Donde estamos ahora, ya sea París, Londres, o Berlín, solía estar cubierto de inmensos bosques que llegaban hasta donde alcanza la vista.

Al amanecer o al anochecer, cuando el aire refresca, o en esas horas en las que un sol brillante se alza sobre el bosque. Cualquier momento es bueno para detenerse en un claro y tomar conciencia de ese entorno verde, plagado de vida.

La poetisa Emily Dickinson nos dejó esta confesión: "Cuando frecuentaba el bosque de pequeña, me decían que una serpiente podría picarme, que podría coger una flor venenosa o que los duendes me podrían raptar, pero continué yendo y no encontré sino ángeles, mucho más tímidos ante mí de lo que yo pudiera sentirme ante ellos."

Si tuviera que recomendar a un científico y a un viajero un espacio natural de tanta belleza como interés biológico, en mi lista figuraría sin duda este hayedo, un santuario verde que está situado en el corazón de la madrileña Sierra del Rincón, reserva de la biosfera de la UNESCO.

Un paisaje forestal siempre resulta emocionante. A través de los sentidos, nos hace sentir esa pulsión primigenia que revela lo más esencial de la vida y que confirma nuestros vínculos con la naturaleza. Por todo ello, no ha de sorprender que el bosque pueda ser también un instrumento terapéutico, muy útil para consolidar el tratamiento de muchas dolencias.

Los paseantes del otoño conocemos bien esta estampa: un tronco caído, como una carcasa de tonos grises y ocres, confundiéndose entre la joven vegetación que va apropiándose de su espacio. ¿Un resto inservible y superfluo? Que no nos engañen las apariencias. En realidad, ese tronco muerto es un pequeño hábitat en el que prosperan formas de vida fascinantes.

Historia del jardín



El jardín se ha convertido, en una serie de civilizaciones que han heredado esta institución, en un emblema del origen. Y en el origen está la mujer, el cuerpo que desprende a otro cuerpo, la tierra húmeda del jardín, el cuenco del cual surge la vida como un manantial en un trozo acotado de suelo.