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Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925) es uno de los poetas más importantes en lengua francesa de la actualidad, traductor ‒Rilke, Góngora, Hölderlin o Musil figuran entre los autores cuya obra ha vertido al francés‒ y ensayista, y es bien conocido por el público castellanohablante gracias a la labor de un puñado de editoriales y de su traductor, el poeta Rafael-José Díaz. Junto con el también poeta Jordi Doce mantuvieron esta conversación que a continuación transcribimos.

Hasta ahora

Unas cuantas imágenes insisten en mi memoria cuando evoco a Luis Rosales. Ni por nacimiento ni por edad nos correspondía encontrarnos. Sin embargo, la evidente coincidencia literaria y algunos años de trabajo en común en lo que hoy se llama Agencia Española de Cooperación, bastaron para que nos propusiéramos un largo diálogo que la muerte no ha conseguido importunar.

Rembrandt y la luz de la sombra

Hace años, se pudo recorrer en la Biblioteca Nacional de Madrid una exposición compuesta de 146 grabados, un libro y un par de planchas de cobre debidos a la mano de Rembrandt. Las piezas fueron cedidas por la institución homónima de París.

Durante más de treinta años (exactamente, de abril de 1966 a abril de 1997) se escribieron Paz y Gimferrer. Al principio, de usted y cuando Gimferrer se llamaba Pedro. Luego, con mayor intimidad, cariño amistoso y atención profesional entre el escritor y su editor barcelonés.

Desnudemos a la Novia

Octavio Paz escribió dos textos sobre Marcel Duchamp, reunidos bajo el título de Apariencia desnuda: El castillo de la pureza (1966) y Water writes always in plural (1973). Varias sugestiones octavianas emanan estas páginas: la preferencia por Duchamp, que inserta en el surrealismo una cuña dadá, que le permite seguir experimentando y huir de los rigores eclesiales que atacan al fundador de la escuela, André Breton; la producción de un espacio octaviano donde se cruzan varias disciplinas con libertad epistemológica y rigor discursivo: las religiones comparadas, la metafísica del tiempo, la historia como proceso significante, la teoría del arte, la erótica del saber y la sabiduría erótica; observar cómo la lógica del ensayista, lógica del intento y del camino más que del fin y del objeto, se transfiere al lector, deviniendo una estética de la lectura como tanteo, como tiento; comprobar cómo, pasados muchos años, estos textos, sustraídos al contagio estructuralista de aquellos días, resultan legibles fuera de contexto, cuando hoy, tantos robustos ejercicios jergales de los sesenta yacen cuidadosamente expuestos en los gabinetes de arqueología del saber.

A lo largo del tiempo y a lo ancho de la historia, los hombres vamos pasando sin posibilidad de volver a pasar. Esto hace a la belleza del instante como único, ese instante que Fausto quería detener, sin advertir que su belleza dependía de su mortalidad. Pero, a la vez, los hombres podemos sustraernos a la historia y lo inexorable del tiempo, creando esos instantes absolutos que sirven de morada a la presencia. Pasamos de largo pero también insistimos

Diván de Octavio Paz

Una secreta afinidad parece reunir, en la palabra diván, al lenguaje y al cuerpo y, en consecuencia, recomendar que los divanes se utilicen para amueblar las consultas de los psicoanalistas. Pero la familiaridad viene de lejos en el tiempo y el espacio.

Octavio Paz nunca ha escrito un texto orgánico sobre literatura hispanoamericana. Muy excepcionalmente ha dedicado un libro a un autor determinado: Sor Juana Inés de la Cruz, Xavier Villaurrutia. Ello no le ha impedido tratar la materia, como se advierte recorriendo las Obras Completas que, desde 1991, ha venido publicando el Círculo de Lectores de Barcelona: los volúmenes tercero, Fundación y disidencia. Dominio hispánico, y cuarto, Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano.

El ensayista Octavio Paz

Se suele atribuir a Michel de Montaigne la invención –en el sentido de hallazgo de lo no buscado– del ensayo. Conviene acercarle una excelente compañía: Pedro Mexía y su sabrosa Silva de varia lección. Montaigne se autodefinió de muchas y variables maneras. Una de ellas engloba las demás: ser un filósofo impremeditado y fortuito, que habla inquiriendo e ignorando.

Es habitual considerar que la miscelánea es un género subalterno de la literatura, cuando no un cajón de sastre que rehúsa ser un género. Un recopilador hacendoso busca y rebusca textos sueltos y dispersos y encuaderna con ellos un volumen.