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Durante siglos el hombre de ficción ha fabricado criaturas de lo más diverso, desde la estatua de Pigmalión al Golem pasando por Pinocho. Pero nunca había existido preocupación alguna por diferenciar entre seres mágicos o científicos. Sin embargo, con el auge de la ciencia y la tecnología, la fantasía se fue separando cada vez más del romance científico. Eran necesarios nombres nuevos para los hijos del nuevo género.

Antes de que ningún occidental supiese lo que significa otaku, los chavales españoles de la década de los 70 se volvieron locos con la serie animada Mazinger Z. Es más, en España todavía mucha gente se refiere a los mecha (robots gigantes tripulados) como Mazingers. Se cumplen 40 años desde que el personaje se asomara por primera vez a los televisores patrios, y para celebrarlo llega a los cines la película Mazinger Z: Infinity, a su vez producida para conmemorar los 45 años de existencia de la franquicia en Japón.

"La revolución transhumanista", de Luc Ferry

Cuando leemos al filósofo francés Luc Ferry, el asombro ante los avances tecnológicos va tiñéndose de una inquietud que, llegado el caso, él mismo se encarga de excitar. Y es que, a su modo de ver, el transhumanismo ‒ese avance evolutivo que no es biológico, sino digital y mecánico‒ y la economía colaborativa ‒que también tiene un trasfondo digital‒ vienen a prolongar la esencia del humanismo democrático, pero a un precio que no siempre deberíamos pagar.

La idea de una “inteligencia artificial”, creada por el ser humano, siempre ha causado temor. Las raíces de este temor se remontan al Gólem de la mitología judía, y pasan por el monstruo de Frankenstein: el primero creado de arcilla y animado por uno de los nombres de Dios; el segundo, a partir de cadáveres y vuelto a la vida gracias a la ciencia, mediante la electricidad. Ambos se revelan contra sus creadores y causan caos y destrucción.

Máquina, hermana mía

El ensayista Jerry Kaplan abarca en su libro Inteligencia artificial la actualidad y el hipotético futuro de la maquinaria inteligente en la vida humana. Resulta interesante leerlo desde la antropología – filosófica, si se quiere– y la literatura de anticipación. Inteligencia artificial y vida humana. Máquinas que son inteligentes pero ni son humanas ni están vivas. Con todo, pueden llegar a ser nuestras hermanas. Obedientes, incansables, fraternas.

La literatura norteamericana del siglo XIX rebosaba de historias que bien podrían ser calificadas de ciencia ficción o romance científico. No hubo escritor de ficción americano de cierta relevancia en aquellos años que de alguna forma no abordara el género, aunque fuera mediante algún tipo de romance utópico: Herman Melville, Edgar Allan Poe, Nigel Hawthorne, Washington Irving o escritores de best-sellers del momento como Edward Bellamy o Mark Twain.

Progresos sexuales

Han ido apareciendo en algunos puntos de Europa unos prostíbulos que, en lugar de pupilas de carne y hueso, ofrecen a sus clientes una suerte de muñecas de materiales sintéticos. Tienen la consistencia, la temperatura, la tersura y la flexibilidad del mejor organismo estándar de nuestra especie.

¿Robot yo?

Aficionados a la ciencia ficción hay muchos, aunque algunos no sepan que lo que suponen ciencia ficción es mero cuento de hadas o libro vaquero (dicho con todo respeto) aderezado con naves superlumínicas o desviaciones de la evolución biológica. Por cierto, suponer que por llevar el epíteto “ciencia” el género en cuestión divulga ciencia es algo muy generalizado aunque erróneo. Es tan solo un género literario aunque, por supuesto, como cualquier obra literaria, se puede leer de muchas maneras. Y en toda esta fértil ficción hay un personaje indispensable: el robot.

Sobre el impacto de las nuevas tecnologías se ha dicho de todo, y también todo lo contrario. El debate ‒no sobre la evolución tecnológica en sí, sino sobre sus efectos a corto y medio plazo‒ ha ido agriándose con ese mal humor que es proverbial en los choques entre apocalípticos e integrados.

Si pones agua al fuego y la calientas, lo que consigues en un primer momento es elevar cada vez más su temperatura. Podrías llegar a la conclusión de que el acto de calentarla sólo da como resultado agua más caliente. Pero en un punto determinado, todo cambia: el agua comienza a hervir, y el líquido caliente se transforma en vapor. Los físicos llaman a esto un cambio de estado.