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Lectores de Proust

Toda lectura es, al menos como proyecto, infinita. En el caso de Proust, si se permite la licencia, aún más infinita. La producción crítica generada por Proust es incesante y cada año aporta sus títulos.

«Las cosas hermosas que escribiremos si poseemos talento están en nosotros, difusas, como el recuerdo de una melodía que nos cautiva sin que podamos acordarnos de ella», escribe Proust en Contra Sainte-Beuve, y en efecto, en esta obra el autor empezó a recordar esa melodía que se convertiría, años después, en su célebre En busca del tiempo perdido.

"En el último volumen, Le Temps Retrouvé –escribe Peter Quennell–, Proust, que no vivió lo suficiente para publicarlo, describe la ruina de sus últimas ilusiones, pero rinde un espléndido homenaje a la fuerza curativa del arte".

En busca del tiempo perdido 6. La fugitiva

"En Sodome et Gomorrhe, La Prisonnière y Albertine disparue –escribe Peter Quennell–, a la vez que la amistad es desechada como un fraude, también se encuentra que el amor es deficiente; sea el amor del Narrador por Albertine o el de Charlus por su egoísta protegido Morel. Los amantes de Proust siempre abrazan una nube; pero una vez que la nube se evapora, la pasión se convierte en celos".

A lo largo de los siete tomos de esta obra, Proust hace el relato de una vida en la cual la búsqueda del tiempo perdido –pasado– se convierte en la fuerza vital que lleva al encuentro con la realidad del tiempo presente.

Nadie, hasta la publicación de En busca del tiempo perdido, había conseguido establecer una relación tan directa, tan íntima y personal, entre lector y novela; y nadie que haya escrito después ha podido liberarse de la influencia de esa nueva manera de concebir el arte de novelar que debemos a Marcel Proust.

Marcel Proust (1871-1922) y su obra, en buena parte autobiográfica, En busca del tiempo perdido, constituyen un singular ejemplo de ruptura radical con una preceptiva envejecida, y asimismo de fundación de una escuela narrativa innovadora.

En la historia de la literatura no es frecuente que un solo autor y una sola obra –Marcel Proust y En busca del tiempo perdido– revolucionen las concepciones vigentes de un género, invaliden las habituales formas de entender el trabajo de creación, y abran nuevos caminos por los que obligatoriamente han de transitar las generaciones posteriores.

Charles-Augustin Sainte-Beuve es el abuelo de todos los críticos literarios, incluido el firmante. Desdeñado por nuestros padres estructuralistas, sociologizantes, formalistas o historicistas, es recuperado en su arte de leer por sus nietos.

"Contra Sainte-Beuve", de Marcel Proust

En efecto, en principio Proust quería refutar las teorías del crítico francés pero ya sabemos lo que ocurrió: se le fue la mano o el texto se le fue de las manos y salieron dos o tres mil páginas de una obra inclasificable, acaso también una novela. En aquel apunte, la conclusión es un rápido ensayo sobre la lectura.