Stephen Jay Gould (1941-2002)

San Agustín fustigaba a Varrón por defender la fantasía de que algunos hombres eran descendientes de dioses. La razón dada por el sabio romano era que, aunque falsa, dicha creencia impulsaba a algunos a emprender tareas gloriosas, lo que no llevarían a cabo de saberse simples mortales; pero el santo cristiano censuraba toda mentira, sin excepción.

Ante ciertos casos me inclino por Varrón: los exagerados, los exaltados, los entusiastas suelen hacer caber en simples y pequeñas vidas humanas, hazañas de tamaños magníficos. Y si se alían a la pasión dotes contrastantes como el rigor y la tenacidad, el resultado se vuelve abrumador.

A quienes hemos seguido por ya décadas el caudal pasmoso de la obra ensayística de Stephen Jay Gould nos conmociona especialmente el enterarnos de su muerte. Es como si le dijeran al adicto que se acabó el rock o que prohibieron los toros. Suena increíble, atroz. ¿Qué va uno a hacer con ese espacio de vida que se cancela? Como un maestro mío hizo con Cortázar, habrá que dejar sin leer uno o dos libros que se nos hayan escapado de su vasta cosecha para sentir siempre la presencia de esa promesa que nos renovó durante muchos años: algo nuevo de Gould, palpitante e inexplorado, al alcance.

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“El mundo de la genética de caracoles ha perdido a su luminaria”, escribe Steven Jones. Y sí, aunque los lectores de su prosa literaria tendemos a olvidarlo, Gould afincaba sus largos y eruditos paseos por los territorios más diversos de la biología, la historia, el arte, la arquitectura, la numerología del béisbol, en una honda y dedicada especialización científica; era experto en caracoles marinos de las Bahamas, vivos y, sobre todo, fosilizados. Su obsesión por los datos y los detalles, por las sutiles diferencias que marcan abismos, por la dialéctica entre la metrificación estadística (con sus revelaciones prodigiosas y sus tremendas trampas) y los evanescentes cambios cualitativos, que encontramos proyectada sobre la mayor diversidad de temas, seguramente se afinó en su tenaz labor de décadas como paleontólogo.

La mente y el trabajo de Gould han dejado su huella en varias disciplinas; además de la labor de zapa paleontológica, les dio a sus colegas (junto con Niles Eldredge) el orgullo de que una teoría basada en la mirada añosa de su disciplina, el equilibrio puntuado, sacara de su complacencia a los flamantes genetistas neodarwinianos y les recordara que había todavía mucho trabajo empírico y teórico por hacer antes de dar por acabada la explicación evolucionista de la vida.

Esta teoría dejó en claro que atribuir a la diferencia de adecuación de los genes y sus efectos en el largo plazo todos los rasgos de los seres vivos, sin más, era una actitud perezosa, que cerraba preguntas interesantes, como las derivadas de los constreñimientos estructurales, embriológicos o de otra índole, que limitan la plasticidad de los organismos y canalizan sus formas.

Aunque no goza hoy por hoy de muchos seguidores, la fuerza con la que Gould defendió su propuesta contribuyó a una floración de debates (que continúan) en los que el darwinismo ha salido reforzado por un bien ganado pluralismo. En el nivel teórico del darwinismo, en el que la biología y la filosofía se han hermanado durante las décadas recientes para dispersar oscuridades y formular con mayor nitidez las divergencias, Gould ha sido una presencia toral. El artículo que escribiera con su colega de Harvard, Richard Lewontin, para criticar el acendrado adaptacionismo reinante entre los biólogos, usando la analogía espléndida de los spandrels de San Marcos, es un clásico que ha rebasado las fronteras disciplinarias y es hoy día discutido con provecho por millares de académicos.

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Gould fue catedrático de historia de la ciencia, y sus obras históricas, como The Mismeasure of Man o Time´s Arrow, aunque nunca perdieron un tinte amateur y a veces pecaron de cierta complacencia, fueron bienvenidas por los historiadores, tanto por sus inteligentes entusiasmos y su pasión crítica, como por el hecho de que aumentaron el rating del gremio en su conjunto. Siguiendo a Gould, muchos nos aventuramos más hondamente en la maleza de la historia.

La pasión crítica y polémica de Gould derivaba también de su clara posición política de izquierda. Fervoroso creyente en la capacidad emancipadora del pensamiento, nunca dejó de cumplir con la tarea tribal de dar la batalla ante frentes que veía como peligros; el creacionismo, la sociobiología y el reduccionismo genético.

Con todo, es en cuanto escritor como yo quiero recordar a Gould, como el autor de algunas de las piezas más deslumbrantes de la prosa del siglo XX.

Muy pocos científicos han alcanzado ese nivel, y casi todos son biólogos: Buffon, Bonnet, T. H. Huxley, Miroslav Holub y Lewis Thomas. Gould escribió un ensayo literario mensual para la revista Natural History durante veinte años y coló entre los espacios (!¡) muchos otros ensayos que repartió aquí y allá. Así fue construyendo sus conocidas colecciones de floridos títulos como El Pulgar del Panda o Dinosaurio en un Pajar.

En casi todos sus ensayos se elige un fenómeno biológico singular o una anécdota histórica vívida, reveladores de algún aspecto inobservado de la vida, o de la ciencia. Con sutil pedagogía, y un estilo grácil, casi todos ellos terminan a tiempo, sin abrumar al lector y sin alisarle el asombro.

Aunque Gould le es fiel a sus cariños más profundos (los dinosaurios, Darwin, el razonamiento estadístico, Joe Di Maggio), el abanico de temas que toca en sus recorridos no podría enumerarse, y hay algo semejante a un juego de sorpresas en las asociaciones, inesperadas pero siempre relevantes, que este autor consigue entablar. Hay claro piezas menores, donde el esfuerzo se nota. Pero el día que se haga la selección de los mejores ensayos de Gould un clásico permanente habrá nacido. Quizá alguno de sus primeros y más frescos libros ya aspiran a esa condición.

Gould comenzó y terminó su carrera editorial con dos grandes obras evolucionistas. Ontogenia y Filogenia y La Estructura de la Teoría de la Evolución. Con ellas, y con algunos de sus mejores artículos y ensayos, apostó a dejar su marca en el mundo como un teórico importante. Si lo consiguió el tiempo decidirá. Pero por su magistral estilo, su aguda inteligencia, la intensidad de su pasión por la vida y por las ideas, así como con su pasmosa dedicación a su obra, ha consolidado una tradición; después de él, el ensayo científico no necesita vejigas de aire para flotar y competir en las mismas aguas que toda escritura de gran calado.

Copyright del artículo © Carlos López Beltrán. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Carlos López Beltrán

Carlos López Beltrán es investigador en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM desde 1992. Defendió su tesis doctoral (Human Heredity 1750-1860: The Construction of a Scientific Domain) en el King’s College de Londres, bajo la dirección de Jonathan Hodge. Además de profesor en las facultades de Ciencias y de Filosofía y Letras de la UNAM, ha sido investigador y docente invitado en la Universidad de París-VII,  en el REHSEIS del CNRS en París, en el Instituto Max Planck para la Historia de la Ciencia en Berlín, en la Universidad Autónoma de Madrid y en el ITESM-Ciudad de México. Entre sus libros, figuran El sesgo hereditario (UNAM, 2004), La ciencia como cultura (Paidós, 2005) y Las cosas no naturales (poesía, Trilce, 1997).

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