graciasportadadefesq

La idea de una “inteligencia artificial”, creada por el ser humano, siempre ha causado temor. Las raíces de este temor se remontan al Gólem de la mitología judía, y pasan por el monstruo de Frankenstein: el primero creado de arcilla y animado por uno de los nombres de Dios; el segundo, a partir de cadáveres y vuelto a la vida gracias a la ciencia, mediante la electricidad. Ambos se revelan contra sus creadores y causan caos y destrucción.

Máquina, hermana mía

El ensayista Jerry Kaplan abarca en su libro Inteligencia artificial la actualidad y el hipotético futuro de la maquinaria inteligente en la vida humana. Resulta interesante leerlo desde la antropología – filosófica, si se quiere– y la literatura de anticipación. Inteligencia artificial y vida humana. Máquinas que son inteligentes pero ni son humanas ni están vivas. Con todo, pueden llegar a ser nuestras hermanas. Obedientes, incansables, fraternas.

La literatura norteamericana del siglo XIX rebosaba de historias que bien podrían ser calificadas de ciencia ficción o romance científico. No hubo escritor de ficción americano de cierta relevancia en aquellos años que de alguna forma no abordara el género, aunque fuera mediante algún tipo de romance utópico: Herman Melville, Edgar Allan Poe, Nigel Hawthorne, Washington Irving o escritores de best-sellers del momento como Edward Bellamy o Mark Twain.

Progresos sexuales

Han ido apareciendo en algunos puntos de Europa unos prostíbulos que, en lugar de pupilas de carne y hueso, ofrecen a sus clientes una suerte de muñecas de materiales sintéticos. Tienen la consistencia, la temperatura, la tersura y la flexibilidad del mejor organismo estándar de nuestra especie.

¿Robot yo?

Aficionados a la ciencia ficción hay muchos, aunque algunos no sepan que lo que suponen ciencia ficción es mero cuento de hadas o libro vaquero (dicho con todo respeto) aderezado con naves superlumínicas o desviaciones de la evolución biológica. Por cierto, suponer que por llevar el epíteto “ciencia” el género en cuestión divulga ciencia es algo muy generalizado aunque erróneo. Es tan solo un género literario aunque, por supuesto, como cualquier obra literaria, se puede leer de muchas maneras. Y en toda esta fértil ficción hay un personaje indispensable: el robot.

Sobre el impacto de las nuevas tecnologías se ha dicho de todo, y también todo lo contrario. El debate ‒no sobre la evolución tecnológica en sí, sino sobre sus efectos a corto y medio plazo‒ ha ido agriándose con ese mal humor que es proverbial en los choques entre apocalípticos e integrados.

Si pones agua al fuego y la calientas, lo que consigues en un primer momento es elevar cada vez más su temperatura. Podrías llegar a la conclusión de que el acto de calentarla sólo da como resultado agua más caliente. Pero en un punto determinado, todo cambia: el agua comienza a hervir, y el líquido caliente se transforma en vapor. Los físicos llaman a esto un cambio de estado.

En 1999, Ray Kurzweil escribía esta profecía en La era de las máquinas espirituales: alrededor del año 2020, los ordenadores llegarán a tener la capacidad de memoria y la velocidad de cálculo del cerebro humano. La previsión de Kurzweil, que en su momento aún remitía a la ciencia-ficción, hoy se verifica como promesa liberadora o como amenaza. Todo depende de nuestra percepción de las máquinas inteligentes.

El 24 de enero de 2016 por la noche falleció, debido a una hemorragia cerebral, Marvin Minsky: sin duda una de las mentes científico–tecnológicas más brillantes de los últimos 100 años. Es triste la poca atención que se le prestó al hecho en la prensa.
Minsky (1927–2016) fue un genio que, además de ser el principal impulsor del desarrollo del área de investigación conocida como “inteligencia artificial”, participó en muchos otros campos. Construyó sistemas de reconocimiento visual y brazos robóticos sensibles al tacto.

Shakespeare y los androides

En Blade Runner, el androide Roy, interpretado por Rutger Hauer, dice poco antes de morir: