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En cierta medida, este es un asunto generacional. Quienes crecimos disfrutando de las utopías de la ciencia-ficción, aún nos relacionamos con los robots o con la inteligencia artíficial como si aún fueran clichés del genero. Es decir, promesas del futuro que se cumplirán en una fecha indeterminada, cuando nuestros hijos o nietos estén preparados para ello.

Mis ojos se abren y contemplan las palmeras sobre fondo azul que resplandecen bajo el deslumbrante sol australiano. Es un día precioso que comienza apaciblemente. De forma instintiva, tanteo con las manos la mesita de noche buscando el smartphone para consultar mis mensajes pendientes.

En la obra de Banksy titulada Mobile Lovers, las pantallas luminosas de los smartphones distraen la atención de los amantes. El contacto físico sabe a poco, se entiende como demasiado limitado y estrecho.

Los avances tecnológicos han supuesto la llamada revolución 4.0, con dos efectos contrapuestos en la economía: por un lado, la mejora de la productividad y la competitividad empresarial; y por otro, la alteración sustancial del mundo laboral.

En el cuerpo de un avatar

Tecnologías de comunicación emergentes como la realidad virtual o los robots tele–operados tienden progresivamente a integrar el cuerpo humano en la interfaz. Esta simbiosis plantea una serie de retos apasionantes. Por ejemplo, ¿es capaz el ser humano de experimentar un cuerpo artificial como propio?, ¿dónde se localiza el sentido del yo en el transcurso de una experiencia de corporalidad mediada?, o ¿cómo afecta al comportamiento humano encarnarse temporalmente en un cuerpo artificial?

Mi vida como un ‘cíborg’

“Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad”. Atribuida a Albert Einstein, la frase condensa los recelos que rodean cada revolución tecnológica. Pero la especie humana no solo ha convivido siempre con la tecnología: le debe su propia condición de humanidad.

"La amenaza hacker", de Deepak Daswani

Aunque jamás se haya visitado la Internet Oscura, todo el mundo podría decir qué temores o qué clase de curiosidad inspira. En todo caso, no hace falta descender hasta esas honduras para comprender que la red es un territorio azaroso, en el que los peligros nunca son una casualidad.

La esencia del futuro es la automatización. Con ella se exalta este apogeo de los robots que ya anticiparon el cine y la literatura. Ustedes saben a qué me refiero: libros y películas que a veces nos hablan de un mañana prometedor, en el cual nos aliamos con las máquinas, y que otras veces describen un destino apocalíptico, en el que los autómatas dominan el mundo con palabras metálicas y armas invencibles.

De un tiempo a esta parte, los especialistas en predecir el mañana ‒los que lo hacen en serio, con claves científicas, y no mirando el horóscopo‒ cruzan apuestas. Los más atrevidos, publican sus pronósticos.

"Un mundo robot", de Javier Serrano

Lanzarse a escribir lo idílico o lo tenebroso que será el futuro se ha convertido ya en una costumbre. Fueron los escritores de ciencia-ficción los primeros que decidieron alimentar la idea de que, cada año que pasa, ese porvenir rupturista e innovador está un poco más cerca. Luego, con el impulso de las nuevas tecnologías, han sido los expertos en robótica e inteligencia artificial quienes nos han sugerido que quizá ‒o casi seguro‒ tengamos que resignarnos a ser actores de reparto en un espectáculo protagonizado por máquinas.