La falacia del especialista

La falacia del especialista Imagen superior: Brian Cox en "Are We Alone?" © BBC. Reservados todos los derechos.

La divulgación científica es la labor de compartir la cultura científica con un público voluntario y no especialista.

La ciencia en su forma bruta, como es producida por investigadores científicos y publicada en revistas especializadas, luego de un riguroso arbitraje por colegas, es virtualmente inaccesible a quien no sea experto. No sólo por el lenguaje ultraespecializado que utiliza, sino por la cantidad de conocimiento previo que resulta indispensable para comprenderla.

Es por eso que se necesita otro profesional, el divulgador científico –más un generalista que un especialista– que la pueda comunicar en el lenguaje adecuado y con la forma y el contexto necesarios para hacerla accesible, además de atractiva, para el gran público.

Pero este proceso requiere sacrificios. La ciencia divulgada es siempre distinta –no necesariamente de menor calidad o más pobre, sino distinta– de la ciencia académica del especialista. Cuando el investigador se enfrenta a un texto de divulgación científica (o un programa de radio o TV, o una exposición en un museo...) es frecuente que encuentre que se presenta algún concepto científico en forma esencialmente correcta, pero quizá incompleta. Porque falta parte de la historia, del detalle; probablemente por razones de espacio, por no sobrecargar al lector con conceptos complejos, abstractos y detallados en un texto que como primer requisito aspira a ser atractivo. El especialista no hallará la información con la precisión, detalle, rigor y lenguaje al que está acostumbrado. Y con frecuencia su reacción, entonces, es brincar a la conclusión de que esto se debe a la ignorancia del divulgador. Procede entonces a indignarse porque se está “distorsionando” el contenido científico, o incluso llega a lanzar la acusación de que se está “mintiendo”.

Pero cuando uno profundiza un poco en las características y necesidades de la labor de comunicación pública de la ciencia se da cuenta de que un texto de divulgación inevitablemente tendrá menos rigor científico que los textos de especialistas… porque no va dirigida a especialistas. Cuando un experto lee el texto, normalmente lo hace como experto, sin ponerse en los zapatos del verdadero público de la divulgación: el público no científico. Su queja y su crítica son, entonces, improcedentes.

El divulgador científico no trabaja para los especialistas, sino para el público que lo lee. Y si bien no es válido comunicar conceptos erróneos o cometer errores, el criterio para definir qué es “erróneo” debe basarse en las necesidades de ese público. Al especialista siempre le parecerá insuficiente la información que el divulgador incluya en su texto. Siempre le parecerá que falta rigor, que se necesita más detalle, que no se está mostrando el panorama total del tema, que se está usando un lenguaje poco preciso. Pero calificar tajantemente eso de “erróneo” es una falacia, porque se está juzgando el trabajo de divulgación con un criterio no adecuado: el del especialista, no el del comunicador.

No presentar la versión completa de un tema científico, resumir, simplificar, usar metáforas y comparaciones, seleccionar una parte de la información dejando fuera otra y hablar sólo de lo que es importante para los fines del divulgador (poner la ciencia al alcance del público), o de lo que se puede comunicar dadas las limitaciones de espacio o de conocimiento previo en el público –entre otras circunstancias– no es presentar “un concepto equivocado”. Es, en todo caso, presentar un concepto parcial, que es muy distinto.

La falacia del especialista es dañina. Lleva, en última instancia, a la falsa dicotomía entre comunicar la ciencia con un rigor total o mejor no comunicarla. Es también una falacia difícil de evitar. Pero no hacerlo lleva a juicios incorrectos. Y esto, al final, nos perjudica a todos: a los divulgadores, que somos juzgados injustamente; a los investigadores, que persisten en no entender en qué consiste y qué busca la divulgación, y principalmente, que es lo que más importa, al público.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

Sitio Web: sites.google.com/site/mbonfil/

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