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Rudyard Kipling nació en Bombay en 1865, donde su padre, el profesor inglés John Kipling, había sido destinado como director de la Escuela de Arte, y vivió su primera infancia inmerso en el mundo mágico de las leyendas y mitos de la India que su niñera hindú le relataba.

El hombre que pudo reinar y otros cuentos reúne cuatro de las mejores historias de Rudyard Kipling pertenecientes a diferentes etapas de su vida creativa.

El Gran Juego

Rudyard Kiplig publicó Kim en 1901. Se trata de una magnífica novela de aventuras y de propaganda política. El núcleo de la trama gira alrededor del Gran Juego: la pugna que mantuvieron el Imperio Británico y el Ruso desde la mitad del siglo XIX hasta, prácticamente, la Segunda Guerra Mundial.

Muchos miembros de la nueva generación de escritores profesionales surgidos con la aparición de nuevos periódicos a principios de siglo, se internaban en el romance científico al tiempo que en el género de detectives o de aventuras.

Imperativos electivos

En uno de mis diarios digitales, hablaba del poema If de Rudyard Kipling. Allí me refería de pasada a las ideas de Kipling como abanderado del Imperio Británico y a su caída en desgracia precisamente debido al declive del Imperio: tras la etapa descolonizadora, las ideas de Kipling se consideraron cosa del pasado.

A veces, la figura de un escritor queda tan deformada por las simplificaciones que sus clichés pueden volar por sí solos. En estos tiempos, construir un prejuicio ‒aunque sea con un puñado de errores en el bolsillo‒ merece más aplausos que la sutileza. De ahí que la figura de Rudyard Kipling, como bien saben, haya acabado comprimida por las vigas de cemento del imperialismo británico. Ya saben: paternalismo colonial, casacas rojas y pólvora negra en el cañón de un Martini-Henry.

Kaspar y los niños salvajes

Las historias de niños que crecieron lejos de la civilización o que fueron encontrados como salvajes son tan intrigantes que, además de generar debates teóricos, muchas de ellas se convirtieron en películas. Algunas, como The Jungle Book (El libro de la selva, 1942) y las diferentes versiones de “Mowgli, el niño lobo”, fueron inspiradas en relatos distantes e indirectos; otras, como la de Victor de Aveyron y la de Kaspar Hauser, están muy bien documentadas, con registros hechos por testigos cercanos o por sus propios protagonistas.

Los casacas rojas encarnan mejor que nadie el imperialismo victoriano que Kipling convirtió en un feliz estereotipo. Lo cierto es que pocos escritores supieron transformar el dominio colonial inglés en literatura de primer nivel, y en todo caso, ninguno llegó a la altura del autor de El libro de la selva, decidido a revelarnos todas las facetas de una empresa en la que los militares británicos fueron los protagonistas.

Ahora mismo usted estará pensando: "Vaya. Otra adaptación del catálogo Disney repleta de efectos, con su punto de partida y de llegada en la taquilla". Por suerte, El Libro de la Selva escapa de ese lugar donde el arte desaparece y comienza la pura explotación comercial. En realidad, esta nueva versión rodada por Jon Favreu es una buena película. Magnífica, en algunos momentos. Y como ejemplo de animación digital, llega a ser deslumbrante.

Rudyard Kipling siempre ha sido considerado como el abanderado del imperialismo británico. Parece cierto que lo fue y sería absurdo negarlo, pero también es posible que su postura no sea tan trivial como la presentaron y como la presentan sus adversarios.