El genio no nace, se hace

Que yo sepa, no se conoce ningún caso de genio que no haya necesitado hacerse, más allá de algún matemático, algún músico  o alguna persona dotada para ciertas operaciones mentales, que casi siempre combina su genialidad en ese terreno con el autismo o alguna otra característica mental que suele afectar a su vida cotidiana. Lo que antaño se llamaban idiots savants, idiotas sabios. Pero eso no es lo que suele considerarse un genio, sino tan solo “un genio… para el cálculo”, por ejemplo.

Lo que sí está en los genes

En diversos momentos he hablado de la célebre y nunca concluida polémica entre lo innato y lo adquirido: aquello que somos a causa de nuestros genes y aquello que somos a causa de la sociedad, la educación o, quizá, a causa de esas extrañas causas imprevistas e imprevisibles a las que solemos llamar azar.

Hay muchas maneras de identificar a una especie en peligro, pero sólo una de certificar su extinción. Sin embargo, gracias a los avances en la genética y la biotecnología, resulta cada vez más fácil abandonar la idea de que una criatura desaparecida es verdaderamente irrecuperable.

La evolución por medio de la selección natural –la gran idea de Darwin– es la columna vertebral de la biología, y una de las más poderosas ideas producidas por la mente humana. Y sin embargo, es también una de las peor entendidas por la mayoría de la gente.

Los genes egoístas

En 1976, Richard Dawkins publicó El gen egoísta. Sin salirse de los márgenes de la teoría de la evolución que Charles Darwin había presentado al mundo más de un siglo antes, Dawkins proponía que la selección natural no actuaba sobre las especies ni sobre los individuos, sino sobre los genes.

Suena como el argumento de una película hollywoodense de ciencia ficción. Una especie exótica está muriendo. Su única esperanza es que una remesa de óvulos fertilizados artificialmente, creados a partir del ADN procedente de algunos de los últimos supervivientes de su linaje, sean revividos en un mundo futuro en el que (con suerte) las condiciones sean más adecuados para este animal.

"El hombre de Neandertal", de Svante Pääbo

No estaba escrito que un neandertal pudiese revelarnos sus secretos más íntimos, pero Svante Pääbo tuvo la fortuna, o la inteligencia, de acceder a la entraña más recóndita de esa especie humana. En 2010, al frente de su equipo del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, Pääbo nos desveló ese enigma, resuelto gracias a la secuenciación del genoma del hombre de Neandertal.

Imagen superior: fotografía del genetista y biólogo molecular Francisco J. Ayala, galardonado con el premio Templeton © John Templeton Foundation.

El tema de las razas humanas siempre levanta polémica. Y resurge periódicamente.

Elogio del ribosoma

El microscopio compuesto se inventó alrededor de 1590. En 1665, el inglés Robert Hooke descubrió las células. En 1676, el holandés Anton Van Leeuwenhoek descubrió los microorganismos. Para 1838, estaba claro que todos los seres vivos están formados por una o varias células.