Los zoológicos: ¿cuál es su misión cultural?

La relación del ser humano con el medio físico y biológico se remonta al origen del hombre mismo, pudiendo señalarse que en las diferentes culturas dicha relación, manifestada a través de las de las expresiones materiales y espirituales, ha presentado diversos grados de complejidad de acuerdo a la naturaleza y nivel de desarrollo de cada pueblo. Sin duda, este desarrollo ha ido repercutiendo en los niveles de convivencia establecidos con el entorno, ya que ésta se ha visto severamente deteriorada al convertirse el hombre en ciudadano.

En este proceso se ha perdido paulatinamente el contacto directo con la naturaleza para dar cabida a otro tipo de expresiones, que han generado nuevos conjuntos de concepciones y valores donde la flora y la fauna no siempre han tenido cabida.

Es incuestionable que se vive una época de grandes contrastes. Uno de los mayores es el creciente interés interés por salvaguardar plantas y animales, al mismo tiempo que los ecosistemas son destruidos a un ritmo acelerado.

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Imagen superior: Nik Mastroddi, Zoo de Whipsnade, CC

Es bien conocido que merced al desarrollo de la ciencia y la tecnología, numerosos hábitats han sido modificados, dominados o bien destruidos, lo que ha puesto en estado de alerta a la población sobre la vida en el planeta. en estas últimas décadas esta situación ha sido el tópico central de diversos foros, quedando planteada la importancia de la diversidad biológica, lo que en estos momentos se traduce en un logro: el que el medio físico y biológico sea aceptado como parte del patrimonio cultural común de la humanidad.

A raíz de la crisis ecológica que enfrentamos, de nueva cuenta, aunque desde otra óptica, las cuestiones relativas al entorno ocupan la atención de quienes pueden tomar decisiones que repercutan en el manejo y destino de los recursos. Ello significa una constante preocupación, de carácter prioritario, que debe estar presente en la mesa de discusiones, lo mismo que los problemas políticos, económicos y sociales, por ser parte de ellos a nivel de conjunto.

Los problemas ecológicos comprenden varios aspectos y se torna difícil el abordarlos desde una sola perspectiva. Históricamente, el ser humano ha ubicado en una escala de valores a todos aquellos objetos y bienes que hacen referencia a los procesos culturales, lo que tiene como consecuencia que los daños ocasionados al patrimonio cultural sean inaceptados.

En otras palabras, la destrucción de obras de arte, de monumentos arquitectónicos o históricos, del lenguaje, de las costumbres, etc., provoca fuertes reacciones populares, mientras que la gran mayoría de la población mantiene una posición de completa indiferencia y apacibilidad ante los actos de destrucción en perjuicio directo del patrimonio natural.

Con estos argumentos, resulta interesante tratar en estas páginas la misión cultural del acervo natural representado en los zoológicos, por ser éstos uno de los mecanismos actuales que el hombre utiliza para relacionarse con algunas de las especies animales. El propósito central es el ofrecer al lector un panorama del papel que han desempeñado, para así poder distinguir prioridades y disponer de opciones y herramientas en pro de la búsqueda de soluciones a las cuestiones ambientales presentes. Tomando en consideración que las sociedades de hoy deben asumir su responsabilidad y fungir como las depositarias de las riquezas que brinda la naturaleza, ante las generaciones futuras.

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Imagen superior: Zoo de Londres, años 30.

El origen

Contar con una reseña sintética sobre el origen y la evolución conceptual de las colecciones faunísticas vivas requiere del establecimiento de los criterios que han prevalecido en su creación y mantenimiento, pues mediante su revisión se puede visualizar la posición que el hombre ha mantenido frente a la fauna en diversos periodos, considerando que los datos históricos testifican las tendencias y los cambios al compararse los acontecimientos pasados con los presentes, al quedar involucrada una cierta manera de pensar en un determinado momento de la historia.

