Trestesauros500

Diez años después del estreno de Iron Man (Jon Favreau, 2008), el universo cinematográfico de Marvel ya tiene bien claro qué ofrecer a su público objetivo. Un público que se divide en tres categorías: 1) fans acérrimos de estas películas, 2) lectores de cómics Marvel que no pueden evitar ver qué han hecho con sus queridos héroes, aunque sea para quejarse, y 3) simples espectadores con ganas de entretenimiento ligero e intrascendente, como es mi caso.

Hay que admitirlo: Wes Anderson es un cineasta tan personal que, quizá sin proponérselo, parece que en todos sus proyectos persigue una originalidad desatada. Incluso cuando esa extrañeza parece excesiva, se puede disculpar su actitud al intuir que, en buena medida, es sincera. En otras palabras, Anderson domina un estilo ‒definido por el tono, la meticulosa puesta en escena, la paleta de colores y el tejido de relaciones interpersonales‒ que ya le sirve de firma, y que nos permite observar toda su filmografía como si fuera una estructura orgánica y unitaria.

Aunque todavía queda muchísimo por hacer, el mundo civilizado sigue acercándose poco a poco a la meta de la igualdad de género. Claro que, a veces, esta igualdad se aplica más a lo malo que a lo bueno. Explicación: las mujeres ya tienen el dudoso honor de ser también protagonistas de comedias escatológicas.

Con la obra literaria de William Gibson como Biblia (en especial Neuromante, de 1984) y con la revista de cómics Métal Hurlant y la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982) como principales referentes visuales, la cultura cyberpunk tuvo su mayor auge en las décadas de los 80 y los 90, justo antes de que Internet se instalara en todas las casas y cerebros del mundo, haciendo que lo que era ciencia-ficción se convirtiese en algo cotidiano.

Todas las historias, incluso las más inesperadas, tienen un punto de partida. Esta no es una excepción. En 2006, los lectores de cómics ya nos habíamos acostumbrado a encontrarle un lado oscuro a los superhéroes. Gracias a esa rutina, no creo que a Mark Millar le llevase mucho tiempo decidir que una bronca en condiciones era lo que necesitaba el universo Marvel para convencernos de que el espíritu boy-scout era cosa del pasado.

Ahora mismo usted estará pensando: "Vaya. Otra adaptación del catálogo Disney repleta de efectos, con su punto de partida y de llegada en la taquilla". Por suerte, El Libro de la Selva escapa de ese lugar donde el arte desaparece y comienza la pura explotación comercial. En realidad, esta nueva versión rodada por Jon Favreu es una buena película. Magnífica, en algunos momentos. Y como ejemplo de animación digital, llega a ser deslumbrante.

Este nuevo film de los hermanos Coen resulta desconcertante. Está bien que uno no sepa claramente qué pensar sobre una cinta según sale de la sala, más que nada porque hoy en día siempre se sabe qué esperar de la mayoría de las películas antes de verlas.

No, no se confundan. Esta no es sólo la secuela de un gran éxito. Tampoco es sólo un blockbuster de colores brillantes y acción explosiva. Es algo más. Sin dejar que la expectativa al otro lado de la pantalla le ponga nervioso, Joss Whedon ha vuelto a superar las previsiones, regalándonos una espléndida aventura, que además de acción tiene alma.

Crítica: "Lucy" (Luc Besson, 2014)

Estrambótico divertimento de ciencia ficción protagonizado por una omnipotente Scarlett Johansson, quien da vida en esta oportunidad a un personaje que está a medio camino entre el Profesor Manhattan de Watchmen y el protagonista de El Cortador de Césped.

Vale la pena, ¿no? Acompañar a un héroe genuino, quiero decir. Uno de esos que habitaban en el cine y en los tebeos antes de que el cinismo posmoderno y el psicoanálisis embistieran contra la cristalería de la épica tradicional.