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Una vez que Merton (1942) abrió la puerta a los valores como un elemento fundamental para caracterizar la empresa científica y para sustentar la legitimación social de la misma, otros autores han aportado su propia visión. Paso a continuación a hacer un breve repaso, recurriendo, para ello, a referencias recogidas por Javier Echeverría en sendos trabajos de 1995 y de 2002.

Nosotros, los póstumos

Tengo edad suficiente como para haber atravesado y poder recordar tres sucesivos postismos y manifestarme parte de esa humanidad a la cual dichas filosofías nos la han definido como póstuma. Diré unas cositas levemente filosóficas por lo que el lector poco entusiasta de tal disciplina está a tiempo para cambiar de columna.

He querido combinar en el título de este artículo el concepto de sociedad abierta de Karl Popper, con la figura de otro filósofo, Bertrand Russell. De este modo, aparecen juntos, por un lado, uno de los filósofos más importantes del llamado pensamiento conservador o de derechas (Popper), y por el otro, el filósofo quizá más importante del siglo XX en el terreno progresista o de izquierdas (Russell).

Verdad científica

En ciencia, la palabra “verdad” debería usarse con mucho cuidado, o quizá evitarse por completo.

Una idea errónea muy común acerca de la ciencia es que está basada en certezas. En realidad, la ciencia es una disciplina en la que todo está, por principio, sujeto a discusión. La discusión crítica y la puesta a prueba de las explicaciones acerca de la naturaleza son la esencia misma de la labor científica.

Los tres mundos del doctor Popper

Desde hace unos años, la tradicional riña entre científicos y humanistas se ha recrudecido. Los físicos, biólogos, químicos, astrónomos y demás representantes de las ciencias "duras", "naturales" o, simplemente, "ciencias" han sostenido durante décadas (y hasta siglos) una larga discusión con sus contrapartes en las llamadas "ciencias sociales" o, simplemente, "humanidades".