Partamos de los primeros registros en las paredes de algunas cavernas que fueron habitadas por hombres de edades prehistóricas, en donde se encuentran pinturas y dibujos de animales que revelan, no sólo un acusado espíritu artístico de los autores, sino que ponen al descubierto notables conocimientos de morfología y anatomía.

Mediante su estudio, se ha podido comprender que nuestros antepasados se interesaban por los animales, movidos por algo más elevado que el mero afán de obtener conocimientos útiles para la caza. Posiblemente su actitud puede atribuirse a la pura e imperiosa necesidad del saber, propia de la especie humana, aun sin tener una finalidad práctica e inmediata (Navarijo, O.L., 1976).

Ese mismo interés por la fauna, aunado a la curiosidad y a un estado psicológico especial que es el hábito del coleccionismo, propiciaron, seguramente, la costumbre posterior de conservar y mantener colecciones de animales vivos en cautiverio. Los objetivos eran diversos, resultando ser esta costumbre tan antigua como la historia escrita.

Puede decirse que las primeras colecciones faunísticas en el mundo tuvieron su origen en Egipto y en China (Martín del Campo, R., 1943; Enciclopedia Británica, 1961; Livingston, B., 1974 y Hoffmeister, s/a).

Se tiene noticia de que en el siglo XV a.C., los egipcios mantuvieron grupos de animales adjuntos a los templos y que la emperatriz Hatshepsut de la VIII dinastía mandó construir lo que en su momento se denominó Jardín de Aclimatación, en donde se daba albergue a los representantes de distintas especies animales que habitaban en el reino.

Con el fin de enriquecer dicha colección, se envió una flota a la tierra de Punt, hoy Somalia, la cual trajo leopardos, jirafas, monos, perros negros, diversas aves, etc., siendo ésta la primera expedición organizada que se conoce (Livingston, B., 1974 y Hoffmeister, s/a).

En un obelisco conservado en el Museo Británico, se describe la captura de animales por parte de Ashur Akbar, uno de los primero reyes de Nínive (Livingston, B., 1974). Lo importante de esta pieza es que permite apreciar que a cada lado de un ejemplar era dispuesto el nombre correspondiente, lo que pone en evidencia el interés por conocer a las especies capturadas, además de representar un antecedente fidedigno de los primeros registros faunísticos.

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Imagen superior: dos nubios con una jirafa y un mono, en la Tumba de Rejmira, gobernador de Tebas durante la décimo octava dinastía. La tumba se encuentra en la necrópolis tebana de Abd el-Qurna.

En cuanto a China, los informes que se tienen sobre sus colecciones  datan de la primera parte del siglo XII a.C., cuando Wen Wang, de la dinastía Chou, mantuvo cerca de su palacio un Jardín de Inteligencia, en el cual eran exhibidos especímenes procedentes de las varias provincias que conformaban el Imperio (Enciclopedia Británica, 1961).

Antecedentes similares se encuentran en otras latitudes. Para Grecia los datos más confiables se remontan al apoyo que Alejandro Magno dio a este tipo de colecciones, siendo, probablemente, el primero que intentó convertir una colección faunística en una institución educativa, además de hacerla accesible a aquellas personas cuyos objetivos eran científicos, como el caso de su maestro Aristóteles.

También se sabe que, como parte de sus campañas, solía llevar junto a sus ejércitos una unidad cuya única misión era obtener, de los pueblos ocupados, especímenes representantes de la región, así como recabar el conocimiento zoológico (Livingston, B., 1974).

En forma contrastante se encuentran los objetivos que movieron a los romanos a formar colecciones, pues mantenían principalmente toros, leones, tigres y leopardos para utilizarlos en las arenas de los coliseos en fieros combates entre ellos mismos o con los gladiadores, con el único propósito de proporcionar diversión a las clases acomodadas. Para tener idea de dichas matanzas baste con señalar que en el año 29 a.C. Octavio Augusto mantuvo a modo de colección 420 tigres, 260 leones y otros felinos, además de unos 600 ejemplares africanos, que incluían entre otras especies a rinocerontes, hipopótamos y carnívoros como hienas, entre los mamíferos. También contaron con águilas, gran cantidad de cocodrilos y varias serpientes que murieron en los enfrentamientos "organizados" con fines festivos (Enciclopedia Británica, 1961).

