrito por el filósofo alemán Kurd Lasswitz (1848–1910). A veces se ha llamado a Lasswitz el Julio Verne alemán, pero, de hecho, su ciencia ficción tiene un sabor muy diferente a la del francés.

Leer a Julio Verne

Ya no podemos leer a Verne como ficción científica. Sus cálculos y prospecciones han sido contradichos o confirmados por la ciencia moderna y sus tecnologías. En el primer caso, han resultado fantásticos; en el segundo, trivializados por la realidad.