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La franquicia iniciada en 1977 por Star Wars de la mano de su creador George Lucas ha sido, probablemente, uno de los negocios más rentables del siglo XX. Demostrando más visión comercial y fe en su proyecto que la mayoría de los estudios de Hollywood en los propios, Lucas se reservó los beneficios y el control de todo el merchandising y productos derivados de su particular universo galáctico y, consecuentemente y a raíz del éxito de su apuesta, una descomunal fortuna.

La mitología de Star Wars

El mito, ligado a la eternidad, siempre promete nuevas revelaciones y renace de generación en generación. Continuamente reaparece porque, como escribió el historiador de las religiones Mircea Eliade, las estructuras míticas aún nos afectan por dos vías igualmente poderosas: los medios de masas y la cultura popular.

Por culpa de esa bipolaridad que nos impone internet, parece que debemos formular nuestras opiniones de forma rotunda. Ya saben, dejándolas en el aire, casi sin justificación. Un libro, un cómic o una película son prodigiosamente buenos o espantosamente malos. Y eso hay que decirlo a quemarropa, antes de frenar en seco porque se acaban los 140 o 280 caracteres de turno.

Un paseo histórico por el Universo Star Wars demuestra que, más allá del encanto perpetuo de la saga, sus vaivenes creativos y comerciales han sido decisivos. La simpatía y el atractivo que posee el mundo de George Lucas han sido trasladados al tebeo de mil formas, enriqueciendo eso que llamamos universo expandido, y precisamente por ello, hace falta una brújula para manejarse por ese territorio inmenso.

Uno, a veces, vive cosas que nunca deberían acabar. A mí, por ejemplo, me agrada sentir la compañía de personajes que conocí en la niñez, y por eso nunca desdeño los reboots, los remakes y los universos expandidos. Sobre todo aquellos que me devuelven viejas compañías. Si además se trata de Star Wars, mis preferencias por la trilogía clásica me llevan a devorar cualquier producto que recupere su ambiente y que prolongue las hazañas de sus protagonistas.

Ahora que hemos aceptado como género la nostalgia ‒o al menos su aspecto más idealizado‒ a nadie le sorprenderá que Star Wars se prolongue en un saludable ejercicio de retrocontinuidad. En este sentido, Rogue One llega a las pantallas para hacer otra vez esa pregunta que, según parece, nos formulamos aquellos niños y adolescentes que vimos La Guerra de las Galaxias en 1977: ¿cómo consiguió la Alianza Rebelde los planos de la Estrella de la Muerte?

A la hora de redefinir el canon en el universo expandido de Star Wars, Chuck Wendig ha sido un creador decisivo. Su anterior novela, Consecuencias, fijaba unos cuantos parámetros a partir de los cuales irán tramándose las conexiones entre la ficción literaria, los cómics y las nuevas películas inspiradas en la fantasía espacial de George Lucas.

El nombre de Alan Dean Foster, como ahora veremos, figura en varias franquicias, y en todas ellas ha demostrado profesionalidad y buen criterio literarios. En este sentido, debo añadir que su mayor especialidad ‒la novelización de películas‒ nos ha proporcionado más de una alegría.

"Star Wars: Consecuencias", de Chuck Wendig

Ambientada tras El Retorno del Jedi, esta novela del universo expandido de Star Wars llega a las librerías en el momento oportuno en el que las carteleras cinematográficas celebran el estreno de Star Wars: El Despertar de la Fuerza.

Una historia galáctica

En la segunda mitad de los setenta del siglo pasado “descubrí” (qué petulancia, la mitad del mundo la había descubierto antes que yo y la siguiente mitad estaba descubriéndola) La Guerra de las Galaxias.