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Imagen superior: el rey Luis IX de Francia regaló un elefante a Enrique III de Inglaterra en 1255. Matthew Paris narró la historia de este presente en su "Chronica maiora". Este paquidermo ocupó un espacio destacado en la Torre de Londres, y el dibujo figura en una página del "Liber Additamentorum".

Con la desaparición del imperio romano decayó en forma notable el interés por las colecciones faunísticas y fueron en realidad pocas las que sobrevivieron en la época medieval, como la establecida por Enrique I de Inglaterra (1100-1135) en Woodstock, Oxfordshire, según refiere Schomberg (1970).

Años más tarde, esta colección, por mandato de Enrique III, pasó a la Torre de Londres, donde vivió el primer elefante visto en Inglaterra.

En la Italia renacentista, además de las colecciones de los nobles y de los papas, con carácter privado, se organizó el primer zoológico abierto de Florencia por Cósimo de Medici, siendo una de sus metas la de brindar, a través de la exhibición, esparcimiento a los ciudadanos.

Fue Lorenzo de Médici quien lo encauzó hacia los fines educativos, aunque desafortunadamente las fuentes consultadas no explican su naturaleza (Livingston, B., 1974).

Se establecieron colecciones en otros países. Posteriormente, en 1793 se fundó el Jardin des Plantes, en París, el primer parque zoológico de carácter público de los tiempos modernos.

En el Nuevo Mundo las pesquisas nos remiten a Mesoamérica, en donde el hombre y la naturaleza formaban un binomio indivisible. Así, por ejemplo, de acuerdo con Maldonado (1941), para los aztecas la interpretación de la naturaleza fue esencialmente de carácter religioso. En los seres vivos veían la representación más o menos temible de las deidades y la manifestación de sus poderes sobrenaturales. Para ellos, los animales míticos o los existentes desempeñaban una misión relevante en sus teogonías y tradiciones. Su conocimiento formaba parte del culto esotérico, reservado a unos cuantos elegidos. Esa zoología religiosa o esotérica constituía un principio de ciencia de los animales y tenía su contrapartida práctica en la crianza y explotación que los habitantes del Anáhuac hicieron de sus abundantes y variados recursos faunísticos.

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En virtud de las necesidades propias de su culto y de su subsistencia, y dada la gran estimación que los indígenas prodigaban a la naturaleza, poseyeron ‒caso único en la América precolombina‒, jardines botánicos y un extenso y variado parque zoológico. En ellos albergaban plantas y animales vivos procedentes de las diversas regiones que eran dominadas por los aztecas.

El zoológico estaba ubicado en la parte de atrás del palacio de Axayacatl y ocupaba una superficie considerable; corría desde la actual calle de Tacuba hasta la Avenida 16 de Septiembre, teniendo su frente en lo que hoy es Isabel la Católica y completando el cuadro con la calle de San Francisco, actualmente Madero (Navarijo, O.L., 1976).

Los primeros relatos que hablan sobre el magnífico zoológico del emperador Moctezuma son obra del conquistador Hernán Cortés y del soldado Bernal Díaz del Castillo. En sus obras se han basado otros autores como Maldonado, K.M. (1941), Martín del Campo, R. (1943) y Nicholson, H.B. (1955). Todos estos textos hacen referencia al tipo de instalaciones, señalando lo bien adecuadas que estaban para los propósitos a que fueron destinadas. Esto es, sabían recrear las condiciones ambientales propias de las especies que mantenían. También se hace mención de la riqueza de especies y de los cuidados que se les prodigaban, pues se les alimentaba en forma específica y se les curaba. La lectura de estos manuscritos permite apreciar la gama de conocimientos que nuestros antepasados tenían con respecto a la fauna.

