Trestesauros500

Hace quinientos años un galápago era, en castellano, el nombre que se daba a una silla de montar a la inglesa. Y eso debió pensar fray Tomás cuando, camino de Lima, la calma chicha llevó su barco hasta unas islas llenas de tortugas gigantes, que él bautizó con el nombre de galápagos, quizás por su semejanza con aquellas sillas de montar. Nombró Galápagos a las tortugas y a las islas. Iba fray Tomás con un encargo imperial, imperial del emperador Carlos, señor de aquellas tierras y de todas con las que se topasen los barcos castellanos en su trasegar por los océanos del mundo, que para eso tenían la fuerza de las armas y el consentimiento otorgado por los papas de Roma. Iba, ya digo, con el encargo imperial de poner fin al enfrentamiento entre Pizarro y Almagro, dos extremeños que habían llegado, pocos años antes, hasta las desconocidas tierras del Perú, señorío de los Incas. Fray Tomás falló en aquel encargo pero, a cambio, dio nombre a unas islas en las que, trescientos años después, un inglés llamado Charles Darwin empezaría a elucubrar sus primeras ideas sobre selección natural, esas que darían lugar a su teoría de la evolución.

Amanecer en Múnich

Son las seis de la mañana. El sonido de las ruedas de mi pequeña maleta deslizándose por el suelo me mantiene despierta. Ya en el metro, me siento acompañada por caras soñolientas. Pero hoy la mía no es como la de ellos. Estoy alerta y con los nervios de un niño en su primer día de colegio. Próxima parada: Aeropuerto-T4. Destino, Múnich, Alemania.

Los confines del planeta

Cuando en Grecia la filosofía balbuceaba, los indios ya habían construido un sólido sistema de pensamiento, contenido en los Upanishads. El pensamiento griego tiene una historia de siglos y el indio permanece igual a sí mismo.

Hilos de seda

En la Alta Edad Media, cuando Europa vivía en la dispersión rural y sus ciudades se habían borrado del mapa, el centro del mundo era el centro de Asia, la altitud mesetaria y montañosa por la cual se iba del Cercano Oriente al Lejano.

Hace siete siglos, en 1298, frente a la isla de Curzola, hoy en la Dalmacia croata, los genoveses derrotaron a los venecianos en una ruda batalla naval. Un cronista de la época sostiene que se hicieron 5.000 prisioneros, tratados con generosidad. Puede ser. Entre ellos, un tal Marco Polo. También puede ser.

En el siglo XIII, el viaje existía realmente. Alejarse cien kilómetros de la ciudad natal significaba entrar en otro mundo, del que se tenían noticias o del que se ignoraba todo puntualmente.

Dieciocho héroes

El 8 de septiembre de 1522 arribaba, al puerto de Sevilla (¡ay, mi Sevilla!), la maltrecha nao Victoria. Dos días antes había hecho lo propio, en Sanlúcar de Barrameda, la bella Sanlúcar. Dieciocho barbudos harapientos desembarcaron de aquella nave, predestinada, por nombre, a ser la protagonista del mayor acontecimiento que habían visto los siglos: la primera circunnavegación de la Tierra.

Resulta, cuando menos, curioso que Miguel De la Quadra-Salcedo decidiera entregar su alma el mismo día que Cristóbal Colón. El último gran explorador de ese maravilloso continente americano y el primero (con permiso de tantos otros desconocidos que, de seguro, fueron antes que él), unidos para siempre jamás en ese 20 de mayo.

Una última frontera

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, nuestro planeta se volvió de repente mucho más pequeño. Los Estados Unidos cerraron oficialmente su frontera, dando por acabada una expansión de tres siglos, y los exploradores europeos llegaban al corazón de África y los Polos. Desaparecían las últimas zonas en blanco de los mapas y, pocos años antes, los rusos habían conquistado toda el Asia Central, incluidos los últimos principados gengiskánidas, solventando así a cañonazos la milenaria pugna entre civilización y nómadas.

Luis Pancorbo es, en la actualidad, el divulgador antropológico más importante de nuestro país. Es también el más culto, o en otras palabras, el que populariza la etnología desde un punto de vista más rico en lecturas y referencias. Sus documentales (toda la serie Otros Pueblos) ya se han convertido en clásicos televisivos, y sus libros –por ejemplo, este que hoy tengo entre manos– hablan de los paraísos y los infiernos de la Tierra sin perder en una sola página su capacidad de sorprender.