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Dos de las características que asociamos a Woody Allen son la hiponcondría y la obsesión con la muerte. Pese a ello, el cineasta muestra una salud y vitalidad envidiables, y con 82 años sigue en activo, estrenando, al menos, una película año.

“Annie Hall” (Woody Allen, 1977)

Nunca sabremos si las neurosis de Allen hicieron salir a la luz las de los demás o si las crearon directamente. En los setenta, en los tiempos en los que se rodó esta película y años posteriores, se puso de moda ir al psiquiatra y se convirtió en un pasatiempo de los grupos de amigos el darle vueltas y vueltas a los argumentos de las películas o los libros.

Incendio en el museo

En la película de Woody Allen, Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994), el dramaturgo David Shayne (John Cusack) y sus amigos conversan en una terraza de Greenwich Village. Uno de ellos, Flender (Rob Reiner), propone un dilema clásico:

La misma historia siempre diferente

En los últimos capítulos de La cicatriz de Ulises, he comparado el método narrativo de Homero, la manera en la que el cantor ciego recorre el edificio de la narrativa mitológica, con algunas narrativas modernas, entre ellas la película Nine Lives (Ulises en Singapur),que trascurre en las calles de Singapur. Esa película es probablemente una de las primeras muestras de algo que anuncié en las páginas finales de El guión del siglo 21.

He soñado con ello muchas veces. Viendo a Brando, por ejemplo, en el memorable tennessee Un tranvía llamado deseo. No resultaba extraño, desde luego, que Vivian Leigh lo mirara como se mira a un hombre, aunque este ignore la mirada de alguien a quien no siente sino como un remedo de mujer.

En la nueva película de John Turturro todo parece estar sacado de una película de Woody Allen de los años setenta: la música de jazz, las calles de Nueva York, el retrato a la comunidad judía, la presencia del propio Woody Allen… y en un principio, podemos llegar a pensar que estamos ante una especie de comedia-homenaje que augura grandes dosis de diversión y sutilezas, inspirada en el aura de inestabilidad emocional y el prisma cómico de Annie Hall.

Cada año, algunas veces en dos ocasiones en un solo ejercicio anual, tenemos la sensación de estar asistiendo a un nuevo título del género "alleniana", redescubriendo las múltiples variables de ese sello inconfundible que el director neoyorkino da a sus películas. 

Cuando Woody Allen se plantó ante su proyecto anual con Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999), descartó la posibilidad de volver a ser un género en sí mismo, de resguardarse en lo que Hitchcock definió como “run for cover”: después de un fracaso, vuelve a lo seguro, afiánzate con una historia que te sea propia y logra de nuevo un éxito de taquilla y de crítica.

Isaac Davis (Woody Allen), un famoso guionista neoyorquino, tiene un trabajo que odia, una novia de 17 años a la que no ama (Mariel Hemingway) y una ex mujer que está escribiendo un libro en el que narra todo sobre su matrimonio.


En 2002 Allen regresó a las pantallas con una comedia en torno a un cineasta que sufre ceguera histérica. La idea, formidable sobre el papel, no alcanzó un acabado brillante por culpa de un montaje un tanto irregular. Tampoco el rodaje fue fácil. Haskell Wexler, el director de fotografía contratado para el proyecto, fue sustituido al cabo de una semana por Wedigo von Schultzendorff.