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Imagen superior: jaguar melánico en el Jardín Zoológico de Chapultepec (Autor: Travis, CC).

Después del magnífico zoológico de Moctezuma, el cual fue destruido por órdenes de Hernán Cortés, no existen datos sobre otro en México. Hay que esperar hasta el 6 de julio de 1923, fecha en que el ingeniero Joaquín Pedrero Córdova, subsecretario de Agricultura y Fomento, coloca la primera piedra que marca el inicio de la construcción del Parque Zoológico del Bosque de Chapultepec, con una superficie de 141.114 metros cuadrados, basado en el modelo del Zoológico de la Ciudad de Roma (Secretaría de Agricultura y Fomento, 1926).

Lo expuesto puede resumirse en las siguientes tendencias:

1) Las colecciones faunísticas de las que se tiene noticia surgieron de la reunión de ejemplares que llamaban la atención por su rareza, belleza o simplemente por despertar la curiosidad.

2) Se aprecia que las colecciones, por su carácter privado, fueron símbolos de riqueza y poder, siendo su función la de enaltecer y ofrecer, por medio de la exhibición, beneplácito a la realeza, o en su caso, a las clases acomodadas que tenían acceso a ellas. No hay indicios de una motivación conservacionistas ni de engendrar miras de índole educativa o de difusión, como las que se conciben actualmente, dada esa naturaleza elitista que prevaleció.

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Imagen superior: Zoo de Londres, 1835.

El análisis de los antecedentes indica también que se tuvo implícito un interés por conocer a las diversas especies animales, sobre todo, si éstas procedían de lugares distantes, pero ello no aporta pruebas suficientes para poder hablar de propósitos destinados a la investigación científica en el sentido de la biodiversidad, ecología y biología de las especies en cautiverio.

Por otra parte, las fuentes históricas muestran algunos informes que denuncian que , en algunos casos, el interés hacia los animales fue de naturaleza económica, pues ya se puede hablar de un comercio intenso.

Las cifras de ejemplares cautivos durante esas épocas indican que uno de los problemas más graves desde entonces fue el comercio. En la actualidad se sigue considerando como un signo de status social la adquisición de mascotas exóticas, sin tomar en cuenta las condiciones de vida de las especies involucradas.

Sin embargo, cabe apuntar que especies como el mandril y el papión en gran parte de Asia y en Egipto, fueron mantenidas en cautiverio por ser consideradas personificaciones de dioses.

En Mesoamérica fueron mantenidas diferentes especies de reptiles, aves y mamíferos por sus atributos simbólicos. Ello demuestra la intervención de factores filosófico-religiosos en la creación de colecciones de animales vivos.

En contraste, existen numerosas evidencias de que antes de la era cristiana ya era manejada la idea conservacionista, y se tenía conciencia sobre el valor que poseen los testimonios artísticos e históricos, lo que condujo a proteger el patrimonio cultural, aun si que éste se definiera como tal. Prueba de ello se encuentra en la antigua Grecia, en donde las obras de arte se acumulaban en los templos en forma de ex-voto, destinadas a las diferentes divinidades que integraban el panteón. Además existió una persona, como el conservador o curador de nuestros días, que se llamaba hieropus, cuya misión era la de mantener en orden las colecciones y registrar cada objeto que ingresaba para formar parte del thesaurus (Sandú, C., 1981).

La importancia que han cobrado los bienes culturales, en comparación con la posición adoptada frente al patrimonio natural, se puede evaluar por medio de los abundantes testimonios de un creciente interés por las manifestaciones artísticas, y su resguardo. Lo anterior se confirma con la creación de edificios especiales para cuidar las obras del hombre, como es el caso de las pinacotecas en tiempo de los griegos (Nicolescu, C., 1979).

Lo mismo se puede apreciar a través de las técnicas que, con fines conservacionistas o de restauración, se han desarrollado desde la antigüedad. Por citar un caso, se sabe que las esculturas griegas y romanas eran cubiertas con un tipo de resina vegetal para aislarlas de la acción del aire, o bien eran colocados vasos con aceite vegetal cerca de las mismas para evitar la excesiva resequedad del clima que llega a destruir las partes de marfil (Sandú, C., 1981).

