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Hubo un tiempo en que las montañas eran un destino venerable. Un tiempo en el que los humanos se adentraban en el bosque, resolviendo en la espesura sus dudas más íntimas. Hablamos de una era ‒ya lejana e idealizada‒ en la que lo natural se identificaba con lo mítico, y por supuesto, también con las necesidades más corrientes, propias de pastores, agricultores o cazadores.

“Mientras permanecimos en esta región superior no comimos otra cosa que carne de tortuga; el asado con su caparazón, como la carne con cuero de los gauchos, resultaba un bocado sabrosísimo, y las tortugas jóvenes nos servían para hacer una excelente sopa. Sin embargo, debo decir que no me cuento entre los grandes aficionados a este manjar.”

Tortugas marinas y salmones han conseguido fascinar a los zoólogos con su misteriosa habilidad para encontrar el camino de regreso a su lugar de nacimiento. No importa que éste se encuentre en la otra punta del océano, a varios miles de kilómetros de distancia: de algún modo se las arreglan para volver a los orígenes con una precisión extraordinaria. Una nueva teoría afirma que el truco radica en su capacidad de aprender y memorizar los rasgos electromagnéticos de su área natal.

Algunos pájaros saben cantar; y otros, no satisfechos con esta destreza, además acompañan el ritmo de la música. Acaban de descubrirlo psicólogos y neurocientíficos de Estados Unidos. Un experimento determinó que los loros pueden mover sus cuerpos al compás de una canción, en concreto, una de los Backstreet Boys.

Pájaros amigos de la bulla

El efecto nocivo del ruido en algunas aves no constituye una novedad para los ornitólogos. En general, los pájaros no suelen soportar la bulla. Pero se ignoraba el impacto de la contaminación acústica en toda una comunidad aviar. El primer estudio de ese tipo [2009] arroja un dato inesperado: algunas especies prosperan gracias a la barahúnda. Los datos obtenidos, además de explicar porqué ciertas aves logran colonizar las ciudades, permitirán mitigar el impacto acústico en la biodiversidad.

Quien haya cultivado el venerable arte de cazar moscas sabe muy bien cuán difícil resulta pillarlas con la palmeta. Por más sigilo que se ponga en acecharlas, por más que uno contenga la respiración mientras, preparado para asestar el golpe fulminante, se acerca de puntillas al desprevenido díptero, … ¡¡zas!!, la presa escapará un milésimo de segundo antes de que el matamoscas la aplaste.

La trayectoria de Miguel Bastos Araújo le ha llevado a ser considerado uno de los líderes mundiales en el estudio de los efectos del cambio climático en la biodiversidad. Profesor de Investigación del CSIC en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, es un biogeógrafo reconocido internacionalmente. Y como ahora comprobarán, no faltan razones para ese prestigio.

El descubrimiento de nuevas especies está en auge. Es llamativo que ocurra algo similar a lo que pasó en los siglos XVIII y XIX, cuando los naturalistas europeos se adentraron en tierras recién descubiertas y trajeron un gran número de animales y plantas exóticas. Pero ¿cómo es posible cuando especies en todo el mundo se extinguen a una velocidad sin precedentes?

"Aves extraordinarias", de Mark Avery

El amante de las aves es aquel que convierte la silueta de un halcón o el canto de un mirlo en un motivo de felicidad. Es decir, en algo que le beneficiará a él mismo ‒por razones estéticas o científicas‒, pero que también se convierte en un síntoma del bienestar de su entorno.

Es un magnífico día soleado y nadamos plácidamente dejándonos seducir por la inmensidad del océano; parecería imposible que algo pudiera perturbar ese momento de paz y serenidad. Sin embargo sólo hacen falta tres sílabas, una palabra maldita, para interrumpir ese éxtasis de placidez. Las pupilas, el corazón, todo en nuestro cuerpo se pone de acuerdo para alertarnos del incipiente estado de pánico que se avecina... ¡Tiburón!