Hasta sus últimos días, el Imperio otomano se dedicó a molestar y destruir. Cuando la Primera Guerra Mundial estaba en marcha, "el Turco”, como dirían nuestros antepasados, aprovechó el río revuelto para efectuar, de tapadillo, el genocidio de los armenios.

En los albores del moderno cine de superhéroes, la escasez de oferta nos permitía desplegar un entusiasmo que ahora, gracias a la consolidación de este subgénero, podemos moderar en mayor grado. En este sentido, aunque X-Men: Apocalipsis sea una cinta entretenida y grata de ver, se ve condicionada por la proliferación de títulos de la misma naturaleza que se han ido acumulando en nuestra cartelera y en nuestra memoria inmediata.

Decir que el estreno de El Despertar de la Fuerza es un evento sociológico es algo tan cierto como decir que esa misma notoriedad popular suele desactivar el interés de una crítica. Sobre todo si la reseña se centra demasiado en cuestiones como la nostalgia, el corte demográfico de los espectadores o las cifras de taquilla.

En la película de Alex Garland se dice algo así como que la inteligencia artificial era algo inevitable, una cuestión de “cuándo”, no de “si”. La ficción nos lleva preparando para ella desde mucho antes de que fuera una realidad.

Pueden acertar más o menos, pero está claro que los Coen –ahora que ya se les puede considerar veteranos– no se han dormido en los laureles, y siguen creando las películas que les apetece hacer, sin ajustarse especialmente a fórmulas, ya sean comerciales o autorales.