Sin embargo, y lamentablemente, no se cuenta con información similar para el cuidado de los ejemplares faunísticos o florísticos, salvo los referidos al zoológico de Moctezuma.

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Imagen superior: dos pandas nacidos en el Zoo de Madrid (Autor: J. Miguel Rodríguez, CC).

El presente

El análisis de lo expuesto plantea un sinnúmero de inquietudes en torno al papel que deben desempeñar los zoológicos en la actualidad. El problema prioritario es encontrar los mecanismos adecuados que permitan, con prontitud y decisión, influir en la actitud mental de los seres humanos en beneficio de la naturaleza. Hay que generar, desde luego, los procesos de reconocimiento, comprensión y valoración, pues no se puede conservar aquello a lo que no se le ha otorgado un valor dentro de los contextos culturales actuales.

Por lo tanto, me parece que es evidente que este tipo de centros, que proliferan ya por todo el mundo, requieren, en términos generales, de una clara redefinición de sus objetivos, ya que, a pesar de contarse con importantes esfuerzos, cada día las necesidades educativas y de investigación se multiplican y no son satisfechas con los planteamientos originales de exhibición y recreación, aunque se disponga de instalaciones excelentes que posibiliten un primer acercamiento entre el público visitante y el mundo animal.

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Imagen superior: el Durrell Wildlife Park, antiguamente llamado Zoo de Jersey, es una institución fundada en 1959, en la isla de Jersey, por el naturalista Gerald Durrell (1925–1995). Su propósito es conservar y reproducir especies en peligro de desaparición.

Si se considera  que el zoológico es una institución democrática, comparada con ciertos museos, bibliotecas, teatros e inclusive con el aula, a los que no todos tienen libre acceso, pues involucran una cierta selección, se deben aprovechar las posibilidades de difusión y educación, en un primer nivel, ya que no se requiere de conocimientos previos, amén de no ser impuestas condiciones de admisión ni de existir sanciones.

La educación y la difusión dirigida hacia los recursos naturales constituye una necesidad apremiante, por lo que lo conducente es protocolizar la responsabilidad que tienen los zoológicos para actuar como centros de educación ambiental no formal, lo que hace indispensable la adquisición de un carácter de obligatoriedad hacia las actividades educativas y de difusión.

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Imagen superior: rinoceronte de Sumatra en el Zoo de Cincinnati (Autor: David Ellis, CC)

El zoológico permite enfatizar cómo la participación del hombre influye en el medio y puede contribuir a su protección o degradación. Además, a través de la exhibición, se puede fomentar el respeto hacia la fauna, y mostrar la importancia de la convivencia. Ello tendría como resultado que los zoológicos adquirieran un nivel de centros de cultura ecológica, cuya misión sea la de coadyuvar en la formación de los hombres del mañana para que aprendan a asumir la gestión del planeta.

Se debe enseñar, en primera instancia, que la conservación del patrimonio natural de un país es vital para la supervivencia misma de la especie humana. En muchos casos, el zoológico es la única forma real de contacto con los seres vivos.

Por otra parte, aunque sea aceptada la importancia de las labores de educación y difusión, éstas, las más de las veces, son deficientes, a pesar de que en los ejercicios presupuestales representan erogaciones bajas. Por esta razón, no ha sido posible esperar que se lleven con éxito las actividades encaminadas a la investigación, además de que, en términos generales, simplemente no fueron programadas como tales dentro de la concepción general del parque.

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Imagen superior: gorila occidental de llanura o planicie (Gorilla gorilla gorilla) en el Durrell Wildlife Park, Jersey (Autor: Smudge 9000, CC).

Es ahora, al presentarse las demandas de investigación y conservación, cuando se ha prestado particular atención a estos centros, en espera de que constituyan soluciones prontas y eficaces. Pero aún hace falta un proceso de concientización dirigido a las personas encargadas de estos centros, para que se puedan dar estos pasos y no nada más esperar escenografías originales y vistosas que hablen de su modernización.

En este mismo orden de ideas, es preciso tener presente que en los zoológicos se puede dar a conocer la importancia de la diversidad biológica y su complejidad, pudiendo ser un canal de información hacia el entendimiento del papel que desempeñan en la dinámica de los ecosistemas.

Los zoológicos representan la única posibilidad de supervivencia para algunas especies en francas vías de extinción, lo que los convierte en auténticos bancos genéticos. Además, en estos centros es posible llevar a cabo investigación de alto nivel, relativa a estrategias de reproducción, conducta, alimentación, aspectos de patología, etc.

Cabe agregar que un país que permite la destrucción de sus ecosistemas, y con ello, de su patrimonio genético, está anulando sus opciones hacia el futuro (Halffter, G. et al, 1980).

Brindar esparcimiento no excluye las demás tareas que se han citado, pero sí deben dejar de ser exclusivas y dar paso a una reorganización de los centros con miras a la investigación, la educación, la difusión y la recreación, dirigidas para motivar la participación comunitaria. Esto implica que los zoológicos, lejos de desaparecer, deben ser tomados en cuenta por las autoridades correspondientes a fin de ser aprovechadas todas sus posibilidades.

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Imagen superior: Copito de Nieve (1964-2003), el gorila albino del Zoo de Barcelona (Autor: Ettore Balocchi, CC)

Literatura citada

Cortés, H., 1963, Cartas y Documentos, Tomo I, Editorial Porrúa, pp. 77-78, México.

Díaz del Castillo, B., 1968, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, Tomo I, Cap. XCI, Editorial Porrúa, pp. 274-275, México.

Enciclopedia Británica, 1961, Vol. XXIII, William Benton Publisher, pp. 973-974, Chicago, Londres, Toronto.

Halffter, G. et al, 1980. La conservación del germoplasma: soluciones en México, Folia Entomológica Mexicana, nº 46: 29-64, México.

Hoffmeister, D.F., s/a, Zoo Animals: A Golden Nature Guide, Golden Press, Nueva York.

Livingston, B., 1974, Animals, People, Places, Arbor House Publishing, Nueva York.

Maldonado, K.M., 1941, El primer museo de historia natural en México, Rev. Soc. Méx. Hist. Nat., Tomo II, pp. 211-220, México.

Martín del Campo, R. 1943, El más antiguo parque zoológico de América, Rev. Soc. Méx. Hist. Nat., pp. 635-643, México.

Navarijo, O.L., 1976, El valor biológico y sociocultural del Parque Zoológico de Chapultepec, tesis profesional, Facultad de Ciencias, UNAM, México.

Nicholson, H.B., 1955, Montezuma's Zoo, rev. Pacific Discovery, vol. VIII: 4:3-10, Academy of Sciences.

Nicolescu, C., 1979, Museologie Generalá, cap. 1B, Editura Didacticó si Pedagogicá, Bucarest.

Sandú, C., 1981, Investigación de las colecciones, en Museología, teoría y práctica, tesis de Museología, Esc. Nal. Rest. Cons. Mus. Manuel del Castillo Negrete, INAHSEP, México.

Secretaría de Agricultura y Fomento, 1926, Rev. de la Secretaría de Agricultura y Fomento, tomo 1, nº 1 a 5, México.

Schomberg, G., 1970, The Penguin Guide to British Zoos, C. Nichols & Company, Nueva York.

Wayre, P., 1969, The role of zoos in breeding threatened species of mammals and birds in captivity. Biological Conservation, Elservier Publishing Company, vol. II: Estados Unidos.

Copyright del artículo © Lourdes Navarijo Ornelas. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Lourdes Navarijo Ornelas

La doctora María de Lourdes Navarijo Ornelas, técnico académico titular en la Universidad Nacional Autónoma de México, es especialista en Etnozoología.

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